El Gobierno británico vive esta semana una crisis sin precedentes en materia de defensa. El ministro John Healey y su viceministro Al Carns han dimitido en cuestión de horas por las mismas razones: consideran que el plan de inversión militar del primer ministro Keir Starmer no está a la altura de las amenazas que enfrenta el país.
“El Gobierno le está pidiendo a las Fuerzas Armadas que operen en un mundo más peligroso con un presupuesto concebido para un mundo más tranquilo“, sentenció Carns en su carta de renuncia. La crisis británica no es un caso aislado. Refleja una tensión que recorre toda Europa: cuánto gastar en defensa, cómo financiarlo y con qué industria hacerlo.

España, en el límite
España aumentó su gasto militar un 50% el año pasado, llegando a los 34.265 millones de euros, lo que supone el 2,1% del PIB, según el informe del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI). Es la primera vez desde 1994 que la partida destinada a defensa supera ese umbral.
El Gobierno considera que esa cifra es suficiente para cumplir los objetivos de la OTAN y ha negociado cierta flexibilidad para no tener que llegar al 5% que reclama la administración de Donald Trump. La propia Alianza, sin embargo, lo ve de otra manera: el representante especial del secretario general, Javier Colomina, ha señalado que los objetivos de capacidades fijados para los aliados requieren un gasto en torno al 3,5% del PIB, con una cláusula de revisión prevista para 2029.

Sin presupuestos aprobados desde hace años, el Gobierno ha articulado el gasto a través de 79 programas especiales de modernización. Gobernar con cuentas prorrogadas tiene un coste real: los programas de defensa no tienen una hoja de ruta clara y la industria nacional trabaja en la incertidumbre.
El modelo alemán y la trampa española
Mientras España debate cuánto gastar, Alemania ya está actuando. Berlín destinó 97.230 millones de euros a defensa en 2025, un 24% más que el año anterior, alcanzando el 2,3% del PIB por primera vez desde 1990.
Lleva meses ejecutando un ambicioso programa de rearme valorado en más de 80.000 millones de euros adicionales, con decenas de contratos firmados para modernizar todas las ramas de sus fuerzas armadas, buscando prácticamente prescindir de Washington. La estrategia alemana no es ignorar a la industria americana sino desarrollar en paralelo una propia que reduzca la dependencia exterior a largo plazo.
España, en cambio, no ha apostado claramente por ninguno de los dos modelos. No ha comprado tecnología americana de forma masiva como Polonia o los países bálticos, pero tampoco ha desarrollado una industria propia con la solidez necesaria para sustituirla. El colapso del FCAS ha dejado al país sin el proyecto estrella de caza de sexta generación y sin un vector industrial propio de primer nivel en aviación de combate, mientras Alemania baraja ahora comprar más cazas F-35 estadounidenses como solución transitoria.

Un puzle sin imagen final
Lo que está haciendo España es ir recogiendo tecnología de diferentes proveedores y acumulando capacidades de forma fragmentada, sin una hoja de ruta industrial clara que integre esos desarrollos en un sistema coherente. Es una estrategia que puede funcionar a corto plazo pero que a largo plazo deja al país en una posición de dependencia tecnológica difícil de revertir.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, reconoció esta semana que el aumento del gasto en defensa “no es fácil” porque siempre implica renunciar a otros gastos. Pero también fue claro: “La tarea fundamental de todo gobierno es, en última instancia, mantener al país seguro“. Una advertencia que llega en el peor momento para los que creen que el 2% es suficiente.

