Cuarto de Legua, una de las zonas más afectadas de Cali, ha despertado con edificios colapsados y familias en las calles. Entre los escombros, historias de supervivencia: algunos lograron escapar en segundos, otros siguen siendo rescatados. Voluntarios, enfermeros y rescatistas trabajan sin tregua mientras la ciudad se debate entre el dolor y la solidaridad.
Escape en segundos: una ventana fue la salvación
María del Pilar vivía en el tercer piso del edificio que colapsó en la zona. Ayer por la mañana se alistaba para salir cuando comenzó el terremoto. “Fue una cosa indescriptible, fue un movimiento larguísimo”, describe.
Lo primero que notó fue el movimiento de las lámparas. Eso le dio la señal: tenía que salir del apartamento. Corrió hacia el pasillo. Allí vio una torre del edificio de al lado que perdía un nivel completo, se desplomaba. “Esa torre perdió un nivel, cayó, se desfondó el primer nivel y yo como pude me lancé por ese desnivel”, cuenta.
En la prisa encontró una ventana. “Encontré una ventana y por esa ventana salí ya al exterior”, relata. Esos segundos de reacción fueron los que le salvaron la vida mientras el edificio se desmoronaba a su alrededor.

Cuarto de Legua: dolor entre los escombros
El ambiente en el sector es desalentador. Personas afuera de sus viviendas, llorando porque saben que perdieron gran parte de sus vidas. Muchas de ellas no permiten acercarse ni tomar fotografías a raíz de ese enorme dolor.
“¿Por qué estás tomando fotos de mi casa? No quiero que aparezca en redes sociales, el dolor que tengo es muy grande”, relataba una mujer del sector a Artículo14. Edificios completamente destruidos permanecen a la espera de que voluntarios, enfermeros y entidades de rescate puedan extraer la mayor cantidad de vidas posibles.

La congestión en zonas de rescate dificulta las labores
Desde muy temprano en la mañana fueron llegando todo tipo de personas con la intención de ayudar. Es el caso de Estefanía García, enfermera graduada del Sena, que estuvo este martes en las zonas más críticas. Su labor comenzó en la Universidad Santiago de Cali, en la Carrera 61, donde hubo derrumbes.
Posteriormente se desplazó hacia la zona del Hospital Universitario del Valle Evaristo García, donde también se trabajaba en la extracción de escombros.
Lo que encontró fue caos operativo. “Había mucha aglomeración de gente, habían llevado muchos recursos, entonces la verdad no se estaba pudiendo hacer mucho de la labor”, describe. El exceso de personas y equipos en una misma zona complicaba los esfuerzos coordinados.
Mientras trabajaba, recibieron información de otro derrumbe en la Carrera 51. Estefanía estaba esperando la llegada de más compañeros para poder ayudar en la labor de rescate. “Yo soy enfermera, entonces estoy esperando para poder ayudar. En el momento no he podido hacer mucho”, admite.
En uno de los edificios lograron sacar a una persona con vida. Sin embargo, también encontraron una víctima mortal. “Alrededor de las dos de la tarde, alcanzaron a salvar a una persona, y a la otra salió lamentablemente muerta”, relata.

La solidaridad ciudadana sorprende a los rescatistas
Mappi Velasco, asesora en la Secretaría de Desarrollo Económico, nunca había vivido una situación como esta. El terremoto ha desbordado no solo las capacidades institucionales, sino también las emocionales de quienes trabajan en el terreno.
“Esto nos desborda tanto que terminamos casi que haciéndolo también a nivel personal”, explica. Lo que la tiene más conmovida es la respuesta ciudadana. “Me dan ganas de llorar de la solidaridad de la gente”, reconoce.

Los ejemplos son concretos. Vio a un señor humilde llegar esta mañana con una bolsita de pan. “Se veía humilde con una bolsa de pan, como con 20 panes, y llega y dice, aquí traigo mi aporte”, relata. En la novena, vecinas se movilizan con cajas plásticas llenas de sándwiches ofreciéndolos a quien lo necesite. Las motos llegan cargadas de pacas de agua.
Pero hay un momento que la marca. Ella repartía guantes, y le quedaban solo dos para llevar a otro punto. Una joven le preguntó si tenía más. “Le veo las manos vueltas en nada, y yo le digo, no, son tuyos, son tuyos”, cuenta. La gente de las últimas 48 horss, dice, la reconfortó en medio de la crisis.

