Una sociedad en la que una señora de 87 años puede ser expulsada de la casa donde lleva viviendo siete décadas por culpa de la especulación inmobiliaria es una sociedad rota. Como muchas más personas en este país, desperté la mañana del miércoles y me quedé atrapada, algunas horas después, en las imágenes que los medios de comunicación retransmitían del desahucio, desde la distancia autorizada por el cordón de las fuerzas de seguridad. Escuché los vídeos grabados del patio interior, donde se oyen los gritos de manifestantes, afectados por el gas pimienta que esparcía la policía, arrastrados uno a uno fuera del inmueble. Vi otras imágenes de cómo iban llevándose uno a uno a los activistas que se sentaban en la puerta para impedir el acceso, a un amigo que estaba allí le rompieron las gafas, a las valientes que habían pasado la noche allí, en tiendas de campaña o en velas, por el empeño de juntarse, ser más y resistir para tratar de doblarle el brazo al fondo que quería arrebatárselo todo a una mujer sola, a una anciana.
Acabé por llorar cuando llegaba una furgoneta del SAMUR y Maricarmen, como en un cuadro antiguo, salía en volandas, alzada, levantada en una camilla, su cuerpo mayor, envejecido, agotado por la lucha. Una sociedad en la cual se extirpa a una mujer de su casa como un cirujano extirparía un tumor, una sociedad en la que se trata a una mujer como los médicos, en fin, tratarían a los tumores, es una sociedad rota. ¿Cómo respondemos a propósito de nosotros mismos, de lo que hacemos, de lo que hemos votado y sostenido, si tenemos que ver imágenes así? En fin: tras la mañana del miércoles, la única conclusión que me queda es con Maricarmen se rompió todo, o con Maricarmen se acabó de romper.
Hay que tener la cara de hormigón armado para salir, horas después, a utilizar este desahucio como arma política, a presumir de que tal o que cual no han aprobado tal o cual ley, a convertir a Maricarmen en artillería; más aún cuando el propio PSOE votó en contra de una proposición de ley de Sumar, la semana pasada, que busca prohibir que fondos compraran pisos como el de Maricarmen. Yo estuve en la manifestación del miércoles por la tarde, convocada ante el ático de Ayuso: había mucho cabreo contra Almeida, sí; contra Ayuso, más aún, por la obscenidad de gastar el dinero público de todos en un ático para uso y abuso personal, de más de seis millones, mientras a la gente humilde la echan de sus casas; también contra el Gobierno central, del cual se coreaba, como se lleva coreando mucho tiempo ya, “Gobierno progresista, cómplice rentista”.
No sé si la ministra de Vivienda es la más inútil del Ejecutivo, no me atrevo a juzgar; desde luego, lo parece, y no hay confrontación con las autonomías que le quite eso. Si el Gobierno no sirve para parar el desahucio de una señora de 87 años, habría que disolver al Gobierno; si es el Estado el que no sirve, el que es incapaz, hay algo profundamente roto, podrido, inaceptable en esa forma del Estado. Se ha transitado esta semana algo que tiene que ver con el umbral de lo inaceptable; el problema de dolores así es que una no puede olvidarlos una vez los ha sentido.
Ayer escuchaba en un corte de la radio cristiana que el desahucio de Maricarmen “humanamente es un drama, pero no es injusto”. Si ya ni a los católicos se les revuelve el alma al ver una imagen que tanta piedad habría de inspirar, apaga y vámonos; ¿qué le dirían al fondo que ni siquiera quiso negociar con las personas anónimas que se ofrecieron para pagar la integridad del coste del piso de Maricarmen? En la Antígona de Sófocles, el dramaturgo construyó una de las imágenes que más se han repetido y aparecido en la historia a propósito de la injusticia; una mujer que quiere darle digna sepultura a su hermano, pero la ley se lo impide.
¿Qué responde Antígona? Que jamás tendrán fuerza suficiente los pregones de los hombres como para transgredir las leyes no escritas y firmes de los dioses. Si nuestro ordenamiento jurídico contempla la regulación de la barbarie, es decir, la legalidad del lanzamiento de Maricarmen, habría que arrasar con ese ordenamiento jurídico. Es la única luz que nos dejan estos días, luz parecida a la del fuego: la luz de la desobediencia pacífica, la de quienes ponían su tiempo y el cuerpo, se arriesgaban a ser aporreados, la de quienes se manifestaban por la vida y contra la crueldad. Si hay a quien esto le parece una locura, tal vez sea un loco ante quien incurro en falta de locura.

