La crítica ★★★☆☆

‘Toy Story 5’ es reciclaje muy eficaz, pero reciclaje al fin y al cabo

El último estreno de Pixar ha sido astutamente diseñado para complacer a crítica y público y que, vaya por delante, es mucho mejor de lo que cabría esperar de la cuarta secuela

Toy Story (1995) comenzaba con una escena en la que un vaquero de juguete se enfrentaba a la figura de acción de un guardián espacial sobre la cama de un niño. Treinta años después, Toy Story 5 arranca con una confrontación similar. Esta vez, una vaquera de trapo se encuentra cara a cara con lo que promete convertirse en la nueva forma de entretenimiento favorita de su dueña: una tableta de pantalla táctil. Así, desde el primer momento, la nueva película plantea alusiones evidentes a la obra que dio origen a la célebre saga a la que pertenece, cargadas de un significado que va mucho más allá de lo que vemos en pantalla. Al fin y al cabo, tres décadas después de que los estudios Pixar —creadores de la franquicia— fueran considerados los estandartes de una revolución en Hollywood, tanto ellos como la industria cinematográfica en su conjunto se ven cada vez más amenazados por un mundo dominado por los teléfonos inteligentes y los contenidos basados en algoritmos. ¿A alguien le importan a estas alturas los juguetes tradicionales o, ya puestos, las películas tradicionales? Cuando la vaquera se enfrenta a la tableta, es como si Pixar estuviera contemplando de frente su propia obsolescencia.

Pero Pixar no va a desaparecer mientras siga produciendo obras como Toy Story 5, que ha sido astutamente diseñada para complacer a crítica y público y que, vaya por delante, es mucho mejor de lo que cabría esperar de la cuarta secuela de una película sobre juguetes conscientes de sí mismos que se pasan el tiempo discutiendo. La película consigue proponer una disparatada aventura cómica al tiempo que explora tanto las tensiones que aqueja la infancia contemporánea como los desafíos consustanciales a la paternidad en el siglo XXI, y asimismo funciona a modo de ejercicio de nostalgia para los fans de su marca; y, entretanto, exhibe la misma energía desbordante, el mismo buen humor, la misma angustia existencial y la misma curiosidad por la forma en que los juguetes nos moldean como personas que definieron a sus predecesoras. Que en el proceso también demuestre estar construida en buena medida a partir de ideas y arcos dramáticos reciclados, y ensamblados de forma deslavazada.

Tradicionalmente, cada entrega de Toy Story se ha basado en la misma premisa: los juguetes son seres sintientes, los niños los quieren y ambos, con el tiempo, tienen que crecer. ¿Y cómo hacer una película así en una época en la que las posesiones más preciadas del público infantil ya no son los muñecos, sino los dispositivos electrónicos? Toy Story 5 intenta ser la respuesta de Pixar a esa pregunta. El director Andrew Stanton, también responsable de obras maestras de Pixar como Buscando a Nemo (2003) y WALL-E (2008) y uno de los guionistas de la saga Toy Story desde el principio, presenta las pantallas como enemigas potenciales de la imaginación, la presencia y la creatividad preadolescentes; y, aunque sin duda oportuno, el mensaje hace que la película suene por momentos como la perorata de un abuelo nostálgico o incluso reaccionario. Peor aún, resulta potencialmente hipócrita que una empresa de vanguardia como Pixar —cuyo papel en la popularización de la animación por ordenador transformó el cine profundamente— critique la omnipresencia de los avances tecnológicos en nuestras vidas, aunque a favor de Stanton cabe decir que en ningún momento demoniza los dispositivos inteligentes, y que reconoce que han llegado para quedarse.

Sea como sea, la película sin duda resulta mucho más satisfactoria cuando deja de sermonear y se centra en recordarnos que todos —una niña de seis años, una muñeca de trapo, un artilugio electrónico, un juguete con forma de rollo de papel higiénico— necesitamos que nos acepten y validen. Para ello, recupera a uno de sus personajes más trágicos, Jessie, que fue abandonada en Toy Story 2 (1999) y que en general arrastra un pasado lleno de desamores. Para dar cuenta de su peripecia, Stanton orquesta algunas secuencias de acción y comedia francamente efectivas y varias escenas emotivas de verdad sin dejar de recurrir en ningún momento a la estructura formularia -una persecución y una misión de búsqueda- que ha definido la saga. Y, irónicamente dada su preocupación por la pérdida de poder de la imaginación, la película a menudo da la sensación de ser poco más que una serie de imágenes generadas de forma casi procedimental con el fin de recordarnos a los personajes que nos hechizaron en el pasado.

A lo largo de las tres primeras secuelas de Toy Story, los juguetes se veían obligados a asumir que los niños crecen y dejan de quererlos, y a enfrentarse a los horrores de su propia mortalidad. Esta quinta entrega cuenta exactamente lo mismo, y es cierto que mientras lo hace resulta simpática y entretenida. Al verla, sin embargo, sigue siendo difícil sacudirse la idea de que Toy Story 3 (2010) era el final natural de esta saga; Toy Story 4 (2019) no llegó a justificar su propia existencia, y ahora Toy Story 5 se dedica a reinterpretar los grandes éxitos de sus predecesoras. Y por eso, por muy ingeniosa y estilizada que sea en numerosos momentos de su metraje, de ningún modo dejará las mismas huellas imborrables que ellas.

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