La vergüenza, el miedo o el qué dirán fueron durante muchos años las excusas que sirvieron a Judith García (Bilbao, 1978) para mantener oculta su afición por las artes marciales u otras disciplinas más asociados antaño con la masculinidad como el boxeo. Cuenta esta madre de tres hijos (Aitana, Carla y Daniel) que, de pequeña, fue una niña “muy activa” a la que le encantaba hacer deporte. Practicó el balonmano durante su adolescencia sin llegar a sentirse del todo a gusto. El ballet no se le daba mal. De hecho, estuvo muchos años practicando en un estudio muy conocido en la capital vizcaína que lleva el nombre de Saioa Ibáñez. Sin embargo, ella quería hacer lo que siempre había visto a su padre o a su hermano con el kimono puesto, “lo que pasa es que cuando era una cría en mi casa había cosas de niños y cosas de niñas”.
Judith se define como una persona “tímida” y “bastante introvertida”, así que nunca se atrevió a confesar a su familia cuáles eran sus verdaderos gustos. No había forma humana de que saliera del armario para explicar que ella estaba allí y que quería hacer lo mismo que su hermano al que sacaba cuatro años de edad. “Ahora se han sorprendido mucho cuando se lo he dicho”. Más sorpresa se llevaron el pasado 6 de junio al enterarse de que aquella niña tan retraída, que acaba de cumplir 48 primaveras, se había convertido en campeona de España de WAMAI Light Contact, una modalidad del kickboxing muy técnica, con contactos ligeros, donde se puntúa más la estrategia, las combinaciones y la elegancia de los movimientos que la contundencia o la potencia.

Esa timidez le llevó a esperar hasta los “veintipico” años para llevar a cabo su primera intentona de envalentonarse con las artes marciales. Le apetecía probar cuando aún no tenía hijos y, por tanto, sin las obligaciones que conlleva el hecho de ser madre. Necesitaba algún “empujón” extra de entre sus amistades. No hubo manera de encontrar a alguien que compartiera sus gustos “así que se me pasó la oportunidad de probar”. Aparcó entonces sus aficiones ocultas hasta que hace tres años mantuvo una charla informal con su hija Carla, de doce años de edad, “que es también muy tímida y reservada como lo era yo de pequeña”. No quería que a la mediana de la familia le ocurriera lo mismo. “Es que ahora echo la mirada atrás y me arrepiento de haber dejado de hacer tantas cosas porque me daba vergüenza…”, espeta.
La bilbaína se muestra pletórica del cambio radical que ha dado su vida esos últimos años. “Siendo ya adulta me he dado cuenta de que no se puede ser así y, desde luego, lo que quiero es ser un ejemplo para mis hijos para que nunca dejen de hacer nada por miedo”. Y es que Judith confiesa tener “cierta tristeza” renunciado motu proprio a sus sueños de adolescente. “Siempre he sentido una mezcla de rabia y enfado conmigo misma por no disfrutar de las cosas que realmente quería hacer”, señala. Otra cosa es que no pudiera llevarlas a cabo por otro tipo de circunstancias ajenas a sus deseos, “y eso sí que hay que aceptarlo como te viene”. El caso es que en plena madurez, por su cabeza solo pasaba la idea “de afrontar las cosas con valentía, de ser yo misma y de superarme”. Así que hace tres años volvió a la carga.
El primer intento lo hizo “algo desmotivada”. Solo duró un día en el gimnasio. Quería probar con el krav maga, una modalidad de lucha cuerpo a cuerpo usada por los soldados de Israel. Sin embargo, nunca llegó a sentirse cómoda. “Creo que no era ni el sitio ni el momento”. Días después llamó a otro gimnasio de Bilbao cuyo nombre le llamó la atención. Se llamaba Mugenkai Bilbao. Le atendió Daniel García, la persona que hoy en día sigue siendo su sensei (maestro). Le explicó que era mujer de 45 años que siempre había querido practicar artes marciales y que no lo había hecho por vergüenza “y enseguida me buscó un hueco para que pudiera empezar a entrenar”. Comenzó con una cosa “flojita” como es el fit boxing. De repente, notó que por fin había superado la vergüenza de sentirse “torpe” porque “a las mujeres se nos tiende a ver más ridículas que a los hombres cuando nos lanzamos golpes”. Se sentía realizada.
Ayudada por dos instructores -Nelly y José Carlos- muy pronto se aclimató a las clases. Eso le valió para darse cuenta de que el mugendo no es una disciplina orientada a personas en función de su edad o del sexo. Es otra cosa bien distinta. “Esto va de que todos tienen sus inquietudes o sus miedos y de que todos empezamos de cero”. Judith no solo estaba ansiosa por aprender, también quería competir para probarse. A su sensei le sorprendió su actitud. “Nunca me preguntó cuáles eran mis motivos, lo que ocurre es que yo tenía claro que, con mi edad, si quería hacer algo lo tenía que hacer rápido”.
Anhelaba vivir la experiencia de acudir por primera vez a un campeonato de España hasta que, por fin, lo consiguió. El día de su debut no estaba nada nerviosa. Se notó a la hora de competir. En su primera aparición logró ser subcampeona de España de kickboxing, modalidad light contact, y eso fue un “subidón” para ella y para todas las personas de su entorno. Lo suyo tuvo mérito. Mucho mérito. Daba la impresión de que, a priori, la a edad iba a convertirse un factor diferencial. Y no fue así. “Lo que sí me sorprendió es el compañerismo y el ambiente sano que había entre todas”. ¿Y por qué el mugendo y no otra arte marcial? La respuesta es sencilla: “porque me parece una de las artes marciales más completas donde participan tanto las piernas como los brazos”. Sin olvidar su afición al boxeo “que siempre me ha gustado y ocupa un rol central en mi práctica”.
Por suerte para ella, jamás ha tenido que exhibir sus habilidades con las artes marciales lejos de un gimnasio. Es más, ni siquiera entiende que la gente asocie el mugendo a la violencia. “Me sorprende muchísimo que haya tantas personan que piensen así”. Judith García trata de explicar a todos aquellos que se interesan por este tipo de deportes de contacto que, a nivel personal, ayuda mucho porque eso permite que cualquier practicante tenga más seguridad en sí mismo y más calma a la hora de afrontar situaciones complejas. “Los nervios, la inseguridad o el miedo pueden provocar reacciones muy malas, al contrario de lo que pueda ocurrir a un experto, y por eso se recomiendo a todo el mundo que vaya al gimnasio”, añade. Probar al menos una vez, tal vez sirva para entenderla mejor.
García se ha tomado con gran interés lo de las artes marciales. Entrena seis días a la semana. La mitad, con el mugendo, y el resto de los días en otro gimnasio haciendo ejercicios de cardio y fuerza. Cuando tiene una competición a la vista, la semana anterior hace reposo absoluto. “No hago nada”, afirma. Pese a su intensa dedicación a las artes marciales, no cree que esa hiperactividad diaria pueda repercutir en la vida familiar. “Al revés, de hecho, soy una gran defensora de la idea de que, igual que comemos o dormimos todos los días, deberíamos hacer lo mismo con el deporte”, subraya.
La rutina a la hora de acudir al gimnasio es básica. Da igual la intensidad de los entrenamientos “aunque solo sea para hacer estiramientos”. Este tipo de prácticas, en su opinión, son “imprescindibles” para llegar a casa con más ganas de hacer cosas “porque si vas directa del trabajo a casa…”. La edad no debe suponer una barrera a la hora de realizar cualquier tipo de actividad deportiva para las mujeres que rondan o superan los 50 años. “Caminar está muy bien, pero sobre todo las mujeres necesitamos hacer ejercicios de fuerza que son los que van a mejorar su calidad de vida”, explica.
Los que más disfrutan de los triunfos de la bilbaína son sus tres hijos. “La verdad es que les gusta fardar de ama”. Cuando les preguntan en la ikastola qué tipo de deportes practican sus padres los profesores se sorprende de que una madre compita en artes marciales “y ellos están orgullosísimos de que así sea, porque al margen de que sea una actividad distinta a la que puedan hacer otros padres, está el hecho de que la haga una mujer”. Daniel, el más pequeño, es que el más se emociona al ver los éxitos de su ama. “Cada vez que llego a casa con una medalla o un trofeo, se mete con él a la cama y solo se lo puedo quitar cuando está dormido porque de lo contrario no hay manera humana de hacerlo”, dice. Otra cosa bien distinta es exhibir sus trofeos ante sus hijos como velada amenaza para que sean más ordenados. “En mi casa no ha servido para nada”, asegura riéndose.
Para una mujer que trabaja cara al público en una tienda de cuadros y enmarcación, a veces resulta complejo explicar a los clientes la presencia de moretones en partes visibles de su cuerpo como ojos, brazos o mandíbula. Los orígenes de esas marcas pueden llevar incluso a la confusión. “Una vez viví una situación con una clienta que me gustó porque fue muy directa y tuvo la valentía de preguntarme a la cara si alguien me pegaba”. García le comentó su afición por los deportes de contacto y sus consecuencias en forma de moretones y la cosa no pasó a mayores. La clienta se marchó del establecimiento convencida de sus explicaciones. Le sucede algo parecido cuando sale a tomar café a un bar que está a lado de su tienda y le ven algunos rasguños. “¿Qué, todo bien?”, le preguntan. Ella asiente y la cosa se queda ahí. Ya saben de su pasión por el mugendo. Lo único que quieren es asegurarse de que “la otra” haya recibido más que su clienta.
La bilbaína también presume de salud. “No me duele nada”, asegura. Es más, se siente “muy afortunada” de poder hacer a su edad todos los ejercicios necesarios para mejorar tanto su movilidad como su fuerza. Como prueba de su excelente estado de forma es que tiene planeado acudir a los próximos campeonatos de España. Ya se ha subido a lo más alto del pódium en la modalidad de light contact “donde se supone que no nos pegamos fuerte, aunque la adrenalina provoca que siempre cojas intensidad y obligues al árbitro a detener el combate”. Dice que ahora le motiva más el full contact “que tiene bastante más intensidad”. Su ansia competitiva sola la frena el dinero. “Aquí nadie te paga nada y tienes que correr con todos los gastos y, claro, yo tengo tres hijos”, afirma algo resignada. Por lo demás, como ella misma reconoce, “habrá que elegir a cuál ir, pero si por mí fuera me presentaría a todos”.

