En Skaugum, la residencia oficial del príncipe heredero de Noruega, Mette-Marit ha comparecido por fin para poner voz a una crisis que ya no pertenece al terreno del cotilleo cortesano, sino al de la confianza pública. En una entrevista con la televisión pública NRK, la princesa heredera ha asegurado que fue “manipulada y engañada” por Jeffrey Epstein y lamentó haberlo conocido. También reveló un episodio hasta ahora desconocido: durante una estancia en Palm Beach, él la puso en una situación que la hizo sentirse tan insegura que llamó a Haakon.
La escena, por sí sola, habría bastado para ocupar titulares en cualquier monarquía europea. Pero en el caso noruego el problema va más allá del impacto emocional del testimonio. Los documentos publicados este año por el Departamento de Justicia de Estados Unidos muestran que la relación entre Mette-Marit y Epstein fue más extensa de lo que se había admitido hasta ahora. Hubo contactos frecuentes entre 2011 y 2014 y una estancia de cuatro días en la casa de Epstein en Palm Beach en 2013, todo ello años después de la condena de 2008 por solicitar prostitución a una menor. La princesa no está acusada de ningún delito, pero la nueva documentación ha erosionado la versión más limitada que se conocía desde 2019.
Ese es precisamente el ángulo que domina en la prensa internacional más sobria. Reuters ha presentado la entrevista como un intento de contención de daños en “uno de los mayores escándalos” que han golpeado a la familia real noruega. Le Monde, por su parte, la ha encuadrado como un nuevo golpe para la heredera y para una institución ya debilitada. La lectura común es clara: el problema ya no es solo con quién se relacionó Mette-Marit, sino por qué esa relación sobrevivió a señales que, vistas hoy, parecían suficientes para activar todas las alarmas.

En Noruega, donde la monarquía ha sostenido durante décadas una reputación de cercanía, austeridad y sentido institucional, las preguntas han sido aún más incisivas. El periódico Aftenposten resumió la expectativa pública antes de la entrevista con una cuestión concreta: qué encontró exactamente Mette-Marit cuando buscó a Epstein en Google, después de que saliera a la luz un correo en el que ella misma le escribió que había buscado su nombre y que “no tenía buena pinta”. Tras la emisión, el mismo diario sostuvo que la princesa no respondió de forma concreta a varias de las preguntas nucleares y que sus explicaciones no bastan, por ahora, para restaurar la confianza.
El punto más delicado de su defensa está ahí. Mette-Marit ha insistido en que, de haber entendido que Epstein era un agresor sexual, jamás habría mantenido el contacto. Asegura que nunca vio nada ilegal y que fue introducida en ese círculo por personas en las que confiaba, vinculadas al ámbito de la salud global y la organización internacional. Su relato dibuja a Epstein como un hombre hábil en el uso de intermediarios respetables y en la explotación de vínculos de confianza. Pero esa explicación convive con un hecho incómodo: la continuidad del contacto incluso después del episodio de Palm Beach y después de búsquedas en internet que, según los correos, ya habían despertado recelos.
Fuera del palacio, la crisis ha dejado de ser simbólica. El primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, calificó el comportamiento de la princesa como una muestra de “mal juicio” y pidió más explicaciones por parte de las figuras prominentes mencionadas en los nuevos papeles de Epstein. El Parlamento noruego aprobó además una investigación independiente sobre los vínculos entre Epstein y el Ministerio de Exteriores, en una señal de que el caso ha saltado del plano personal al institucional.

La presión se ha intensificado por el contexto. La salud de Mette-Marit se ha deteriorado por su fibrosis pulmonar crónica, hasta el punto de que la Casa Real estudia la eventual necesidad de un trasplante, y el juicio contra su hijo Marius Borg Høiby, que niega los cargos más graves, entre ellos varias acusaciones de violación, ha mantenido a la familia real bajo una atención constante. En paralelo, los sondeos reflejan desgaste: Reuters informó de una caída de diez puntos en el apoyo a la monarquía entre enero y febrero, aunque el Parlamento votó con claridad a favor de mantenerla.
Por eso, la cuestión de fondo no es penal, sino política y moral. Mette-Marit no está siendo juzgada por haber participado en los crímenes de Epstein, sino por algo más resbaladizo y, para una corona, casi igual de grave: haber puesto su prestigio al servicio de un hombre cuya estrategia consistía precisamente en acercarse a figuras de confianza, respetabilidad e influencia. Su entrevista no cierra el caso. Apenas inaugura una nueva fase, en la que Noruega tendrá que decidir si la ingenuidad declarada por su futura reina puede convivir con la exigencia de ejemplaridad que sostiene a cualquier monarquía parlamentaria.
