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“Influencers go home”: Nantucket planta cara al turismo de Instagram

Un cartel de una histórica tienda contra los creadores de contenido ha desatado un debate sobre el turismo masivo, el comportamiento de los visitantes y la imagen que la exclusiva isla estadounidense ha vendido durante años

Nantucket, una isla convertida en marca.
Nantucket, una isla convertida en marca.
Wikicommons

Un pequeño cartel de madera ha conseguido resumir este verano una tensión que llevaba tiempo creciendo en Nantucket. “No influencers”, se lee en el letrero colocado en Four Winds Craft Guild, una tienda de antigüedades y artesanía de la isla de Massachusetts. Lo que su propietario, John Sylvia, planteó como una broma dirigida principalmente a quienes cruzaban la puerta del establecimiento terminó convirtiéndose en un debate sobre turismo en uno de los destinos más exclusivos de Nueva Inglaterra.

Sylvia pertenece a una familia vinculada desde hace generaciones al comercio local. Su abuelo abrió Sylvia’s Antiques en 1927, negocio que posteriormente se fusionó con Four Winds Craft Guild. Allí se venden, entre otros productos, las tradicionales cestas de Nantucket, piezas elaboradas artesanalmente cuya historia está relacionada con el pasado ballenero de la isla.

El problema, según explicó Sylvia a The Cut, no es que los jóvenes visiten su establecimiento ni tampoco que utilicen las redes sociales. Su malestar aparece cuando algunos clientes entran únicamente para grabar contenido, sin preguntar por los objetos ni dirigirse a quienes trabajan allí. “Mucha gente está cansada de sentirse como extra en el vídeo de otra persona”, aseguró el propietario.

Una isla convertida en marca
Nantucket, una isla convertida en marca
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Nantucket, escenario de TikTok

La frase refleja una discusión mucho mayor. Nantucket, una isla de apenas 22 kilómetros de longitud situada frente a Massachusetts y tradicionalmente asociada al turismo de alto poder adquisitivo, atraviesa una nueva explosión de popularidad impulsada por TikTok e Instagram. Sus playas, casas de madera, hortensias, faros y restaurantes aparecen constantemente en vídeos que presentan el lugar como uno de los destinos imprescindibles del verano estadounidense.

Un estudio local detectó ya en 2022 que la población estival había aumentado un 70% respecto a 2014 y estimaba que podía alcanzar las 80.000 personas o más en 2026. Las autoridades locales han aprobado ahora fondos para intentar determinar cuántos visitantes recibe realmente la isla.

¿Influencers o turistas mal educados?

La presión turística tiene consecuencias visibles. Los vecinos denuncian largas colas y comportamientos poco respetuosos en determinados lugares. En el popular ’Sconset Bluff Walk, las autoridades han incorporado incluso personal para recordar las normas a los visitantes y tratar de proteger este espacio.

El cartel de Sylvia abrió otro frente cuando Paige Lorenze, creadora de contenido de 28 años y con cerca de dos millones de seguidores entre sus plataformas, cuestionó públicamente el mensaje. “Si te llamas feminista pero exhibes orgullosamente un cartel de ‘No influencers’, merece la pena preguntarse a quién intentas deslegitimar y por qué”, escribió Lorenze.

La fundadora de la marca Dairy Boy defendió además el peso económico adquirido por los creadores digitales y recordó que se trata de una industria impulsada en gran medida por mujeres. Para Lorenze, convertir a los influencers en una categoría problemática supone generalizar comportamientos que pueden protagonizar todo tipo de turistas. “Todo el mundo en Main Street lleva hoy un teléfono”, señaló posteriormente a The Cut.

Nantucket, una isla convertida en marca
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Otros creadores han introducido matices similares. Amy McAveety, creadora de contenido que creció en Nantucket, sostuvo que el problema debería centrarse en cómo se comporta cada visitante y no en su número de seguidores. Carly Riordan, bloguera que lleva más de una década mostrando la isla, aseguró por su parte que la mayoría de los influencers son respetuosos y que su promoción también puede traducirse en mayor visibilidad y ventas para los negocios locales.

La polémica ha provocado también una reflexión sobre la responsabilidad de la propia Nantucket. Shawn Cabral, en una columna de opinión publicada por el Nantucket Current, sostiene que reducir la discusión a una pelea contra una influencer concreta supone quedarse en la superficie del problema.

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El faro de Nantucket
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“Para unos pocos miles de nosotros, Nantucket es una comunidad”, escribe Cabral, mientras que para millones de personas se ha convertido fundamentalmente en una marca. En su columna señala que organizaciones, publicaciones y negocios de la propia isla también han participado durante años en la construcción de esa imagen de lujo y escapada perfecta que ahora triunfa en las redes. “No nos limitamos a no detener esta imagen de Nantucket. La construimos, la financiamos”, sostiene.

Sylvia, mientras tanto, resta peso a la batalla. El propietario asegura que nunca pretendió iniciar una cruzada contra las redes sociales y que el cartel tenía mucho más de ironía que de prohibición real.

“Era para la isla. No era para el mundo”, explicó Sylvia.