Es una de las grandes contradicciones del verano. Mientras la generación Z presume de rutinas faciales de diez pasos, distingue sin esfuerzo entre niacinamida, retinol o ácido hialurónico y convierte cualquier sérum viral en objeto de deseo, el protector solar –el producto que más recomiendan los dermatólogos para prevenir el envejecimiento cutáneo y el cáncer de piel– empieza a desaparecer de muchas mochilas de playa.
Algo está cambiando. Basta con pasar unos minutos en TikTok para comprobarlo. Vídeos que aseguran que la crema solar impide sintetizar vitamina D, otros que defienden crear un supuesto “callo solar” para que la piel “se acostumbre” al sol y decenas de publicaciones que presentan el bronceado intenso como sinónimo de belleza, salud y atractivo. Todos ellos acumulan millones de reproducciones.
La paradoja desconcierta a los especialistas. Nunca una generación había hablado tanto de cuidar la piel. Nunca tantos adolescentes y veinteañeros habían incorporado rutinas cosméticas complejas, aprendido el nombre de activos hasta hace poco reservados a los dermatólogos o invertido parte de su sueldo en productos antiedad. Y, sin embargo, algunos empiezan a cuestionar precisamente el gesto que más protege la piel.
Las redes se han llenado de creadores de contenido que enseñan cómo conseguir un bronceado “perfecto”, muestran largas exposiciones al sol sin protección o cuestionan directamente la necesidad de utilizar filtros solares. Muchas de esas publicaciones mezclan medias verdades con mensajes pseudocientíficos que terminan sembrando dudas entre quienes consumen ese contenido a diario.
A ese ruido se suman voces con una enorme capacidad de influencia. El futbolista Marcos Llorente, reciente campeón del mundo con la selección española, desató una intensa polémica tras cuestionar públicamente el uso de la crema solar y defender la exposición al sol sin protección durante una entrevista en televisión. Sus declaraciones fueron ampliamente criticadas por dermatólogos y sociedades científicas, que recordaron que no existe ninguna evidencia que respalde esas afirmaciones y advirtieron del riesgo de trasladar este tipo de mensajes a millones de seguidores, especialmente jóvenes.
El dermatólogo Jordi Rex observa con preocupación este fenómeno. “Pese a la sólida evidencia científica sobre los efectos nocivos de la radiación ultravioleta, se observa una preocupante tendencia entre algunos jóvenes de la generación Z a reducir o incluso prescindir del uso de fotoprotectores solares”. A su juicio, detrás de este cambio confluyen varios factores. “La influencia de las redes sociales, donde se viralizan mensajes confusos que ensalzan el bronceado intenso, cuestionan la necesidad del protector solar o incluso promueven hábitos sin respaldo científico, como el ‘callo solar’, junto con la presión estética cada vez más intensa y la búsqueda de una imagen idealizada, está contribuyendo a este fenómeno.”

La teoría del “callo solar” merece un capítulo aparte. Aunque se presenta como una forma de entrenar la piel para resistir la radiación ultravioleta, los dermatólogos insisten en que no existe ninguna adaptación capaz de evitar el daño que provoca el sol. El bronceado, recuerdan, no es un signo de salud, sino el mecanismo de defensa de una piel que está siendo agredida.
El problema es que la velocidad a la que circula la desinformación supera con creces la capacidad de respuesta de la divulgación científica. Un vídeo de veinte segundos puede acumular millones de visualizaciones antes de que un especialista tenga ocasión de desmontar sus argumentos.
Las consecuencias preocupan especialmente porque el daño solar es acumulativo. Cada exposición intensa, cada quemadura y cada verano sin protección dejan una huella invisible que puede manifestarse años después. “Las consecuencias pueden ser catastróficas: un aumento de las quemaduras solares, del envejecimiento cutáneo precoz y, a medio y largo plazo, del riesgo de desarrollar cáncer de piel, especialmente melanoma”, advierte Jordi Rex.
La contradicción resulta aún más llamativa porque nunca había sido tan fácil incorporar la fotoprotección a la rutina diaria. Hoy existen fórmulas ligeras, invisibles, específicas para piel grasa, con color o compatibles con el maquillaje. La industria cosmética ha conseguido que aplicarse un SPF deje de ser una obligación incómoda. Aun así, para muchos sigue pesando más el deseo de conseguir un bronceado rápido que las recomendaciones médicas.
“Quizá el cambio más importante sea dejar de comunicar desde el miedo y hacerlo desde la prevención y la identificación con los jóvenes” – Jordi Rex
Los expertos creen que parte del problema también está en cómo se ha comunicado la fotoprotección durante décadas. Los mensajes basados en el miedo quizá ya no conectan con una generación acostumbrada a consumir miles de impactos audiovisuales cada día. “Quizá el cambio más importante sea dejar de comunicar desde el miedo y hacerlo desde la prevención y la identificación con los jóvenes. La generación Z suele responder mejor a mensajes auténticos, visuales y respaldados por evidencia que a advertencias catastrofistas”, sostiene Jordi Rex.
Eso obliga también a replantear la estrategia de los propios profesionales sanitarios. Ya no basta con explicar los riesgos durante una consulta. Hay que estar donde nacen las tendencias. “El reto para los dermatólogos no es solo generar conocimiento científico, sino también comunicarlo en el mismo entorno y con el mismo lenguaje en el que hoy se crean las tendencias. Debemos combatir la desinformación, favorecer el acceso a los filtros solares, promover la fotoprotección como un hábito cotidiano desde la infancia y estar presentes en las redes sociales.”
Porque la batalla por la salud de la piel también se juega entre vídeos de quince segundos, algoritmos que premian el impacto por encima del rigor y una generación que nunca había invertido tanto tiempo y dinero en cuidar su rostro, pero que empieza a desconfiar del producto cuya eficacia cuenta con mayor respaldo científico.
La gran ironía del verano es esa: perseguir la piel perfecta mientras se renuncia al gesto que mejor la protege. Ningún sérum podrá reparar el daño acumulado por la radiación ultravioleta. Y ningún filtro de belleza conseguirá borrar las huellas que deja el sol cuando el protector vuelve a quedarse, una vez más, dentro de la mochila.

