Hablar de la religión en España antes del cristianismo obliga a hacer una primera corrección histórica. En realidad, no existía todavía España como tal ni tampoco una fe unificada de todos sus habitantes. Lo que había en la península era un mosaico de pueblos —íberos, celtíberos, lusitanos, galaicos, astures, vascones y otros muchos— con dioses, rituales y paisajes sagrados propios. La imagen de un gran panteón común resulta tentadora, pero simplifica demasiado una realidad mucho más compleja, local y cambiante.
Eso no significa que no existieran grandes nombres divinos compartidos o, al menos, repetidos en distintos lugares. Significa más bien que la religión en España antes del cristianismo era una red de cultos superpuestos, influencias mediterráneas, sincretismos y tradiciones locales. Además, los especialistas recuerdan que buena parte de los nombres de esos dioses nos han llegado a través de inscripciones de época romana, lo que obliga a ser prudentes. Muchas veces conocemos mejor su versión romanizada que su forma original.
Iberos, fenicios y griegos: una fe abierta al Mediterráneo
En la franja mediterránea y meridional, la religión en España estuvo muy marcada por el contacto con fenicios y griegos. Los pueblos iberos no vivieron aislados: comerciaron, absorbieron símbolos y adaptaron divinidades. En ese cruce de caminos aparecen figuras como Melqart o Tanit, ligadas al mundo fenicio y púnico, junto a dioses indígenas reinterpretados después por Roma. Esa mezcla explica por qué la religión prerromana de la península no puede entenderse sin mirar también al Mediterráneo oriental.

Entre los nombres más citados para ese mundo ibérico aparece Tanit, muy vinculada a la fertilidad y al ámbito femenino en territorios de fuerte huella púnica. También suele mencionarse Netón, asociado por los romanos con Marte, aunque en este terreno conviene evitar certezas excesivas. No siempre sabemos con precisión cuánto hay de divinidad indígena pura y cuánto de reinterpretación posterior.
Lo sólido es esto: la religión en España en el área ibérica combinó santuarios locales con influencias llegadas por mar, y esa mezcla dejó una huella duradera.
Lusitania y el oeste peninsular: dioses de sanación, guerra y territorio
Si uno se desplaza hacia el oeste, la religión en España cambia de acento. En el ámbito lusitano-galaico, los estudios epigráficos han identificado una enorme riqueza de teónimos indígenas, hasta el punto de que esta zona conserva la mayor concentración de nombres divinos autóctonos de toda la península.Allí aparecen dioses como Bandua, Reue, Nabia, Trebaruna o Ataecina. Esto sugiere un paisaje religioso muy articulado y no una nebulosa desordenada de cultos dispersos.
Dos nombres destacan especialmente en la divulgación histórica. Por un lado, Ataecina, una de las grandes diosas del occidente peninsular, vinculada por los romanos con Proserpina y relacionada con ciclos de muerte, renacimiento y fertilidad.

Por otro, Endovélico, una divinidad muy conocida en el suroeste de la antigua Hispania y asociada en la tradición historiográfica a funciones salutíferas, oraculares y curativas. En ambos casos, más que imaginar dioses abstractos y lejanos, conviene pensar en cultos ligados a santuarios concretos, peregrinaciones, exvotos y prácticas rituales muy pegadas al territorio.
Celtíberos, galaicos y astures: la montaña, el trueno y la luz
En las áreas célticas y celtibéricas, la religión en España vuelve a mutar. El gran estudio de Francisco Marco Simón sobre la Hispania céltica insiste en que nuestro conocimiento es fragmentario, pero suficiente para detectar nombres de gran peso. Entre ellos están Lugus o Lug, que aparece tanto en el oeste como en zonas celtibéricas, y Epona. Además de las Matres, un conjunto de divinidades femeninas muy extendidas en ámbitos célticos europeos.

También se suele citar a Nabia, vinculada en parte del noroeste con aguas, espacios naturales y fecundidad, y a divinidades del trueno o del cielo que la tradición comparada acerca a Taranis. Aunque aquí hay que caminar con cuidado. No todo lo que la divulgación popular presenta como un dios perfectamente definido está igual de bien documentado en la epigrafía hispana. Lo que sí parece claro es que la religión en España en el norte y noroeste tuvo una relación intensísima con montes, ríos, fronteras tribales y espacios sagrados del paisaje.
El caso vasco: Mari y la persistencia del mito
En el ámbito vasco, la conversación cambia de registro. Aquí no estamos tanto ante un catálogo epigráfico de época romana como ante una tradición mítica de larguísima duración. La gran figura es Mari, definida por la enciclopedia Auñamendi como una representación antropomorfa femenina de la Tierra y de las fuerzas naturales. Habita cuevas y cimas, se desplaza entre montañas, controla tormentas y castiga ciertas faltas morales. Su mundo es el de la naturaleza sacralizada, no el del templo clásico al estilo grecorromano.
Eso convierte a Mari en una de las imágenes más poderosas de la religión en España precristiana. Aunque en realidad remita a una tradición vasca específica y no al conjunto peninsular. Su importancia reside también en otra cosa: demuestra que el paso al cristianismo no borró por completo las viejas creencias. Muchas sobrevivieron transformadas en leyendas, costumbres, topónimos y devociones populares. Lo antiguo no desapareció del todo; a menudo se disfrazó.
