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Sade, la diseñadora antes que la cantante

Influenciada por los New Romantics y el Blitz londinense, la artista estudió en Saint Martins y tuvo una prometedora carrera que se tradujo de forma práctica en algunos de los estilismos más icónicos de los 90. Repasamos su historia

Fotografía: Kiloycuarto

Antes de convertirse en una de las voces más reconocibles del soul contemporáneo, Helen Folasade Adu (más conocida como Sade) tuvo otra vocación: la moda. Como estudiante de diseño en la reconocida Saint Martin’s School of Art de Londres, su relación con la estética empezó a una muy temprana edad y la anglo-nigeriana cultivó su sensibilidad en diferentes vertientes, todas entrelazadas. De hecho, lo que hoy se ha bautizado como Sade girl aesthetic no es más que una extensión de su personalidad sobre el escenario y como artista musical, cuyas raíces se originaron como producto de un cóctel de influencias.

Primeramente, Adu siempre tuvo un gran sentido de la estética, auspiciado por la música, el cine y la estética urbana londinense de finales de los 70 y principios de los 80. En un país que atravesaba una gran crisis, con una cifra de paro desorbitada y un futuro tan incierto como gris, la juventud se aferró a la creatividad como única vía de escape (y de esperanza posible). Así, y con su origen sobre estos parámetros, parte de una subcultura en la que Sade empezó a mezclarse destacaba por contradecir la norma, además de por un auto-desarrollado sentido de la imaginación y del DIY como única premisa para el éxito. 

Sade

En ese espíritu punk selecto (“el punk no era sobre política, ni siquiera sobre música, sino sobre moda”, como apunta Boy George al respecto) los jóvenes con aspiraciones artísticas y gustos diferentes (Bowie, Kraftwerk y otras influencias vanguardistas europeas) comienzan a ir a Billy’s, un club semanal cuyos promotores eran un DJ y un promotor galés: Rusty Egan (co-fundador del club y DJ) y Steve Strange (cantante, encargado del club y posteriormente, líder de la banda Visage) y que basaba su reclamo en una estética que abrazaba la decadencia y la libertad de los años 30, junto con una extravagancia cercano al camp. 

Estos Nuevos Románticos, pioneros entre los que estaba Sade, abrazaban todas las identidades sin importar el origen, la raza o la orientación sexual; algo tan disruptivo como novedoso en la atmósfera social del Reino Unido. Con referentes como el estilo negro de los años 40, las películas de estreno a las que los estudiantes tenían acceso gratuito en el cine The Academy (de Oxford Street) o la música más experimental, este club (que después cambió su nombre y ubicación a Blitz) se convirtió en algo similar al equivalente para los oficinistas y creativos en paro de lo que era Studio 54 en Nueva York. “Todo giraba en torno a la autenticidad porque la gente que íbamos nos esforzábamos por entrar pero también llevábamos lo mismo que una mañana de camino al súper; nadie se disfrazaba, es quienes éramos”, dice el artista británico Marilyn en el documental sobre el club. En palabras del periodista y escritor Robert Evans: “Sabíamos que, fuese que fuese que hiciéramos, tenía que ser algo para nosotros mismos”, quien comenzó a trabajar para The Face tras mandar una crítica sobre Spandau Ballet, la banda local de Blitz, a la publicación musical NME.

Sade

En contraposición con la actualidad, en esa euforia colaborativa la identidad no estaba reñida con la repetición de los elementos, sino más bien vinculada a la creación de un lenguaje visual propio. Por ello, y a pesar de que Sade se especializó en moda masculina, su estilo empezó a permearse en sus primeras apariciones musicales, abrazando unas pautas comunes que después serían parte inexorable de su imagen: accesorios dorados y grandes, labios rojos mate y cabello recogido en una forma casi escultórica. Además, y como extensión de la influencia más gótica y sobria de la década y de estos Nuevos Románticos, la cantante comenzó usando como el negro y los colores oscuros como lienzo base en una gramática visual donde cada prenda cumple una función exacta, sin alterar lo más mínimo el resultado. Esto se traduce en estilismos donde el jersey de cuello alto y los vestidos sencillos de líneas depuradas, como sus prendas más recurrentes; ambos introducen una dimensión intelectual, casi arquitectónica, que equilibra el conjunto de looks rematados por un abrigo o gabardina que, en este caso, añade movimiento y distancia. 

Al igual que los looks de Carolyn Bessette no pasan de moda precisamente por lo atractivo de su simplicidad, aquí el secreto del vestido negro o el jersey de cuello cisne se reduce a su función más esencial: evita cualquier exceso para centrarse únicamente en la estructura y la caída. O, como dice Marta Díaz de Santos sobre el estilo de la célebre ex-publicista de Calvin Klein: “Esa forma de vestir, casi uniforme, transmite una idea poderosa y es que el estilo no está en acumular, sino en elegir bien.” Estos “básicos impecables”, como define la periodista y editora, fueron una predilección además de una apuesta temprana, en el armario de la artista londinense. 

Sade

Otro código ganador que comparte su estilo es que ninguna de estas prendas depende de una temporada concreta. Es más; son piezas que existen fuera del tiempo y que, seguramente un década más tarde, sigan todavía vigentes. En primer lugar, la camisa blanca y los jeans, en un conjunto con pulido como desenfadado gracias al efecto lavado y favorecedor de su semi-níveo tono azul. Sin olvidar las bailarinas que apelan a una ligereza y una pulcritud inherentes a Jackie O pero también Kirsten Dunst. 

Además, y fuera de estas piezas, la imagen estudiada de la artista pasaba por mantener el foco en un rostro deliberadamente despojado. “El labio rojo mate, preciso y sin brillo actúa como punto focal. Todo se siente intencional a su alrededor”, tal y como describe el maquillador Christian Briceno al respecto. “La piel, casi desnuda, rechaza el artificio para dejar que la presencia, más que el maquillaje por sí solo, sea la protagonista”. 

No en vano, lo clásico de ese estilo proviene directamente de figuras Josephine Baker o Marilyn Monroe, que la pantalla convirtió en iconos póstumos. También, el cabello (generalmente recogido o pulido hacia atrás) elimina cualquier elemento superfluo y refuerza esa idea de control y contención sin llegar a abandonar lo casual, tan de moda en esa década.

Sade

Esa disciplina estética anticipaba lo que, pocos años después, se convertiría en uno de los movimientos más influyentes de la moda contemporánea: el minimalismo de los 90, tan abanderado por diseñadores como Helmut Lang, Jil Sander, Yohji Yamamoto o, posteriormente, el mismo Klein. Todos fueron unánimes en consolidar rápidamente una estética caracterizada por la sastrería depurada, las paletas restringidas y la ausencia de ornamento, principios que la cantante ya practicaba de manera intuitiva, más aun desde que el mainstream abrazase (y absorbiese progresivamente) la exuberancia visual propia de la década anterior. Así, con el adiós a los hombros monumentales, los colores eléctricos y glamour exuberante, Sade también cultivó una imagen radicalmente distinta y vanguardista en su especie

Alejada de las microtendencias, Sade supo construir una imagen poderosa sobre la simplicidad y la elegancia como base, destacando su magnética presencia frente a las etiquetas de la industria o las modas comerciales. Hoy este estilo, que resulta tan rompedor como efectivo, funciona como un redescubrimiento de una lección clásica: que el verdadero estilo se construye afinando la identidad. Una explicación sobre la vigencia de su vestuario, hoy convertidos en clásicos contemporáneos sin necesidad de reinterpretación. Aunque su esencia esté, ya firedignamente, tan ligada a su linaje artístico como a su creatividad en todos los ámbitos.

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