Venezuela

Cincuenta días bajo los escombros: la búsqueda de Roberto Zárraga que nunca terminó

Carolina Uzcátegui lleva casi dos meses esperando encontrar a su marido, desaparecido tras el derrumbe de su edificio en La Guaira. No es la única en Venezuela

A las once de la mañana del 24 de junio, Carolina Uzcátegui, analista de laboratorio clínico, viajó de La Guaira, el estado costero que sirve de puerto y aeropuerto a Caracas, hasta Valencia, en el centro del país, para la Convención Nacional de Bioanalistas, y estaba en la misa inaugural cuando el techo del salón empezó a soltar pedazos y las paredes se abrieron. Los desalojaron. Desde la terraza llamó a su marido, Roberto Zárraga, y a sus hijos, Sarah Rou y Rafael, de 24 y 17 años. Ninguna llamada entró.

Fue Sarah Rou quien logró comunicarse esa noche para decirle que los edificios se habían caído, que ella y su hermano estaban en la calle a dos manzanas, y que Roberto, hasta donde sabían, seguía en el apartamento. Un taxi buscó a Carolina en Valencia a las seis de la mañana siguiente y poco después de las diez estaba frente a las ruinas de su casa.

Tres días de incendio

Las Residencias Rocapar se derrumbaron y se incendiaron, y el fuego ardió unos tres días sin que llegara un bombero a apagarlo.

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Hacia el cuarto día —la memoria ya no le da fechas exactas— apareció un operador con excavadoras cuya orden, según él mismo dijo, era despejar la vía, sin mención alguna de sobrevivientes ni de cuerpos; ese hombre, por lo demás, impidió el ingreso de grupos de rescate. Trabajaron una semana hasta que una madrugada anunció que lo trasladaban a otro punto, se llevó la maquinaria y el terreno quedó como estaba. Los escombros que retiró fueron cargados en camiones. Carolina no sabe si entre ellos iban cuerpos.

Lo que ella reclama es que hubieran entrado los topos, los rescatistas que cavan túneles, así como entraron en otro edificio de La Guaira del que sacaron gente con vida. A la tercera semana llegaron brigadas de Defensa Civil del estado Sucre, que, de hecho, se quedaron y encontraron a algunos vecinos.

Desde la mañana del 25 Carolina no se movió de allí. Estuvo los 42 días que duró la búsqueda —lo dice su hija, que desde Caracas movilizaba comida, agua y contactos porque no podía bajar a La Guaira—, recibiendo a cada cuadrilla que llegaba y viendo marcharse a la anterior, y su balance es que no hubo respuesta de ninguna clase. Ni quien apagara el incendio ni quien mandara grupos de rescate, ni en su edificio ni en la mayoría de los que se cayeron en el estado. Llegó ayuda internacional, reconoce, aunque para la cantidad de edificios derrumbados fue escasa. Al cabo de varias semanas Carolina llegó a una conclusión que todavía sostiene, y es que lo que se hacía en Rocapar no iba dirigido a rescatar a nadie, aunque no sepa decir a qué iba dirigido.

Corrió además una especie que ella misma no puede sostener, y así la formula: que en el edificio buscaban algo… y que por eso la prioridad nunca fue sacar a los vivos ni a los muertos. Carolina la repite y la deja donde está.

En las redes sociales se dijo, sin verificación, que ciertos jerarcas del régimen tenían grandes cantidades de dólares en efectivo y joyas en apartamentos de playa en La Guaira.

Las dos señales del dron

En los primeros días de julio se presentó en Rocapar un hombre con un dron térmico, quien pidió trabajar a las diez de la noche puesto que a oscuras el aparato rinde mejor, y señaló dos puntos donde, según su lectura, había personas vivas. Defensa Civil ya se había retirado.

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Una vecina fue a buscar a Carolina con la noticia de que Defensa Civil volvería a excavar en la montaña de escombros que había sido su casa. Allí esperaron hasta las dos de la mañana sin que llegara nadie y regresaron a las siete, cuando les dijeron que esas señales eran calor residual del incendio. El operador del dron explicó que la temperatura de un cuerpo humano varía de segundo en segundo mientras que la de un rescoldo permanece fija. El hijo de Carolina y otro muchacho fueron “leídos” por el dron (cuerpos vivos, comprobados) al mismo tiempo que leía los dos puntos. Los dos puntos fluctuaban igual que ellos. Si eso es cierto, no era calor del incendio. Pero nadie atendió esta desesperada observación.

Los huesos de Los Silos

La búsqueda duró cuarenta y dos días, según Sarah Rou, la hija de Carolina, y terminó cuando no quedaba hueco por donde escarbar y entonces removieron los restos completos de la estructura abatida. Faltaban entre siete y diez cuerpos (de residentes del edificio), más la dependienta del local comercial de la planta baja y los clientes que compraban allí a esa hora.

AME7458. LA GUAIRA (VENEZUELA), 09/08/2026.- Personas descansan frente a un edificio colapsado por los terremotos del 24 junio, este domingo en La Guaira (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R
Personas descansan frente a un edificio colapsado por los terremotos del 24 junio, este domingo en La Guaira (Venezuela)
EFE/ Ronald Peña R

La mayoría de los vecinos que sí aparecieron fueron hallados calcinados o incompletos; de varios se recuperaron solo huesos, que los familiares llevaban ellos mismos a una morgue improvisada en Los Silos, donde los forenses estimaban edad, estatura y sexo con lo que hubiera.

Lo que Sarah Rou no va a decir

Sarah Rou Velásquez Uzcátegui tiene 24 años. Su segundo nombre, Rou, viene de la tribu waikerí y significa joya o piedra preciosa. Cursa el tercer semestre de Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela, que también sufrió daños y la dejó con el semestre en pausa.

Su padre biológico murió de cáncer cuando ella tenía doce años, de manera que Roberto, que llevaba años en la familia, era el padrastro bueno y afectuoso que la pasaba buscando en las mañanas para ir al trabajo en Caracas, le compraba las medicinas, le acercaba la compra hasta la casa y quien la acompañó a la policía el día que la robaron en un autobús.

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Sobre la conducta del régimen con las víctimas, Sarah Rou declinó responder. “En Venezuela”, dijo, “ese tipo de comentarios tiene consecuencias, y mi familia atraviesa un momento demasiado difícil como para agravarlo. Me limito a suscribir lo que circula en redes, que La Guaira quedó sola y que las máquinas se fueron. Eso es cierto”.

En su edificio rotaron tres grupos de rescatistas, policías y militares, de manera que cada relevo obligaba a explicar todo desde cero y a acomodarse a las exigencias de los recién llegados: cigarrillos, comida, agua, bebidas energizantes. Quien no las atendiera corría el riesgo de que el grupo se marchara. Ninguno se quedó hasta terminar.

AME7400. LA GUAIRA (VENEZUELA), 09/08/2026.- Voluntarios participan en una jornada de limpieza este domingo, en La Guaira (Venezuela). Cientos de venezolanos se unieron a la jornada de limpieza que convocó la Fundación Sonrisa de Ángel en La Guaira, con la intención de ayudar a reducir la contaminación en el estado más afectado por el doble terremoto del pasado 24 de junio. EFE/ Ronald Peña R
Voluntarios participan en una jornada de limpieza, en La Guaira (Venezuela)
EFE/ Ronald Peña R

Rocapar tampoco se hizo viral, mientras otros edificios de La Guaira sí y por eso recibieron ayuda. A Sarah le parece una miseria que en una catástrofe haya que grabarse llorando para existir en el algoritmo.

«Yo sé que tú puedes sola»

Roberto Zárraga cumplió 56 años el 16 de julio, veintidós días después del terremoto. Al cerrarse la búsqueda, las familias hicieron un acto en honor a los vecinos que aparecieron y a los que siguen sin aparecer, y Sarah bajó para eso. Fue uno de los dos únicos días que pisó los escombros.

Buena parte de esas familias ya dieron a los suyos por muertos, y Sarah lo entiende, puesto que sin cuerpo no hay sepultura y sin esta el duelo no arranca nunca. La suya sigue buscando.

Un amigo de Roberto llamó la semana pasada para contarles que había hablado con él ese 24 de junio, alrededor de las 5:10 de la tarde, y que le dijo que tenía hambre y que iba a salir a comprar comida. El terremoto ocurrió cerca de las 6:02. Su cuerpo no apareció en el edificio.

—Un hombre íntegro, romántico, caballero en todos los sentidos -dice Carolina, la esposa-. Llegó a mi vida, a pesar de haber sido yo siempre una persona tan independiente, para decirme: yo sé que tú puedes sola, pero no estás sola. Estuvo para todo. Perdón, está para nosotros, en todo momento.

En los avisos que circulan desde el 25 de junio, Roberto Zárraga aparece con camisa azul marino, pantalón corto, gafas y barba recortada; última ubicación, el piso 5 de Residencias Rocapar, Caribe, Caraballeda. Su familia pide que quien tenga información se comunique.

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