Hacía treinta y cuatro años que el Estadio Olímpico Lluís Companys no vivía una noche así. En 1992 acogió la inauguración de los Juegos que relanzaron Barcelona al mundo. Este martes, poco antes de las ocho de la tarde, León XIV entró en él al son de grallas y coronado por un castell —un tres de ocho levantado por la Colla Castellera de Vilafranca del Penedès— mientras cerca de 40.000 jóvenes, con banderas vaticanas y catalanas entrelazadas, le recibían de pie. El cardenal Juan José Omella lo resumió con una imagen: “En 1992 se encendió la llama olímpica. Hoy, 34 años después, que su presencia y la bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Família enciendan una nueva llama capaz de transformar nuestras almas”.
Las horas previas habían sido largas y llenas. Desde las cuatro de la tarde, el estadio fue llenándose al ritmo de Worship.cat —el grupo de alabanza católica en catalán de Terrassa—, del coro gospel Sense Fronteres, de Beret, que puso al estadio en pie, de Conchita, Alfred García, Álvaro Soler (que entonó su éxito El mismo sol) y Siloé, ya habitual a la hora de cantar ante el Papa. En primera fila, junto a los obispos, un grupo de Hermanitas del Cordero venidas desde Valencia confesaba a Artículo14 estar “emocionadísimas”: “Hemos venido porque ver al Santo Padre es importante para nosotras”. Más de cincuenta confesionarios habían estado abiertos durante toda la tarde.

La entrada del Papa fue precedida por un silencio que nadie había convocado y que nadie rompió durante varios minutos. Después de la bienvenida de Omella y de la monición al Espíritu Santo, el coro entonó el Veni Sancte Spiritus mientras llevaban el crucificado hasta el altar. Hubo lágrimas en muchos ojos.
El cardenal Juan José Omella fue el encargado de dar la bienvenida a León XIV en el Estadio Olímpico Lluís Companys con un discurso cargado de simbolismo dirigido especialmente a los jóvenes. “Esta es la juventud del Papa, juventud acumulada, juventud del presente y juventud del futuro. Todos somos jóvenes hoy con el Santo Padre que conecta con nosotros”, afirmó ante miles de asistentes. El arzobispo de Barcelona recordó además el significado del recinto que acogía la vigilia, escenario de los Juegos Olímpicos de 1992 que marcaron “el relanzamiento internacional de esta bella ciudad”. En ese contexto, estableció un paralelismo entre la llama olímpica que se encendió hace 34 años y la visita papal: “Hoy, su presencia entre nosotros y la bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, nuevo referente de esta ciudad olímpica, enciendan una nueva llama capaz de transformar nuestras almas y nuestras vidas para que Barcelona sea una Ciudad de Dios, como la quería Gaudí”.
Omella también aprovechó la presencia del castell para subrayar el valor de la unidad y el esfuerzo compartido. Recordó que estas torres humanas, reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, evocan las torres de los apóstoles de la Sagrada Familia y representan “lo que somos capaces de hacer cuando trabajamos unidos y con un mismo fin”. “Otra humanidad es posible cuando juntos miramos hacia arriba, cuando alzamos la mirada hacia Dios, cuando unidos a Él miramos a la humanidad y afrontamos en equipo los diversos retos que nos plantea”, señaló. Antes de ceder la palabra al Pontífice, expresó la expectación de los presentes: “Santo Padre, estamos ansiosos de escuchar sus palabras, rayos de esperanza que enciendan nuestros corazones”, e invitó a los asistentes a guardar unos instantes de silencio para invocar al Espíritu Santo y encomendar a Él el desarrollo de la vigilia.
“Estamos hechos a medida del infinito”
La primera pregunta la formuló un joven que contó haber buscado el éxito, el rendimiento y la imagen hasta encontrar “un vacío inmenso”, y que en la última Pascua recibió el Bautismo. Le preguntó al Papa cómo mantener la mirada alzada cuando la sociedad empuja a mirar solo hacia uno mismo.

León XIV respondió con una afirmación que recorrió el estadio: “Estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, mientras nos satisface, al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante”. Y señaló el origen del problema: “La idolatría del beneficio y del rendimiento, el afán de producir siempre y ser vencedores, el culto a la propia imagen no son más que anestésicos para adormecer nuestra conciencia”. La solución, dijo, no es huir de este mundo sino encontrar a Dios dentro de él: “Es en este mundo donde debemos cultivar la inquietud, no en otro. El lugar en el que Dios se hace presente es siempre la realidad donde nos encontramos”.
El Papa desarrolló esta idea con una densidad poco habitual en un acto multitudinario. Habló de la condición humana como una búsqueda continua: “Somos mendigos de amor, tenemos hambre y sed de verdad, buscamos un significado pleno que nos sostenga, nos anime y nos ayude a comprender el misterio de nuestra vida”. Y recurrió a la figura bíblica de Nicodemo —el fariseo que fue a ver a Jesús de noche, a escondidas— para hablar de algo que muchos jóvenes del estadio reconocieron en sus propias vidas: la noche de la fe, la fatiga de creer, el cansancio del espíritu. “Estas noches nos despojan y nos devuelven a lo esencial; nos quitan las máscaras humanas y religiosas que usamos de día para dar una imagen de nosotros diferente de lo que somos”. No como fracaso, sino como oportunidad: “Este espacio vacío que la noche crea puede ser ocasión para renacer de lo alto”.
La depresión, la enfermedad silenciosa
El momento más tenso e íntimo de la noche llegó con la segunda pregunta. Una joven, Carmina, explicó que había luchado durante años contra la depresión en silencio y que una noche de viernes perdió la batalla e intentó quitarse la vida. “Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad”, dijo, “pero hay muchos otros que continúan enfrentándose a esta oscuridad”. Y le preguntó al Papa: “¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más?”.
El estadio guardó silencio. León XIV respondió con una voz más pausada que en ningún otro momento de la noche. Antes que nada, nombró la depresión por su nombre: “Es importante tomar conciencia de cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas. Es una señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales. Por eso se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes”.

Luego fue al fondo teológico. Habló de las horas oscuras de Jesús en Getsemaní, de las tinieblas que cubrieron la tierra en la cruz, y dijo que en ese sufrimiento el Hijo de Dios asumió “toda la angustia, la soledad y el sufrimiento de la humanidad”. Y rechazó la tentación de la Iglesia de espiritualizar el dolor: “No debemos reconducirlo superficialmente a la ‘voluntad de Dios’ o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros”. Citó a Benedicto XVI para subrayar que el sufrimiento de Jesús “se vuelve oración y grito, y eso vale también para nosotros”. Y añadió algo que no suele decirse desde ningún púlpito: que en los momentos más oscuros hay que atreverse incluso a gritarle a Dios, “incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla”. Y terminó con una frase del Papa Francisco que llenó el estadio: “Con Dios, la vida renace siempre”.
“¿Dónde estabas cuando era una niña?”
La tercera pregunta fue la más dura. Una joven de un barrio humilde de Barcelona contó que de pequeña su padre intentó matar a su madre, que un chico que se interpuso murió, que su padre ingresó en la cárcel y su madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se la llevaron a un centro de menores. Allí conoció a Jesús y se bautizó. “Pero aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto: ¿dónde estabas cuando era una niña?”

León XIV escuchó en silencio y luego respondió con una firmeza que muchos no esperaban. Primero, sobre la violencia: “Tantas crónicas policiales, todavía hoy, reflejan un clima envenenado en las relaciones familiares de abusos y opresiones, y en particular de violencia contra las mujeres, que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios. Esta realidad dramática estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad“. Y fue rotundo: “Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios”.
Luego habló del perdón no como obligación sino como proceso largo y paciente. “El perdón ante todo debemos invocarlo del Señor; seguir pidiendo —tal vez durante toda la vida— que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos, que lentamente transforme el resentimiento en misericordia y compasión”. Y dejó claro algo que pocas veces se dice desde un altar: “No debemos pensar que el perdón equivalga siempre a volver a la situación anterior o a vivir una relación plena con quienes nos han herido, especialmente cuando el hecho ha sido marcado por la violencia”. El perdón, insistió, se avanza con pequeños pasos, y la reconciliación con la propia historia es gradual: “Se puede permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y, quizá, rezar por él o por ella”.
Después del padrenuestro y la bendición, la Escolanía de Montserrat cantó y Sergio Dalma cerró la noche. El Papa salió discretamente y, detrás del escenario, se encontró con miembros de la Hospitalidad de Lourdes con enfermos y discapacitados, despidiéndose de una multitud que no quería que terminara, mientras el himno de la visita sonaba por última vez bajo las estrellas de Barcelona. En las gradas, muchos jóvenes seguían cantando mucho después de que las luces del escenario se apagaran. Afuera, la ciudad de Gaudí esperaba a León XIV para el último día de su visita a Barcelona.

