En los catálogos militares del Rif -tres fondos, cientos de listados, notas y relaciones- hay un momento en que la historia se detiene.
Mónica Orduña Prada, doctora en Historia Contemporánea y coordinadora del Grado de Historia y Geografía de la UNIR, pasa las páginas como quien recorre un territorio devastado. Y entonces aparece algo que no debería estar ahí: nombres de mujeres en un espacio reservado a los hombres.
“Me resulta especialmente llamativo detectar nombres de mujeres en las relaciones de prisioneros tras el Desastre de Annual”, explica. Son solo tres líneas perdidas en un mar de documentación: María Martín, el 2 de agosto de 1921; Lorenza Santana Benreguer; Antonia Carmona Díaz, ya en febrero de 1923. No hay más. Ni procedencia, ni edad, ni circunstancias. Solo un nombre, una fecha y una condición: prisionera.
“Esa documentación hace que me pregunte cómo fueron capturadas, en qué condiciones se encontraban, cuándo fueron puestas en libertad y si realmente lo fueron”.
Ahí empieza la historia: una mujer investigando las huellas de otras mujeres que apenas existen en los papeles.

Océano administrativo
Orduña trabaja sobre catálogos que nunca fueron pensados para registrar la presencia femenina. “Todavía no he terminado de comprobar todos los fondos”, advierte. “Solo los catálogos están divididos en tres secciones y tienen más de 400 páginas”.
En ese océano administrativo, las mujeres aparecen como excepciones: nunca en los traslados sanitarios, nunca en los listados de heridos, nunca en los partes oficiales. “Me resulta extraño que en esos traslados no aparezca ningún nombre de mujeres, porque entiendo que es necesaria la presencia de personal sanitario femenino”.
El silencio administrativo también es un dato. Y, a veces, la única huella que queda.

Pero no son solo las prisioneras. A medida que avanza por los fondos, Orduña empieza a detectar otros rastros femeninos que tampoco aparecen en los libros. En las campañas de 1909, por ejemplo, encuentra relaciones completas deDamas Enfermeras de la Cruz Roja en Melilla. “Por citar algunos de esos nombres elegidos al azar, Julia Alcalde de Axó, Victoria García de Carranza o Francisca Peré de Sobera”, enumera. Todas ellas recibieron la Cruz de 1ª Clase del Mérito Militar por haber prestado servicio “durante toda la campaña”. En total, unas treinta mujeres; treinta nombres que no figuran en los relatos oficiales de la guerra, pero que sí aparecen en los documentos internos del Ejército.

Identidades completas
A su lado, otro grupo de mujeres emerge desde la sombra: las religiosas Hermanas del Buen Consejo, que colaboraron con Sanidad Militar en 1909 y fueron reconocidas con la Medalla de Melilla. “En este caso, aparecen con sus nombres de religiosas, por lo tanto no tenemos su verdadero nombre”, explica la doctora en Historia a Artículo 14.
María Francisca de Jesús, María Antonia de Jesús, María Trinidad de Jesús. Treinta más. Treinta identidades incompletas.
Las Hijas de la Caridad sí aparecen con nombre real. Entre ellas, Sor Isabel Escribano, destinada en el hospital de Tetuán. Y un dato inesperado: “El ejército alquilaba las viviendas donde vivían, por ejemplo, las Hijas de la Caridad que prestaban sus servicios en el Hospital de Tetuán”. Otro rastro administrativo que revela una presencia femenina que no se menciona en los partes.
Cartas por la libertad
A veces, la huella no es un nombre, sino una voz escrita con tinta, la de una plegaria en papel, la de una súplica. Y ahí Orduña descubre el coraje de quien no conoce la rendición. “Las madres de soldados prisioneros escribían cartas pidiendo ayuda a las autoridades militares para que consiguiera la liberación de sus hijos”. Ellas no estuvieron en el frente, pero su desesperación sí quedó registrada. Sus palabras sobreviven donde sus historias no lo hacen.

Cuando se comparan los tres momentos -1909, 1921 y 1936- hay un mismo patrón. “En las campañas del Rif en 1909 y en 1921 todas son enfermeras y atienden a heridos y enfermos colaborando con Sanidad Militar”. En el Rif, la presencia femenina nunca llegó a ser numerosa. “No creo que podamos hablar de más de 500 mujeres”, señala la investigadora. Una cifra mínima si se compara con la magnitud del conflicto y con la infraestructura sanitaria que fue necesario improvisar.
Comparativa
En la Guerra Civil, la escala cambia: miles de mujeres, profesionales y voluntarias, en ambos bandos. Pero en Marruecos, la presencia femenina es mínima, fragmentaria, casi siempre relegada a la asistencia sanitaria. Y aun así, está ahí. Entre líneas. En listados. En silencios.
En la zona republicana, además, llegaron “voluntarias estadounidenses que vinieron junto a las Brigadas Internacionales a los hospitales que organizaron”, recuerda la historiadora. Su presencia amplió aún más el abanico de perfiles femeninos dedicados a la asistencia sanitaria.
En la zona franquista, el voluntariado femenino también fue masivo: “Las mujeres carlistas (Margaritas) o las Juventudes Femeninas de Acción Católica colaboraban atendiendo en los frentes”, explica Orduña. A ellas se sumaban miles de enfermeras de la Sección Femenina y de Frentes y Hospitales.

Cuando se le pregunta si algún documento le ha hecho pensar “esto cambia la historia”, Orduña lo matiza. “No es un documento en concreto, pero el conjunto de todos ellos sí que ayuda a valorar la presencia femenina en las campañas del Rif más allá de las figuras más relevantes y conocidas como la Duquesa de la Victoria”. Lo que emerge no es una heroína, sino un paisaje: decenas de mujeres civiles y religiosas sosteniendo la asistencia sanitaria en un conflicto que nunca las nombró.
El riesgo y la realidad
Las funciones femeninas que aparecen en los papeles militares son siempre las mismas. “Las actividades documentadas se vinculan exclusivamente al ámbito de la atención sanitaria”, explica. No hay mujeres armadas en el Rif. No hay combatientes. Lo que hay son cuidados.
Y esos cuidados tenían un precio. “Todas ellas arriesgaban su vida no solo por estar tan cerca del campo de batalla -hay que pensar que en 1921 Abd el-Krim y sus hombres fueron tomando y arrasando todos los puntos cercanos a Melilla-, sino también por el elevado número de soldados con enfermedades contagiosas como el tifus o la disentería”.
Algunas voluntarias de la Cruz Roja vivían en Melilla porque estaban emparentadas con oficiales destinados allí. Pero muchas otras venían desde la península a prestar ayuda. Ninguna aparece en los partes oficiales. Ninguna figura en los relatos de campaña. Todas están en los documentos internos, en listados administrativos, en propuestas de medallas.

¿Y por qué estudiarlas y rescatarlas del olvido?
“Más que reescribir la historia, se trata de visibilizar la presencia femenina en unos conflictos donde la presencia masculina es lo que se destaca o estudia habitualmente”, reflexiona Orduña. No hubo mujeres armadas en el Rif, pero sí las que sostuvieron la vida en medio del desastre. Y sus nombres, aunque mínimos, siguen ahí: entre líneas, en listados, en silencios. Porque tampoco están en los márgenes de los fondos de la historia.

