Profesiones imposibles

Laura Fuentes, cetrera: “La relación que se tiene con las aves es de confianza mutua, son prácticamente miembros de la familia”

La presencia de mujeres en la cetrería ha aumentado, aunque Fuentes reconoce que ellos, siguen siendo mayoría. “Lo más común es ver a hombres en este entorno”

Laura Fuentes, cetrera.
Laura Fuentes, cetrera.

Laura trabaja con águilas de Harris, cernícalos y halcones peregrinos. Los entrena, cuida sus plumas, picos y garras y consigue que vuelen siguiendo sus indicaciones. Es cetrera, una profesión todavía mayoritariamente masculina en la que la relación entre el ser humano y las aves rapaces ayuda a controlar la fauna.

Son muy eficaces en aeropuertos, vertederos o zonas concurridas. Allí, la presencia de las rapaces sirve para alejar a otros animales y dirigirlos hacia lugares donde resulten menos problemáticos o estén expuestos a menos riesgos.

“Los cetreros nos dedicamos a cuidar, guiar y enseñar a las aves rapaces. Esto lo hacemos, además de por el profundo cariño y confianza que les tenemos, para que nos brinden su apoyo en tareas de control de fauna. Aunque nosotros generalmente trabajamos con aves rapaces, el objetivo es cuidar y proteger también a los animales salvajes y a las personas”, explica Fuentes.

Su jornada está marcada por las necesidades de los animales. Los mantiene en buena forma y construye una relación de confianza que exige un trabajo constante. “Generalmente las rapaces con las que trabajamos comen una vez al día, por lo que todos los días los sacamos a volar y entrenar, dándoles refuerzo positivo con comida”.

Una vocación que comenzó en la adolescencia

El interés de Laura por los animales viene de la infancia, las aves se cruzaron en su camino y han marcado su trayectoria profesional. “Desde que era pequeña me gustaron siempre los animales, y siempre supe que quería dedicarme a algo relacionado con ellos. Fue en mi adolescencia cuando empecé a fijarme en concreto en las aves y me fascinaron desde el primer momento”.

Así descubrió la cetrería. Después convenció a su madre para realizar el curso que se imparte en Cetrería Campeza, donde comenzó a aprender una actividad que se ha convertido en su profesión. “Me hizo tan feliz que decidí que quería convertir esta pasión en mi vida”.

Pero trabajar con una rapaz requiere mucho más que aprender una serie de órdenes. Cada animal tiene su propio comportamiento. “Las aves son animales muy inteligentes, pero también tienen su carácter. Al final cada uno de nuestros pájaros tiene su propia personalidad, destaca más en un aspecto diferente y disfruta más de distintas actividades. Ganarse su confianza es un trabajo duro y requiere meses de entrenamiento con mucha paciencia y cuidado. Tenemos que demostrarles día a día y sin presionarlas que están seguras a nuestro lado”.

Del águila de Harris al halcón peregrino

Fuentes trabaja habitualmente con tres tipos de rapaces: águila de Harris, cernícalo y halcón peregrino. Cada una obliga al cetrero a trabajar de una manera distinta. “Los Harris son una de las pocas rapaces que caza en grupos de manera salvaje, lo que las hace mucho más sociables y nos facilita entablar una relación con ellos. Son muy resistentes, inteligentes y les es más fácil estar cómodos alrededor de la gente”.

Los cernícalos plantean otros retos. “Son muy pequeños, lo que los hace una opción muy buena para tratar con niños al ser menos peligrosos que otras rapaces, pero también los hace muy miedosos y delicados”.

Y está el halcón peregrino, cuyo vuelo convierte el entrenamiento en una experiencia muy diferente. «Es muy imponente, es capaz de volar tan alto que le perdemos de vista y hacer unos picados tan rápidos que es imposible reaccionar”.

Una de las aplicaciones de la cetrería es aprovechar el comportamiento natural de las especies. En determinados espacios, las rapaces realizan vuelos de dispersión que consiguen que otras aves eviten la zona. “Las palomas y otras aves salvajes saben que son presas para nuestras rapaces, por lo que si las ven por una zona van a evitar acercarse instintivamente. Solamente su presencia y vuelo ya es suficiente para asustar y ahuyentar a las otras aves, lo cual es una manera natural, segura y eficaz de movilizarlas lejos del espacio que queremos cubrir”.

El cetrero debe conseguir, además, que esos vuelos se desarrollen sin poner en peligro al animal ni a las personas. “Nuestra función es guiarlas y darles confianza y entrenamiento para que puedan hacer dichos vuelos sin peligro para ellas ni para la gente que pueda haber alrededor, ya que tenemos que asegurarnos de que no se asusten ni se choquen con nada en el proceso”.

Una profesión todavía más masculina que femenina

La presencia de mujeres en la cetrería ha aumentado, aunque Fuentes reconoce que ellos, siguen siendo mayoría. “Sí es cierto que hay una diferencia en la proporción de hombres y mujeres que se dedican a la cetrería, pero no diría que son pocas las mujeres que hay. He tenido el gusto de conocer a varias cetreras increíbles, aunque lo más común es ver a hombres en este entorno”.

En su caso, asegura que no ha sufrido discriminación profesional. “Por mi parte he tenido la suerte de aprender en un ambiente inclusivo donde nunca ha supuesto ninguna diferencia el género de la gente. Me he visto bien acogida en el entorno desde el primer momento y nunca se ha hecho ninguna distinción por género”.

La única dificultad vinculada al hecho de ser mujer llegó, curiosamente, de una de las propias aves: “La única dificultad que pude llegar a tener relacionada con esto no fue por una persona, sino por una hembra de Harris que, por experiencias pasadas, solía ser más agresiva hacia las mujeres”.

Para Fuentes, lo mejor y lo más difícil de su trabajo nace precisamente del mismo lugar: la relación que consigue establecer con las rapaces. “Lo más gratificante diría que es la conexión que se siente con unos animales tan majestuosos como las rapaces. La relación que se tiene con ellos es de confianza mutua, son prácticamente miembros de la familia. Les ves crecer, aprender, jugar, aprendes tanto de ellos como ellos de ti”.

Esa confianza, sin embargo, nunca permite olvidar la naturaleza del animal que tiene delante. El riesgo forma parte del oficio. “Aunque nuestras aves están adiestradas, llegar a ese punto es complicado y peligroso. Estamos hablando de animales diseñados para cazar, tienen unas garras y picos muy afilados y son capaces de hacer mucho daño”.

Por eso, detrás de la imagen espectacular de un halcón regresando al guante hay meses de paciencia, conocimiento del animal y trabajo diario. “Gran parte de nuestro trabajo es enseñarles a estar cómodos mientras nos protegemos de ellos, sin mostrar debilidad ni miedo. Para mí todo esto siempre merecerá la pena, las emociones que siento al verlos volar, contentos y estar tranquila mientras veo cómo hacen su trabajo mientras se lo pasan bien, es algo que no cambiaría por nada del mundo”.

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