Donald Trump ha encontrado un nuevo candidato para uno de los cargos más importantes del planeta, y no es un diplomático ni un jefe de Estado, sino el presidente de la FIFA. Según ha adelantado The New York Post citando fuentes cercanas al mandatario, el republicano quiere impulsar a Gianni Infantino como próximo secretario general de Naciones Unidas, en sustitución del portugués António Guterres, cuyo mandato termina el 31 de diciembre. El movimiento reúne, de golpe, casi todos los ingredientes de la política que practica Trump: premia a un amigo, ignora los méritos habituales para el puesto y, de paso, amenaza con dinamitar la que iba a ser la gran novedad histórica del proceso.
La amistad entre ambos no es nueva, pero se selló durante el recién celebrado Mundial que Estados Unidos organizó junto a México y Canadá. El torneo dejó episodios difíciles de digerir. En diciembre, Infantino se sacó de la manga el primer Premio de la Paz de la FIFA para entregárselo a Trump, que acababa de quedarse sin el Nobel que tanto deseaba. Y durante la competición, el presidente estadounidense telefoneó al dirigente para pedirle que revisara la tarjeta roja del máximo goleador del equipo local, que se perdía los octavos. Infantino accedió y la sanción quedó suspendida, en una decisión sin precedentes. Con esos antecedentes, Trump cree que Infantino “es respetado por todos en el mundo” y que tiene “una habilidad especial para unir a la gente”.
¿Infantino?
Pero el primer obstáculo es evidente: el candidato no tiene relación alguna con Naciones Unidas. Su carrera es la de un gestor futbolístico, no la de un negociador de conflictos internacionales. A eso se suma que Trump ha mantenido durante sus dos mandatos una relación abiertamente hostil con la organización, a la que ha recortado las aportaciones estadounidenses y de cuyos organismos ha ido saliendo uno tras otro: la Organización Mundial de la Salud, la Unesco, el Consejo de Derechos Humanos, el Acuerdo de París. Que ahora quiera colocar a un hombre de su confianza en la cúpula del organismo se lee menos como un gesto de reconciliación que como un intento de controlarlo desde dentro.
Las mujeres candidatas
Pero el aspecto más llamativo de la maniobra es a quién dejaría por el camino. El proceso de este año había abierto, por primera vez en ocho décadas, una posibilidad real de que una mujer dirigiera la ONU. En sus 80 años de historia, la organización ha tenido nueve secretarios generales y ninguna secretaria general, y la propia institución ha pedido de manera expresa a los Estados miembros que “consideren seriamente la nominación de mujeres”. El mensaje ha calado: de los seis candidatos oficiales, la mayoría son mujeres. Compiten la chilena Michelle Bachelet, la costarricense Rebeca Grynspan, la ecuatoriana María Fernanda Espinosa y la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett, frente al argentino Rafael Grossi y el senegalés Macky Sall. Tres de ellas ya han declarado abiertamente que ha llegado el momento de que una mujer tome las riendas.

La irrupción de Infantino no solo cortaría esa expectativa, sino también otra costumbre no escrita: la rotación geográfica que situaba a América Latina y el Caribe como la región con más papeletas, al no haber ocupado el cargo desde el peruano Javier Pérez de Cuéllar, que lo dejó en 1991.

Menos sueldo y todavía sin confirmación
Para hacerse con el puesto, Infantino necesitaría primero la recomendación del Consejo de Seguridad -donde los cinco miembros permanentes tienen derecho de veto- y después la confirmación de la Asamblea General. Tampoco está claro que el propio interesado quiera el cargo, entre otras cosas porque supondría una rebaja notable de sueldo: en la FIFA ronda los seis millones de dólares anuales.
Que a Trump no le tiemble el pulso al ir a contracorriente es algo sabido, como también lo es su escasa inclinación a colocar mujeres en los puestos de mayor poder. Su apuesta por Infantino combina las dos cosas. Y coloca a Naciones Unidas ante una disyuntiva incómoda: elegir entre la histórica oportunidad de tener por fin a una mujer al frente o ceder ante el candidato de un presidente que lleva años tratando al organismo como un estorbo.

