Dignora Hernández es Secretaria política nacional de Vente Venezuela y fue coordinadora nacional de operación política del comando de campaña de María Corina Machado. La detuvieron el 20 de marzo de 2024. La liberaron el 8 de febrero de 2026, tras 690 días en el Helicoide. Cuatro meses después, dos sismos sacudieron el centro-norte de Venezuela y ella estaba en Yaracuy, su estado natal, recorriendo zonas afectadas con una red de acopio que el régimen intentaba frenar.
Cuando ocurrieron los terremotos, Hernández se encontraba en Guama, un pueblo de Yaracuy donde viven su madre, su abuela y sus hermanos. “Ese es mi refugio”, dice. Había ido a cumplirle una promesa a su madre: pasar unos días con ella. El sismo las encontró juntas. “Le agradezco tanto a Dios haber estado con ella en ese momento”.
Una red que resiste
Desde allí se incorporó a la respuesta ciudadana que Vente Venezuela activó en todo el país, bajo el liderazgo de María Corina Machado. La misma red que había defendido el voto el 28 de julio de 2024 se movilizó ahora para recolectar insumos y llevarlos a las zonas golpeadas: Morón, Tucacas, Vargas, Caracas. “En muchos lugares ha llegado primero la ayuda ciudadana que el socorro del Estado”, dice.

Podía parecer que esa red ya no existía. La represión postelectoral encarceló a parte de la dirigencia, forzó a otra a la clandestinidad al exilio, así como recluyó a un grupo en la embajada argentina en Venezuela. Pero la organización no se disolvió. “Sí estuvimos en algún momento dispersos, pero nunca desmantelados. Recordemos que la candidatura presidencial de Edmundo González Urrutia se gana desde la clandestinidad. Desde la embajada de Argentina, Magallí Meda, jefa de campaña, dirigió los equipos en toda Venezuela. Y cuando los terremotos sacudieron el centro-norte del país, fue esa misma estructura la que se activó para llevar agua, medicinas y alimentos a los damnificados”.
Hernández llegó la urbanización La Isabelica, en Valencia, capital del estado Carabobo con historia de resistencia y solidaridad. “Cuando llamas a su gente, o sin que la llames, ellos siempre salen al servicio del ciudadano.” De allí salieron 60 camiones en un día, cargados por personas con pequeños emprendimientos que pusieron sus vehículos al servicio de la emergencia. “Le ha colaborado un sinfín de gente”.
La respuesta ciudadana que molesta al régimen
Esa respuesta incomoda al régimen. Funcionarios se presentaron en los centros de acopio a decir que la actividad “no estaba permitida”, sin poder señalar dónde sí lo estaba ni por qué no. “Los jóvenes, muy preparados, les preguntaron: ¿qué es lo que no está permitido? ¿Entregar ayuda humanitaria?” Sin argumentos, los funcionarios terminaron ayudando. El régimen también ha detenidos camiones alegando que ya no se necesitan, que ya llegó ayuda internacional. Su respuesta es directa: “¿Y quiénes son ustedes para decidir que los venezolanos no podemos ayudar a nuestros hermanos?”
Un detalle revela hasta dónde llega la confianza en las redes ciudadanas: funcionarios del propio régimen se han acercado a los centros de acopio a hacer donaciones. “No se confía en centros de acopio oficial“, dice Hernández. Se confía en los ciudadanos.
La doble catástrofe
Al preguntarle de dónde cree que viene la orden de bloquear la solidaridad ciudadana, Dignora Hernández dice: “De los mismos que, ante la tragedia de Vargas (1999), rechazó la ayuda humanitaria internacional; de los mismos que bloquearon el Puente Simón Bolívar, que une a Cúcuta (Colombia) con San Antonio del Táchira (Venezuela) durante la emergencia humanitaria compleja, en 2019, para impedir que entraran alimentos y medicinas.”

—Viene -sigue Hernández- de un régimen de vocación totalitaria. Lo que convierte esta crisis en una tragedia no es solo el doblete sísmico y su altísimo rango en la escala de Richter. Es el estado calamitoso del país que ha sacudido. Los hospitales venezolanos funcionaban al 20 por ciento antes del sismo. El sistema eléctrico estaba colapsado. Las operadoras de telefonía quisieron ofrecer servicio gratuito durante 48 horas, pero no había electricidad para cargar los teléfonos. La doble catástrofe es que tenemos un país que no tiene insumos médicos ni ambulancias, pero sí mucha censura y abuso dictatorial.”
l régimen busca presentarse, en medio de la emergencia, como gestor humanitario. “En este momento no saben cómo hacerlo sin que se les note, porque están viviendo otra hora política, muy menguada para ellos y quieren presentarse como falsos demócratas”, concluye.
Bajo llave en medio de un sismo
La pregunta es obligada. ¿Le da miedo que la vuelvan a secuestrar? Ella no la elude. “Miedo. Claro que sí. Así como me dio miedo salir de Yaracuy y dejar a mi madre y a mis hermanos ante la posibilidad de otra réplica, porque lo que vivimos fue horrible. Le tengo miedo a la naturaleza. Y sí, me da miedo la represión porque los conozco y sé de lo que son capaces, pero el miedo no gobierna mis decisiones. Quienes decidimos liderar procesos sabemos que la libertad tiene un precio, y yo estoy dispuesta a pagarlo.” Agrega que la naturaleza también está desnudando al régimen. “Una vez más, como los desnudó en aquella tragedia de Vargas”.

Mientras los edificios temblaban y muchos se venían abajo, los presos políticos venezolanos permanecieron bajo llave. Sus familias no podían llegar a ellos. “Debe ser espantoso. Lo sé porque también estuve bajo llave, pero no me imagino cómo será en medio de temblores tan fuertes y destructivos.”
Sobre el centro de reclusión femenino La Crisálida tiene información de fuentes directas: los protocolos de seguridad funcionaron, la directora evacuó a las reclusas y el servicio médico respondió. Reconoce los gestos de humanidad cuando los hay. Pero eso no cambia la demanda: “La libertad ahora más que nunca, por razones humanitarias, para los presos políticos. Porque ellos, el régimen, saben que son inocentes. Que somos inocentes y que nunca cometimos ningún delito.”

