“Cuando se consigue justicia para una mujer, se consigue justicia para todas. Y cuando hay injusticia para una, hay injusticia para todas”. La frase la pronuncia Sayuri Herrera en La fiscal, la serie de Netflix que sigue el trabajo de la primera fiscal especializada en feminicidios de Ciudad de México. Y pocas veces un documental había conseguido mostrar con tanta claridad algo que a veces olvidamos cuando hablamos de violencia machista, la importancia casi vital de obtener justicia.
Porque no se trata únicamente de castigar a quien ha cometido un crimen. También de reconocer públicamente que ese daño existió, de impedir que la violencia quede normalizada y de devolver parte de la dignidad que el asesino intentó destruir.
La serie entiende además algo profundamente humano, que cuando un feminicidio, un asesinato machista queda impune, detrás permanece la sensación de que esa vida no importaba lo suficiente, de que la violencia puede repetirse y de que el asesinato acabará desapareciendo entre cifras, burocracia y olvido.
Por eso investigar lo ocurrido, señalar a los responsables y conseguir una condena adquiere en La fiscal una dimensión mucho más profunda que la puramente judicial. No cambia lo sucedido ni elimina el dolor, pero sí rompe el silencio alrededor de la violencia, devuelve algo de dignidad a las víctimas y permite reparar parte de la herida que deja el feminicidio.

La raíz del problema: el machismo
De hecho, la propia Herrera cree que se puede acabar con este tipo de crímenes por una sencilla razón: conocemos perfectamente cuál es la raíz de esta violencia. “Quienes cometen los feminicidios generalmente son personas conocidas de ellas (las víctimas), con quienes tenían vínculos. Por eso es un mal, un delito que puede revertirse, que puede atenderse, que puede erradicarse, porque tenemos claras sus fuentes”, explica en un momento de La fiscal.
Y la serie consigue que esa idea deje de sonar abstracta. Los feminicidios que aparecen en La fiscal no nacen de la nada. Muchos están ligados a los celos, a la incapacidad de aceptar una ruptura o a esa necesidad de control que atraviesa tantas relaciones de violencia de género.
Hay hombres que justifican el asesinato porque la víctima quería dejarles o porque les había sido infiel. Otros siguen hablando de las mujeres a las que asesinaron desde la posesión, como si todavía les pertenecieran. De hecho, Sayuri Herrera llega a decir incluso que los feminicidas rara vez se arrepienten.
No aparecen como monstruos imposibles de comprender, sino como hombres educados dentro de una idea profundamente normalizada: creer que tenían derecho sobre esas mujeres. Que valían más, que importan más, que lo que ellos ordenan se obedece.
Eso es precisamente lo que convierte a La fiscal en algo muy distinto a un true crime convencional. Aquí no se busca el morbo ni la fascinación por el asesino. La cámara no convierte el dolor en espectáculo. El documental obliga a mirar todo lo que sucede alrededor de un feminicidio íntimo. Todo.
Las madres que empiezan a intuir que algo va mal. Las hermanas que viven pendientes de cada avance de la investigación. Las hijas que pierden a su madre y, al mismo tiempo, también a su padre porque él es el asesino. La destrucción económica, emocional y familiar que deja un feminicidio mucho después de ocupar un titular.

Mujeres que trabajan para conseguir justicia para otras mujeres
Y aun así, en medio de toda esa violencia, aparecen mujeres trabajando juntas para conseguir justicia para otras mujeres. Policías, fiscales, forenses, madres y hermanas intentando sostenerse unas a otras pese a las presiones, la dimensión del problema y las noches sin dormir.
Hay un caso en el que un hombre asesina y descuartiza a su pareja y arroja partes de su cuerpo a un río. En un primer momento no consiguen encontrar todos los restos, pero Sayuri insiste una y otra vez en continuar la búsqueda. Y ahí la serie vuelve a insistir en algo fundamental: recuperar el cuerpo no es solo una cuestión forense. También es una forma de devolver dignidad a la víctima y permitir que la familia pueda despedirse. El asesino no solo había matado a esa mujer, también pretendía borrar su identidad y su memoria. “No venció”, sentencia Herrera.
