Hubo un tiempo en el que todas queríamos vestir como una parisina. Aprendimos a combinar los vaqueros rectos con bailarinas, a dejar la camisa ligeramente desabrochada y a confiar en que una gabardina beige solucionaría casi cualquier mañana. Después llegaron las danesas, con sus vestidos de flores, sus zapatillas deportivas y una inesperada facilidad para mezclar rosa, naranja y verde sin que el resultado pareciera un accidente.
Ahora, sin embargo, la inspiración está mucho más cerca. Basta con cruzar la frontera y caminar una tarde por Lisboa para descubrir una forma de vestir más alegre y mucho más personal.
Las portuguesas se han convertido en las nuevas chicas a las que mirar porque comparten una cierta libertad frente a la ropa. Mezclan prendas antiguas y nuevas, firmas independientes y marcas asequibles, colores intensos y siluetas masculinas. Pueden llevar un pantalón de cuadros con una camisa de rayas, añadir unas bailarinas rojas y terminar el conjunto con un collar de cuentas que parece comprado durante unas vacaciones.
En las redes sociales, esta estética ha recibido el nombre de Portuguese girl style. El término resume un armario reconocible por los estampados, el crochet, los tejidos ligeros, las formas fluidas y los accesorios llamativos. Pero reducirlo a una sucesión de prendas sería quedarse en la superficie.
La verdadera novedad está en la actitud… las portuguesas parecen vestirse para disfrutar y no para demostrar que conocen todas las tendencias. Y en plena era del uniforme digital, cuando una prenda viral puede aparecer simultáneamente en Madrid, París, Londres y Copenhague, esa espontaneidad resulta irresistible.
Lisboa es el nuevo laboratorio del estilo europeo
La luz tiene mucho que ver. También los azulejos, las fachadas descoloridas, los tejados de terracota y esa combinación de decadencia elegante y creatividad. Rita Montezuma, estilista, creadora de contenido y una de las figuras más visibles de la moda portuguesa, asegura que los colores y la energía de Lisboa influyen directamente en su manera de vestir. La ciudad, según cuenta, atraviesa además un momento de efervescencia creativa marcado por nuevos restaurantes, espacios culturales, mercados temporales y colaboraciones entre diseñadores.
Las prendas tienen movimiento, los zapatos suelen permitir caminar y los bolsos no son únicamente objetos para fotografiar. Todo está pensado —aunque no siempre lo parezca— para sobrevivir a las cuestas, a las terrazas, al tranvía y a esas tardes de verano que empiezan con un café y terminan muchas horas después frente al Tajo.
Entre las influencers que mejor representan esta nueva sensibilidad están la citada anteriormente Rita Montezuma, Vicky Montanari, Mafalda Patrício, Inês Isaías o Caetana Botelho Afonso. Vicky Montanari encarna la versión más instintiva y maximalista del fenómeno. Su atractivo no está tanto en una prenda concreta como en la suma de elementos que, en otras manos, resultarían excesivos.
Una chaqueta acolchada estampada puede convivir con un pantalón masculino; una camiseta sencilla, con una falda de textura especial; y unas gafas de colores, con un bolso artesanal. Sus conjuntos no parecen obedecer a la necesidad de estilizar el cuerpo ni de resultar impecables. Buscan algo mucho más interesante… producir una impresión.

Mafalda Patrício también juega con el contraste, aunque desde un registro algo más urbano. En sus estilismos se alternan los volúmenes, la sastrería más informal, las prendas femeninas y los complementos inesperados. Puede suavizar una chaqueta con zapatos planos o quitar solemnidad a una falda especial mediante una camiseta sencilla.
Inês Isaías representa otra vertiente del gusto portugués, la de los básicos que nunca son completamente básicos. Un vaquero puede tener una silueta distinta, una americana cambia de proporción y un vestido neutro se transforma gracias a unos zapatos o unas gafas de sol con carácter.
Rita Montezuma abraza el color sin caer en la ingenuidad. Su armario sirve además como escaparate de una nueva generación de diseñadores portugueses. Entre sus firmas favoritas figuran Béhen, Gandaia, Constança Entrudo, Taiqpe, Tema Creations y la marca de gafas Lohause, nombres que combinan artesanía, experimentación y producción local.

Las portuguesas no estrenan un personaje cada temporada. Incorporan las tendencias a un lenguaje que ya es suyo.
¿Pero cómo vestir como una portuguesa sin disfrazarse? Copiar literalmente sus conjuntos sería una contradicción. Lo interesante es adoptar la forma en que construyen el armario. La chaqueta puede ser de una firma emergente; el pantalón, vintage; el bolso, de una cadena asequible; y el collar, una pieza artesanal o heredada. Esa mezcla evita uno de los mayores peligros de la moda actual: parecer un escaparate andante de la colección de una única marca.
La primera lección es perder el miedo al color. No hace falta vestirse de arcoíris, pero sí abandonar la idea de que un conjunto elegante debe limitarse al blanco, al negro y al beige. El rojo tomate, el amarillo mantequilla, el verde hierba, el azul cobalto y el rosa pueden funcionar incluso juntos cuando las siluetas son sencillas.
Una camisa masculina de rayas es un excelente punto de partida. Las portuguesas la llevan abierta sobre un top, anudada a la cintura, remangada o combinada con pantalones estampados. No tiene que estar perfectamente planchada ni parecer recién salida del envoltorio. Cuanto más vivida, mejor.
El pantalón ancho y cómodo es otra de las piezas fundamentales. Puede ser de lino, algodón, cuadros, rayas o estampado floral. Su volumen aporta esa relajación necesaria para que los accesorios más atrevidos no parezcan excesivos. Además, permite recorrer una ciudad, viajar o pasar directamente de la playa a una cena sin necesidad de cambiarse.
Los vestidos también rehúyen la perfección. Se llevan blancos, bordados, estampados o confeccionados con tejidos ligeros. En lugar de acompañarlos siempre con sandalias delicadas, aparecen junto a zapatillas retro, bailarinas, chanclas de piel o zapatos deliberadamente contundentes. La combinación evita que el vestido resulte demasiado romántico.

El crochet merece un capítulo propio. Aparece en tops, chaquetas, bolsos, vestidos y accesorios, pero rara vez con un aire completamente bohemio. Las portuguesas lo mezclan con prendas deportivas, sastrería o vaqueros, alejándolo de la imagen previsible del uniforme de playa.
Después están los collares de cuentas, los pendientes grandes, los cinturones, las gafas XL o llamativas y los bolsos que funcionan como pequeños objetos decorativos. En Portugal, los complementos no parecen elegidos únicamente para terminar un conjunto: con frecuencia son el punto desde el que empieza todo.

De ahí que Parfois ocupe un lugar tan visible en el paisaje comercial portugués. La firma, nacida en Portugal, combina bolsos, bisutería, calzado y ropa, y sus tiendas muestran precisamente esa abundancia de pequeños accesorios capaces de modificar un estilismo sencillo. La nueva tienda del Rossio, por ejemplo, aprovecha los arcos de piedra del edificio para presentar bolsos, zapatos, prendas y complementos en un espacio de estética clara y contemporánea.
La fórmula más sencilla para trasladar este estilo al verano español podría ser esta: pantalón amplio de rayas, camiseta blanca, bailarinas rojas, bolso de rafia y dos collares distintos. También funciona un vestido de algodón con zapatillas, una camisa masculina sobre el bañador o un traje de lino acompañado de sandalias planas y un bolso de cuentas. El objetivo no es que todo combine. Es que todo converse.
Dónde compran: la ruta de tiendas que explica el fenómeno
Para entender cómo visten las portuguesas hay que entrar en sus tiendas. Lisboa conserva algo que muchas capitales europeas han ido perdiendo; una convivencia bastante natural entre grandes cadenas, talleres, comercios tradicionales, boutiques independientes y espacios dedicados a diseñadores locales. El barrio que mejor concentra esta mezcla es Príncipe Real, situado entre São Bento y el mirador de São Pedro de Alcântara. Sus palacetes, jardines, anticuarios y pequeños comercios han convertido la zona en uno de los paseos de compras más atractivos de la ciudad.
Allí se encuentra Embaixada, una galería comercial instalada en el Palacio Ribeiro da Cunha, un edificio del siglo XIX de inspiración neoárabe. En su interior conviven moda, diseño, cosmética y artesanía portuguesa. Más que un centro comercial convencional, parece una sucesión de pequeños gabinetes creativos unidos por una espectacular escalera y un patio interior.

Es una buena dirección para descubrir el ecosistema local sin recorrer media ciudad. Sus espacios han reunido propuestas de diseñadores portugueses, joyería, trajes de baño, piezas de decoración y productos artesanales. En ese contexto, comprar deja de ser una carrera por encontrar “la tendencia” y se convierte en una forma de conocer cómo se fabrica y se interpreta el diseño en Portugal.
Otra parada interesante es +351, la firma fundada por Ana Penha e Costa. Su tienda de Santos refleja una estética atlántica y depurada: camisetas, sudaderas, prendas cómodas y básicos de inspiración costera presentados en un interior luminoso, con materiales naturales y una decoración contenida. Es la prueba de que el estilo portugués no se reduce al maximalismo. También existe una corriente más limpia y funcional, vinculada al mar y a una elegancia sin rigidez.
Quienes busquen una pieza verdaderamente especial deben conocer Béhen. Fundada en 2020 por Joana Duarte, la firma trabaja en la preservación y reinterpretación de la artesanía portuguesa, colaborando con comunidades de artesanos y recuperando técnicas y textiles tradicionales. Sus vestidos y chaquetas pueden incorporar colchas antiguas, bordados, encajes o materiales reutilizados. Una de sus prendas, por ejemplo, está confeccionada con antiguas colchas y conserva deliberadamente las pequeñas marcas o reparaciones que forman parte de la historia del tejido. Otras piezas rescatan bordados de cuentas vinculados a los trajes populares del norte de Portugal. No son compras impulsivas, sino prendas concebidas casi como objetos de colección.

Constança Entrudo representa el lado más experimental. Sus tejidos, estampados y siluetas se alejan del souvenir folclórico para proponer una visión artística y contemporánea de la moda portuguesa. Gandaia apuesta por el color y las piezas unisex; Taiqpe reinterpreta clásicos como la gabardina o la americana; y Tema Creations se mueve entre la ropa de invitada y las prendas capaces de pasar de una jornada de trabajo a una cena.
También merece la pena buscar firmas de calzado. ASPORTUGUESAS, por ejemplo, se presenta como un proyecto centrado en la innovación, la comodidad y la reducción del impacto ambiental. Portugal posee una importante tradición de fabricación de zapatos, y muchas de las marcas emergentes utilizan ese conocimiento para desarrollar modelos sin renunciar a la producción local.

En un nivel más accesible, Parfois sigue siendo una dirección práctica para localizar bolsos, joyas y sandalias. Su tienda de Amoreiras amplió el espacio destinado a ropa y complementos, y la apertura del Rossio incorpora ahora la colección completa dentro de un edificio histórico.
La mejor ruta no debería excluir las tiendas vintage ni los mercadillos. Allí aparece esa pieza que impide que un conjunto resulte demasiado previsible: una blusa bordada, una chaqueta acolchada, un pañuelo, un bolso antiguo o una joya de aspecto ligeramente excéntrico. El estilo portugués se alimenta precisamente de esos hallazgos que no llegan acompañados de un manual de instrucciones.

