Fotografía

Ron Howard lleva a Cannes el enigma de Avedon (moda, poder y zonas oscuras)

El director presenta en la Croisette un documental sobre Richard Avedon, el fotógrafo que hizo de la moda una escena, del retrato una pelea y de la cámara una forma elegante de incomodar

En Cannes, donde todo el mundo parece caminar como si ya hubiera sido fotografiado antes, Ron Howard ha presentado una película sobre un hombre que no se conformaba con fotografiar a nadie una sola vez. Richard Avedon miraba hasta que algo cedía. A veces era una sonrisa. A veces, una pose. A veces, una mentira completa. Su nombre aparece ahora en la selección oficial del festival con Avedon, documental incluido en las proyecciones especiales de Cannes.

Howard llega al fotógrafo desde una tradición que conoce bien: la del documental sobre el genio popular. Antes filmó a los Beatles, a Pavarotti, a Jim Henson; ahora se acerca a Avedon, que fue muchas cosas a la vez y casi ninguna pacífica. Fue fotógrafo de moda, retratista de celebridades, cronista político, testigo del siglo XX y, sobre todo, un hombre que entendió que un rostro nunca es solo un rostro, es una negociación, una defensa, una coartada.

Richard Avedon

El documental, según la cobertura internacional, no está construido tanto como una biografía convencional como alrededor de la manera en que Avedon trabajaba: sus obsesiones, sus métodos, su necesidad de quitar ruido hasta dejar a la persona sola contra un fondo blanco. TheWrap subraya precisamente que Howard organiza la película en torno a la artisticidad antes que al resumen vital. Es decir, no pregunta primero qué hizo Avedon, sino cómo diablos lo hizo.

Eso es lo que vuelve interesante el asunto. Avedon entró en la moda cuando la moda todavía podía parecer un salón con señoras quietas, y la convirtió en movimiento. Sus modelos no llevaban vestidos: escapaban, reían, saltaban, fingían no saber que estaban siendo vistas. Después redujo el mundo a una pared clara y una cara en primer plano. Marilyn Monroe, James Baldwin, obreros, artistas, políticos, desconocidos del Oeste americano… todos terminaban en el mismo tribunal luminoso.

Marilyn Monroe, fotografiada por Richard Avedon en Nueva York, el 6 de mayo de 1957

Cannes plantea esa continuidad como una de las claves de la película: Avedon podía pasar de Harper’s Bazaar a los derechos civiles, de la moda al Oeste americano, sin que aquello pareciera una contradicción. Howard lo atribuye a una línea interior; la sensibilidad del fotógrafo, su estética y su deseo de subvertir expectativas.

La prensa estadounidense ha leído el documental como una revisión del lugar de Avedon en una época que ya no distingue demasiado entre identidad, imagen y actuación. La película recorre seis décadas de trabajo a través de archivos, entrevistas y la propia voz del fotógrafo, y conecta su obra con preguntas muy actuales: quién decide cómo somos vistos, cuánto fabricamos de nosotros mismos y qué queda de una persona cuando la imagen ya ha hecho su trabajo.

Avedon tenía una ventaja sobre casi todos sus modelos y es que sabía antes que ellos que la cámara no captura la verdad, sino el momento en que la verdad se descuida. Por eso sus retratos siguen pareciendo tan modernos, porque son crueles de una forma civilizada. Howard, sin embargo, parece acercarse a él con admiración antes que con sospecha. The Hollywood Reporter define la película como la celebración de un hombre complicado; reconoce sus críticos, sus dudas y sus zonas difíciles, pero no deja de ser una obra admirativa.

Dovima con elefantes, vestida por Dior en Paris, agosto de 1955

La pregunta, entonces, es si se puede filmar a Avedon sin hacerle exactamente lo que él hacía con los demás; es decir, quitarle el decorado, la familia, la gloria, las revistas, los famosos, el mito, y dejarlo ahí, contra un fondo blanco. Howard parece elegir otro camino. Lo rodea de voces, de archivo, de memoria, de contexto.

También eso tiene sentido. Un documental sobre Avedon no podía limitarse a explicar sus fotografías, porque sus fotografías ya se explican demasiado bien solas. La dificultad estaba en contar cómo un hombre que trabajó para la industria del deseo terminó retratando también el cansancio, la enfermedad, el poder, la raza, la guerra y la intemperie americana.

The Beatles, Londres, 11 de agosto de 1967

Incluso cuando hacía belleza, había algo inquietante debajo… una costura, una amenaza, una forma de decir que toda elegancia necesita una víctima. Quizá por eso su obra ha resistido mejor que muchas de las celebrities que pasaron por delante de su cámara. Él no perseguía la fama, la ponía bajo una luz insoportable.

La película de Howard no viene a destruir el mito, sino a volver a abrirlo. Hay mitos que se caen cuando uno los mira de cerca. El de Avedon, en cambio, parece hecho para que nos acerquemos, veamos el grano de la piel, el gesto cansado, la boca a punto de decir algo, y descubra que la imagen no ha terminado todavía. En Cannes, Ron Howard ha llevado una película sobre un fotógrafo. Parece poco. Pero Avedon nunca fotografió solo cuerpos, ni caras, ni vestidos. Fotografió la pequeña violencia de ser visto. Y de eso, allí, saben bastante.

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