Este martes un tribunal de París pronunciará una sentencia que va mucho más allá de un expediente judicial. Marine Le Pen sabrá si puede aspirar por cuarta vez al Elíseo o si, finalmente, se queda apartada de la carrera. Pero el futuro de la líder ultraderechista no es lo único que está en juego, también el rumbo del partido que su padre fundó hace medio siglo, condicionando el tablero político francés de cara a las presidenciales de 2027 donde, hasta ahora, sigue perfilándose como la favorita.
El caso es viejo, pero su desenlace llega en el peor momento para la dirigente de Agrupación Nacional. Todo gira en torno al uso de los fondos del Parlamento Europeo. La justicia dio por probado que, entre 2004 y 2016, la formación pagó con dinero de la Eurocámara a personas que en realidad trabajaban para el partido en Francia. Un entramado que, según el fallo de primera instancia, la propia Le Pen dirigía desde el centro heredando un sistema que funcionaba con el engranaje diseñado por su padre.

Cuatro años de cárcel y cinco de inhabilitación
En marzo de 2025, la condena fue dura. Cuatro años de prisión, dos de ellos firmes con pulsera electrónica, una multa y, sobre todo, cinco años de inhabilitación con ejecución inmediata. Es esta última pena la que le impide, hoy por hoy, presentarse a nada. En la apelación, celebrada en febrero, la Fiscalía mantuvo lo esencial de la condena, aunque rebajó ligeramente la petición de cárcel. La inhabilitación, sin embargo, sigue siendo el punto del que depende todo.
Aunque la absolución es el sueño de Le Pen, apenas ningún jurista la contempla: sería, dicen los especialistas, un trato de favor difícil de justificar frente a los cargos locales inhabilitados por mucho menos. Lo más probable es que el tribunal confirme la culpabilidad y de ser así, Le Pen quedaría fuera de las presidenciales de 2027.
El único salvavidas de Le Pen
La única ventana de oportunidad que podría abrirse para la candidata es si el tribunal decide recortar su pena a tan sólo dos años. En ese caso, y sólo en ese escenario, podría presentarse por los pelos. Como ya lleva 15 meses inhabilitada, Le Pen recuperaría sus derechos el 31 de marzo de 2027, pocas semanas antes de la primera vuelta.

Hay un tercer factor, más sutil. Le Pen ha advertido de que una pena de cárcel, aunque sea con pulsera, haría inviable la campaña. “Cuando se es candidato a las presidenciales, hay que tener total libertad de movimiento”, deslizó estos días. Es decir, que incluso pudiendo presentarse sobre el papel, un grillete en el tobillo podría dejarla fuera en la práctica.
El contraste con hace un año resulta revelador. Si tras el primer fallo Le Pen cargó ante las cámaras contra un “juicio político” y llegó a compararse con Martin Luther King, en la apelación optó por la discreción: entró y salió en silencio. Su defensa también cambió de estrategia. Ya no niega los pagos, sino que apela a la “buena fe” y al desconocimiento de la normativa europea, sosteniendo que nunca tuvo “el sentimiento” de estar cometiendo una falta.
El delfín de Le Pen
Detrás de todo asoma una figura decisiva: Jordan Bardella. El delfín de Le Pen, de 30 años, tomaría el relevo si la inhabilitación se confirma, y las encuestas hasta le conceden unas décimas más que a su mentora. La propia Le Pen ya ha asumido el guion: este fin de semana aseguró que, pase lo que pase, hará campaña junto a él.

Las recetas de Bardella, sin embargo, son ligeramente diferentes a las de su mentora. El representa una línea más próxima a la derecha clásica y a las élites económicas, algo que incomoda a los lepenistas de siempre, acostumbrados a un partido vertical, de clan y de un solo apellido.
Y por si fuera poco, el cerco judicial se ensancha. La Fiscalía Europea acaba de ampliar a España, Italia y Bélgica una investigación por otro presunto desvío de fondos comunitarios en la extinta familia parlamentaria de la ultraderecha, con registros incluidos en Madrid.

