León XIV en España

“Pisamos tierra sagrada cada vez que entramos en una prisión”: los voluntarios que llevan una década acompañando a los internos

María Yela, delegada de Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de Madrid y Jesús Ángel Pindado, maestro y voluntario en Soto del Real, explican por qué la visita de León XIV a Brians trasciende a quienes viven entre rejas

María Yela lleva más de cuarenta años vinculada a las cárceles españolas, primero como psicóloga penitenciaria y hoy como delegada de Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de Madrid. Jesús Ángel Pindado es maestro de Primaria en Parla, miembro de Comunión y Liberación, y lleva casi una década entrando cada sábado en Soto del Real y Meco como voluntario del programa La Aventura de Vivir. Los dos hablan con Artículo14 sobre una realidad que la sociedad prefiere no mirar y que el Papa León XIV ha querido visitar en Brians.

María Yela tenía algo de adolescente cuando vio por primera vez a los presos subidos a los tejados de las cárceles. Era el año 1977, recién aprobada la amnistía para los presos políticos, y los presos comunes —los que no habían salido— se rebelaban. Aquel perfil, marcado entonces por la heroína y la marginalidad, le hizo algo por dentro. “Dije: voy a dedicarme a ellos.” Estudió Psicología, hizo las oposiciones, y en 1982 partió hacia Lugo. Un profesor suyo, en la despedida, le dijo algo que lleva consigo cuarenta años: “No hay gente fuera y gente dentro. Hay personas. Y hay que estar dentro y hay que estar fuera”.

Lleva jubilada unos años, pero no se ha ido. Hoy coordina la Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de Madrid y trabaja con familias de internos, lleva grupos de experiencia a monasterios, sale con los presos “de rejas a rejas”, como ella dice, e intenta presentar una realidad “muy poco conocida y reconocida”. Ha publicado sobre psicología penitenciaria, ha intervenido en foros académicos, ha hablado en la COPE y ha acompañado a internos en los momentos más extremos de su vida. Y ha conocido al Papa Francisco en persona, con un grupo de voluntarios, internos y familias, en una reunión que duró casi tres horas.

El Papa Francisco recibió en su casa a María Yela junto a un grupo de la Pastoral Penitenciaria de Madrid
El Papa Francisco recibió en su casa a María Yela junto a un grupo de la Pastoral Penitenciaria de Madrid

Jesús Ángel Pindado tiene un perfil completamente diferente. Es maestro de Educación Primaria en el CEIP Luis Vives de Parla, dirige un programa de radio escolar con sus alumnos y no tiene ninguna formación específica en el ámbito penitenciario. Hace nueve años, una visita a una cárcel de Padua, en Italia, le cambió algo. “Me pareció bellísimo ver lo que significaba una inclusión en acto”. Poco después supo que unos amigos habían empezado a ir a la cárcel de mujeres de Meco junto a las Hijas de la Caridad. Se sumó. Hoy va cada sábado, lleva seis años también en Soto del Real, y cuando le preguntan qué hace allí responde con la misma sencillez de siempre: “Piensas que vas a dar, y lo que haces es recibir”

Qué hace una psicóloga en una cárcel

¿Cuál es exactamente la labor de una psicóloga penitenciaria?

María Yela: El psicólogo aparece desde el primer momento, desde el ingreso. Se presenta al interno y le dice: si necesitas algo, aquí estoy. Se evalúa si hay riesgo de suicidio, se acompaña la etapa de preventivo —que es una etapa de mucha incertidumbre, porque la persona está esperando juicio sin saber cuánto tiempo va a estar—, y si ya viene a cumplir condena, se propone algún programa según lo que necesite. Y luego se evalúan los permisos y los grados para ir saliendo. A los internos les cuesta sincerarse con el psicólogo penitenciario, lógicamente, porque somos las personas que vamos a votar luego esos permisos. Pero sí se puede lograr ese vínculo terapéutico. Y entonces se escucha mucho, se acompaña mucho. Es una tarea más de escucha que de técnica.

¿Qué es la caritativa ‘La Aventura de Vivir’ y por qué ese nombre?

Jesús Ángel Pindado: Cuando entras y el funcionario anuncia por megafonía que pueden dirigirse al módulo los inscritos en La Aventura de Vivir, los que son nuevos se quedan un momento parados. La aventura de vivir en una cárcel… parece una contradicción. Pero no lo es. La vida es una aventura para todos: para el que está enfermo, para el que tiene una prueba difícil, para el que está dentro. Lo que recordamos es que ellos no están privados de vivir esa aventura. Siempre les cuento el ejemplo de una amiga de Italia que perdió a su hijo. Después de la muerte, se preguntó: ¿me toca vivir o sobrevivir? Y eligió vivir. Esa pregunta se la hacemos a los chicos cuando llegan nuevos: ¿queréis vivir o sobrevivir entre estas cuatro paredes? Nosotros vamos para acompañarles a vivir. Eso es todo.

Lo que uno se encuentra al entrar: un lugar sagrado

¿Cómo es el primer contacto con la realidad de la cárcel para alguien que entra por primera vez?

María Yela: Es un choque tremendo. Yo siempre les pregunto: ¿y qué vas a hacer aquí? ¿Cómo era tu vida fuera? ¿Vas a comer? ¿Vas a dormir? ¿Vas a estudiar? ¿Vas a pasear? ¿Vas a trabajar? Es lo mismo que hacemos todos los humanos. Y vamos poquito a poco aclarando qué se puede hacer en una prisión. Esos ratos de silencio y de soledad obligan a ir a lo esencial. ¿Qué me importa a mí en la vida? ¿Qué estoy yo aportando? ¿Qué quiero hacer de mi vida? Eso se da en las prisiones. Y entonces ellos dicen: quiero recuperar esto, quiero recuperar a esta persona. Nace un deseo grande de volver a empezar. Y todo hombre está hecho para volver a empezar.

Jesús Ángel Pindado: Cuando entro en Soto o en Meco, sobre todo en estas dos que tienen jardines cuidados por los propios internos, tengo la sensación de que entro en el claustro de un convento. Por la belleza, por el silencio, porque cada uno está en su celda y las zonas internas son tranquilísimas. Y ese ambiente me recuerda que entro en un lugar sagrado. Misteriosamente sagrado. Y esos monjes rebeldes que están dentro de esas cuatro paredes, cuando ves el camino humano que hacen, siempre te llenan de silencio.

El Papa Francisco lavo los pies a 12 presos en la misa del Jueves Santo de 2018
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Vatican News

Las familias: los invisibles de los invisibles

María, tú acompañas también a las familias de los internos. ¿Qué viven ellas?

María Yela: La familia a veces sufre más que el propio interno. Como cuando alguien que queremos mucho está enfermo y sufrimos más nosotros que él. En Aranjuez, en el módulo de jóvenes, hacemos que entre la familia y pase un día con él. Van a la escuela, al gimnasio, comen juntos. Muchos padres se tranquilizan sabiendo cómo es la vida allí, conociendo esos espacios. Pero la familia sufre mucho. Sufre en el antes —esperar un juicio es muy duro—, sufre durante, y sufre en el después. Que es lo que más estudio ahora: el regreso. El que vuelve a casa no es fácil de acoger. Ha estado ausente durante años, la familia ha ido por otro lado, él no se encuentra. Viene como un extraño en su propia habitación, en los horarios, en las costumbres. Y eso hay que saberlo trabajar.

Jesús Ángel Pindado: Nosotros también lo estamos viviendo. Nos hemos dado cuenta de que necesitábamos llegar a una pieza importantísima del puzle de estos chicos que era su familia. Si están casados y la condena es larga, muchas parejas se rompen dentro. Y hay que imaginar lo que significa vivir una ruptura desde dentro. Se agrava todo. Pero también es una experiencia bellísima, porque muchas familias purifican las relaciones cuando llegan a lo esencial. Es conmovedor la lealtad con la que van semana tras semana al locutorio. Suceden verdaderos milagros. Aprenden a mirarse a la cara. Fuera se vivía muy rápido, muy rápido. “Aquí otra cosa no tendremos”, dicen ellos, “pero tiempo, todo el que queramos.” Y de repente empiezan a dar espacio a cosas que fuera ignoraban. Para muchos, el hecho cristiano se convierte en un momento de conversión.

Las anécdotas que no se olvidan

¿Hay historias concretas que os hayan marcado especialmente?

Jesús Ángel Pindado: Hay una que no se me borrará. Nuestro taller empieza siempre con una canción. Ese día era Razón de vivir, de Mercedes Sosa. Cuando acabamos, uno de los chicos dijo: “Cada vez que escucho por megafonía que habéis llegado, me debato entre ir o no ir. Porque aquí me ponéis delante de preguntas que no quiero mirar. Pero mirándolas veo el bien que me hacen. ¿Y yo qué razón tengo para vivir si tengo una condena de X años?”. Ese hombre, con una condena altísima, no quería hacerse trampas. Misteriosamente. Y ese es el gesto que hacemos allí: recordarles que no están solos. A los cristianos se nos ha hecho una promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Nosotros estamos allí para recordárselo. Y ese día vi que mi amigo empezó a esperar, a través de la canción de Mercedes. Eso lo tengo en el corazón.

Hay otra que también cuento mucho. Les hablé del testimonio de una amiga que supo los días que le quedaban para morir. Lo que me impresionó fue que ella no tachaba los días que le quedaban, sino los que se le daban. Un día más. No un día menos. Y mi amigo Adriano, interno, después de escuchar eso, me dijo: “Jesús, para mí esto es un antes y un después. Desde hoy empezaré a vivir aquí como un día más que se me da, y no como un día menos de condena”. Qué profundidad. Qué manera de ver la vida.

El Papa abraza a Josefina, una de las internas de la cárcel de Brians, en Barcelona
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Dr. G. Simón

María Yela: Yo recuerdo muchas. Cuando todavía estaba de psicóloga, en Ocaña 1, empezamos a trabajar con personas con sida, en el año 87. Un chico de 16 o 17 años vino al despacho y me dijo: “Me manda el médico, que me estoy muriendo de sida, que me ayude”. Nadie me había enseñado nada de eso todavía. Me fui a la Fundación ANTISIDA España, FASE, me dieron un curso. Cuando volví y me preguntaron por qué había ido, dije: “Quiero contestarle”. Y me respondieron: “¿Sabes trabajar la soledad, la incertidumbre, la depresión? Pues sabes lo que necesitas, pero no sabes que sabes”. Trabajé con él. Se fue de la prisión. Años después, en otra cárcel, me llaman urgente a ingresos: viene una furgoneta de camino a Valdemoro y hay un interno que pregunta por mí. Salgo corriendo. Me encuentro a un hombre y digo: “Qué alegría, estás aquí.” Y me dice: “No, soy su hermano gemelo. Llevo años, cada vez que paso por una prisión, preguntando: ¿no habrá una María? Porque en nombre de mi madre quiero darle un abrazo por lo que hizo por él”.

Y luego está Jaime. En ingresos me dijo que lo que más le aterraba era no volver a ver a su madre. Pues un día una trabajadora social me dijo: “Dile a Jaime que ha muerto su madre, en Colombia”. Lo llamé. Hicimos allí un momento de comunicación con ella, de oración, de gran intensidad. Unos días después, mi padre tuvo un infarto y falleció. Faltamos al trabajo unos días. Cuando volví, el funcionario de ingresos me dijo que Jaime llevaba tres días esperando en la puerta del despacho. Entró corriendo, se sentó en mi silla y me dijo: “Ahora vamos a hablar con tu padre. Ya no necesitas teléfono ni cartas”.

El mal no es la última palabra

León XIV ha insistido en que ninguna persona puede quedar reducida a sus errores. ¿Es eso un mensaje contracultural hoy?

Jesús Ángel Pindado: Totalmente. Y es un trabajo que tenemos que hacer también con nosotros mismos, que el mal no es la última palabra. Ellos mismos se escandalizan cuando se lo dices. ¿Y qué significa eso? No quiere decir que no tengas que pagar una condena, ni que no tengas que querer remediar el daño. El arrepentimiento y el reconocimiento de lo que has hecho no eliminan nada. Pero caer en la cuenta de que el mal que has hecho no es la última palabra es el inicio de un camino. Y eso es bellísimo porque constantemente tenemos testimonios de ello.

María Yela: Recuerdo que cuando escuché por primera vez el código de Hammurabi, lo del ojo por ojo, dije: qué salvajada. Pero no. Era un paso de gigante, porque antes te podían matar por un insulto. Eso fue un avance enorme. Y seguimos dando pasos. El castigo es necesario para crecer y reflexionar, pero siempre con una vía de futuro. ¿Y qué puedes hacer tú? En el Jubileo, el padre Florencio Rosello, responsable de la Pastoral Penitenciaria en la Conferencia Episcopal, dijo una cosa que me impresionó: “Chicos, no nos engañemos. La mayor condena que vivís es la de no perdonaros”. El autoperdón. Eso es lo que más les cuesta. Me dicen: “Yo no merezco el tiempo que me dedicas”.

Francisco y el lavatorio de los pies

Vosotros tuvisteis una audiencia con el Papa Francisco. ¿Cómo fue?

María Yela: Fuimos con familias, con capellanes, con internos, a través del capellán de Navalcarnero. Nos preparó una merienda. Estuvo casi tres horas con nosotros. Contaba chistes, anécdotas, nos hizo llorar y él lloró con nosotros. Nos preguntaba sobre la realidad. Nos decía: “Nunca hay que estar por encima de nadie salvo para ayudarle a subir”. Y decía: “¿Por qué ellos y no yo? Porque no me han pillado”. Cuánto poco valoramos lo que hemos recibido en la vida. Hay personas que han llegado a la cárcel porque no han tenido el tipo de familia, de maestros, de abuelos que hemos tenido nosotros. Eso hay que tenerlo muy presente.

Jesús Ángel Pindado: Yo tuve la suerte de ir al Jubileo de los Presos en Roma con diez jóvenes de la cárcel de Soto. Fue precioso. Y me impresionó que el Papa Francisco lo había organizado como el último de los jubileos del año. El último jubileo fue para los presos. Caí en la cuenta: “Con esto hasta en el modo de organizar, Francisco nos ha recordado que los últimos serán los primeros”.

El jubileo de los presos cerró el Año Jubilar de la Esperanza
El jubileo de los presos cerró el Año Jubilar de la Esperanza

Si pudierais decirle algo a León XIV antes de que entre en la cárcel de Brians, ¿qué sería?

María Yela: Que Jesucristo pasó por todo el dolor. Era hijo de mujer soltera. No tuvo dónde nacer, no le daban cobijo. Huyó de Herodes. Estuvo preso. Fue condenado a muerte. Murió. Y siguió adelante. Mejor no se puede resumir lo que Dios nos quiere y cómo ha pasado con nosotros por todos los pasos posibles. Que en el fondo estamos en sus manos, y que confiemos. La confianza, si detrás hay esfuerzo, es la palabra que resume todo.

Jesús Ángel Pindado: Que la misericordia del Señor es infinita. Y que muchos de los que están allí ya empiezan a tener experiencia de ello. Lo que recuerdo del inicio del pontificado de León XIV es lo que el Papa Francisco decía: “La Iglesia es madre, no madrastra”. Un signo de que no es madrastra es que va a visitar a estos internos. Y cuando el Papa va a Brians, viene también a Soto, y a Meco, y a Alcalá, y a Aranjuez, y a Valdemoro. Nos visita a todos. También nos dice a nosotros los voluntarios: “Chicos, que yo quiero acompañaros en este camino humano que estáis haciendo”.

¿Qué os gustaría que quedara en la memoria de esta visita?

Jesús Ángel Pindado: Que el lema de este viaje es “Alzad la mirada”, y a mí me impresiona que en ese lema no quedamos nadie fuera. No está hecho solo para los internos. Está hecho para ti, para mí, para mi vecino, para el padre de mi alumno. Ojalá este mensaje cale hondo. Y que en todas las circunstancias que nos toque vivir podamos alzar la mirada y recordar que para alzarla uno necesita de otros, necesita una comunidad. Por eso es tan importante que la Iglesia también entre en la cárcel, para recordar que en ese camino no se está solo.

María Yela: Que vamos haciendo camino al andar. Que nuestra vida es un camino abierto. Que hay que ir a lo esencial, dejarnos de florituras e ir a lo hondo. Y sobre todo que llegue a los jóvenes, que el Papa, al recorrer el interior de una cárcel, ese silencio que impresiona, esas personas que tienen tanto dentro, nos haga a todos conscientes de lo que vivimos. Y que ese recuerdo le lleve a seguir apostando. Que seguimos siendo esa mano tendida que dice: aquí estamos. Porque es lo que hacemos. Y es lo que más importa.

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