Ayer, en Melbourne, durante una charla de Batyr sobre salud mental juvenil, Meghan Markle habló de los diez años en que, según dijo, fue acosada y atacada a diario en Internet, y recordó que llegó a sentirse “la persona más troleada del mundo”. La frase habría bastado para alimentar el habitual banquete de adhesiones y antipatías, esa romería contemporánea en la que unos la consideran una santa laica y otros una profesional de la queja. Pero añadió un “Y aquí sigo”.
Porque “aquí sigo” no es exactamente un lamento. Es incluso un desafío. No contiene el temblor del que pide amparo, sino la compostura del que ha comprendido que, en determinados teatros del mundo, sobrevivir ya es una forma de estilo. La duquesa de Sussex compareció como alguien que ha decidido hablar del ruido sin concederle el lujo de la última palabra.
Lo más útil de sus declaraciones, en realidad, no está en su biografía sino en el retrato involuntario de nuestra época. Las redes sociales, vino a decir, forman parte de una industria multimillonaria asentada sobre la crueldad porque la crueldad da clics, circulación y negocio. Dicho así, parece una obviedad; y lo es. Pero conviene recordar que las obviedades suelen ser las verdades que más trabajo nos cuesta admitir. Hemos querido creer durante años que internet era una gran plaza democrática, cuando en demasiadas ocasiones ha terminado pareciéndose más a un salón de espejos donde la mezquindad se multiplica con admirable eficacia.
Desde luego, Meghan conoce perfectamente el valor de una frase bien colocada. No hay en eso escándalo alguno. En un tiempo en que todo personaje público está obligado a editarse a sí mismo, sería casi extravagante exigirle una espontaneidad monástica. Lo relevante no es que sepa decirse, sino que haya elegido decirse así.
Por eso la frase perdura más que la estadística sentimental. Nadie puede medir seriamente quién fue “la persona más troleada del mundo”; eso pertenece al territorio movedizo de la hipérbole, donde la conversación pública se siente tan cómoda. Pero “aquí sigo” pertenece a otro registro, el de las frases que buscan una verdad más fina. La de quien entiende que el siglo XXI no concede demasiadas salidas honorables y que una de ellas, quizá la única, consiste en no desaparecer del todo ante el estrépito.
