Cuánta razón tenía Pablo Iglesias cuando advirtió en 2020 al mundo entero sobre las intenciones de algunos togados reaccionarios. Esos jueces prospectivos que antepondrían su ideología conservadora al Derecho y tratarían de destruir al beatífico Gobierno progresista a golpe de lawfare.
Seis años después los hechos le han dado la razón. El fiscal general del Estado ha sido condenado por desmentir un bulo. Begoña Gómez está al borde del banquillo por haberse casado con Pedro Sánchez. El hermanísimo espera sentencia por ser progresista. Leire Díez está imputada por escribir novelas. La directora de la Guardia Civil por tomarse unos cafeles. La gerente del PSOE por girar facturas. Ábalos por ser un Don Juan. El de la SEPI por rescatar empresas y Santos Cerdán por acordar la investidura con Puigdemont, que menos mal que fue amnistiado porque él solo puso unas urnas. Y mientras tanto, en paralelo, la Justicia levanta la orden de detención contra Vito Quiles. ¿Acaso hacen falta más pruebas?
Nos lo advirtió Iglesias con visionaria clarividencia y no le hicimos caso. Pero el tren del antifascismo si pasa dos veces y, seis años después lo hizo, además, por la misma estación. Gracias al cielo, hemos recibido una nueva advertencia. La emisaria del bien ha sido la cantautora de carné Rosa León, que dio la voz de alarma sobre el “fascismo cósmico” que “se nos viene encima”. Poca broma. Yo creía que ya habitaba entre nosotros, asomando tras las togas, oculto en la Fiscalía Anticorrupción, agazapado bajo los tricornios de la UCO o incluso “debajo un botón, ton, ton”. Pero estaba equivocado. Tras escuchar esta advertencia, millones de españoles se han echado a las calles. Exhaustos tras días gritando “¡Yo con Begoña!”, hicieron como en la aldea gala y, temiendo que el fascismo se desplomara sobre sus cabezas, miraron al cielo en la noche buscando alguna señal, perseidas reaccionarias, ondas gravitacionales ultraderechistas, algún tipo de radiación fachosférica… Pero nada.

Los españoles están tan cegados por su propia pulsión fascista que ni siquiera están comprando en masa el libro autobiográfico de súper Santos Cerdán, que si se titula La Caída es solo porque El largo camino hacia la libertad se lo robó Nelson Mandela hace 32 años. La de Cerdán es la obra imprescindible para comprender la gravedad de la situación en la que nos encontramos. El exsecretario de Organización del PSOE es el epítome de la barbarie, perseguido por la Justicia nada más -y nada menos- que por hacer presidente a Pedro Sánchez y lograr la eterna concordia en Cataluña.

Porque eso es el progresismo patrio. Concordia, consenso, entendimiento y conciliación. Por este motivo, desde que llegó Pedro Sánchez al poder, España es lo más parecido a Rivendel. Un lugar libre de polarización y alejado del enfrentamiento divisivo que acecha más allá de sus fronteras. Si acaso solo hay algunas escaramuzas sin importancia. La Fiscalía General del Estado está contra la Fiscalía Anticorrupción. La directora de la Guardia Civil anda amedrentando a la UCO del propio Cuerpo. El ministro de Justicia arremete contra los jueces que investigan solo al PSOE. El Gobierno central chocando con las 11 autonomías donde no gobierna. El Congreso pugnando con el Senado. El PSOE hostigando a los jueces, pero solo a los que lo investigan. El Poder Ejecutivo socavando al Poder Judicial. El Tribunal Constitucional en guerra con el Tribunal Supremo. El Ministerio de Exteriores a la gresca con los diplomáticos y hasta el Ministerio de Sanidad a palos con los médicos.
Vivimos tiempos convulsos, pero privilegiados. Pocas naciones pueden presumir de una clase dirigente tan perseguida por servir con tanto desinterés al bien común. Tanto que Begoña está sin pasaporte y Pedro los regala por millones. Porque ellos ahí están, resistiendo con estoicismo togas, sumarios e imputaciones, mientras el resto de los mortales, ofuscados por nuestra propia ignorancia, somos incapaces de ver lo evidente. Tal vez con un puñado de imputados más podamos abrir los ojos. Además de fascistas, ingratos.

