Patri llegó a Praga en febrero para hacer un Erasmus de cinco meses. República Checa no era su primera opción. También había solicitado Budapest y reconoce que, antes de que le asignaran destino, no conocía mucho sobre la ciudad. “No era mi primera opción”, explica. Aun así, decidió aceptar la plaza porque lo veía como una oportunidad. “Lo importante es vivir la experiencia y aprovechar al máximo”.
Antes de llegar, tenía una imagen algo fría del país. Pensaba que la gente sería “muy seca” y que el destino quizá no le llamaría tanto la atención. Sin embargo, su percepción cambió rápido. “Ahora viviendo aquí, es una ciudad súper… es pequeñita, pero tiene un montón de cosas”, cuenta. Praga le ha sorprendido por su tamaño manejable, su ambiente y su estética. “A mí me encanta porque es como de cuento”.
La adaptación no le resultó complicada, sobre todo porque vive en una residencia donde hay muchos estudiantes españoles. “Aquí somos como casi 30 españoles”, explica. Eso hizo que formara grupo muy rápido y que su día a día esté muy marcado por la convivencia con otros Erasmus.

Choques por “el carácter, las costumbres,…”
En la universidad sí ha notado diferencias importantes respecto a España. Según cuenta, el nivel de trabajo durante el semestre es mucho menor del que está acostumbrada. “Yo este semestre no estoy haciendo gran cosa”, afirma. Compara su experiencia con España, donde en cada asignatura suele tener “por lo menos tres trabajos” y varias presentaciones. En Praga, en cambio, tiene cinco asignaturas y solo ha hecho presentaciones en dos. “De ejercicios y deberes, tampoco mucho. O sea, nada, por decir”.
El idioma tampoco ha sido un gran obstáculo en la capital. Del checo, reconoce que sabe lo básico: “hola, gracias y por favor”. En Praga, sin embargo, la mayoría de la gente habla inglés, especialmente en la universidad y en las zonas más turísticas. La situación cambia fuera de la capital. Cuando hizo una ruta por el país, comprobó que en zonas rurales “la gente no habla casi inglés” y tuvieron que comunicarse “por gestos y señales”.
En cuanto al coste de vida, Patri considera que Praga no es especialmente cara. Vive en una residencia que cuesta unos 500 euros al mes, aunque comparte habitación. Cree que es importante tener eso en cuenta antes de irse. “Yo he tenido mucha suerte y estoy conviviendo con una chica canaria y nos llevamos muy bien”, cuenta. Pero sabe que no todo el mundo tiene la misma experiencia, porque algunas compañeras comparten habitación con estudiantes de otros países y pueden surgir choques por “el carácter, las costumbres y todo”.
También miró pisos antes de decidirse por la residencia y calcula que alquilar una habitación puede salir más barato, en torno a 300 euros. Aun así, prefirió la residencia por la experiencia Erasmus. “Me apetecía más estar todo el rato con gente, conocer la más gente posible”.

“Son como más serios y más fríos”
Sobre los checos, Patri los describe como personas que “van muy a su rollo”. No percibe grandes prejuicios hacia los españoles, aunque sí reconoce cierto estereotipo en la residencia relacionado con el ruido. “Los sábados solemos salir de fiesta” y hay carteles que recuerdan que no se puede hacer ruido a partir de las diez. “Eso lo achacan un poco a los españoles”, admite. Y añade: “Sí que es verdad que hacemos ruido”.
Uno de los principales choques culturales ha sido precisamente el carácter más serio de la gente. “La gente joven no tanto, pero la gente más adulta sí que son como más serios y más fríos”, explica. Aun así, no lo vive como algo negativo, sino como una diferencia de ritmo y personalidad respecto a España.
Como mujer, Patri no ha notado grandes diferencias respecto a su vida en España. Sale normalmente con un grupo amplio de españoles, también con chicos, y cree que eso influye en su percepción de seguridad. Aun así, recuerda que al llegar oscurecía pronto y volvía sola de la universidad sin sentirse insegura. “Tampoco me sentí insegura”, afirma.
Sí menciona que en Praga ha visto “muchos hombres” por la calle, algo que no ha notado tanto en otros países. Sin embargo, matiza que “no se meten contigo” y que simplemente “van a su rollo”. Entiende, eso sí, que otras chicas puedan sentirse incómodas en esas situaciones.
Cuando piensa en qué se llevaría de Praga a Madrid, no habla tanto de costumbres concretas como de una actitud. “Me gustaría ser un poco más calmada como ellos”, reconoce. Aun así, se siente muy identificada con su propia forma de ser y con su entorno en España. “Me gusta el carácter que tengo también por la zona en la que vivo y la gente con la que estoy rodeada”.
Aunque Praga no fue el destino que había imaginado, Patri se alegra de haberlo aceptado. “Menos mal que lo cogí”, resume.
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