La semana pasada se abrió al público el Rafa Nadal Museum en Manacor, dentro de las instalaciones de la Rafa Nadal Academy.
Rafa quiso rodearse para la puesta de largo de un grupo de periodistas que le han acompañado durante toda su carrera profesional y que han contribuido a difundir su extraordinarios hitos en el mundo del deporte.
Fue un enorme privilegio estar allí y conocerlo junto al mejor anfitrión posible, el protagonista.
El museo es un recorrido por una carrera inigualable de más de 20 años plagada de éxitos, 22 Grand Slam, 2 oros en los JJOO, 5 Copa Davis…pero siendo apabullante la colección de recuerdos, trofeos, donaciones de otros deportistas, narraciones varias y fantásticos los vídeos que se proyectan, no es eso lo que más me impresionó.

A lo largo esos 20 años he coincidido en muchas ocasiones en los palcos de los estadios de fútbol , especialmente en el del Bernabeu, con el tenista Rafa Nadal convertido en el aficionado Rafa. Desde que era un crío de pelo largo hasta que se retiró. Disfrutando o sufriendo con su Real Madrid, con la bufanda al cuello de su Mallorca, o nervioso perdido en Johannesburgo, con la cara pintada de rojo y amarillo cuando fuimos campeones del mundo.
Nunca cambió su manera de relacionarse con nosotros, siempre un sí. Hasta el punto de que, en ocasiones, en los descansos de los partidos se le acumulaba el trabajo, atendiendo de uno en uno a cada medio que se lo solicitaba, haciéndose mil fotos o firmando cualquier cosa.
Alguna vez hasta me sentí culpable de que no pudiese ni tomarse un refresco en el descanso porque su compromiso con esas “obligaciones” que él mismo se auto imponía para atender a todo el mundo, no le dejaban un respiro. Incapaz de negarle nada a nadie siendo quien era.
Y después estaba su saber estar, su humildad, su sentido común y la sensatez que siempre mostró en cada valoración, en cada respuesta y en cada opinión sobre un deporte que no era el suyo, en un ámbito en el que una opinión de Nadal sobre cualquier tema relacionado con el Real Madrid podría hacer que subiese el pan.
Eso precisamente sucedió la víspera de la inauguración del museo, cuando en plena crisis blanca corrió por redes y medios una foto del posible candidato a la presidencia del Real Madrid, Enrique Riquelme, junto a Rafa Nadal. La foto era antigua pero podía llevar a equívocos.
Rafa remató esa bola como hizo siempre en la pista. Paso al frente y comunicado.
Recorriendo el museo impactan los innumerables objetos allí reunidos, desde su su primera raqueta a las copas, las medallas, o el traje de abanderado de los JJOO, emocionan los vídeos que se proyectan, extraordinario el del ”Big three” y emotivo hasta el extremo el último que se disfruta antes de terminar el recorrido.

Y mientras tanto uno se pregunta cómo consiguió ser siempre el tipo humilde y normal que sigue siendo hoy. Así sigue, con serenidad en su vida después del tenis de competición y con un punto de pudor ante tanta exuberancia en su museo.
¿Dónde estaba guardada tu primera raqueta? le preguntamos. “Apareció en un baúl”, respondía Rafa con un punto aún de timidez, como si le diera vergüenza estar delante de su inmensa obra allí exhibida.
“Siempre he tenido mi ego controlado”, dijo en la rueda de prensa posterior al estreno del museo. Qué sencillo parece, ¿verdad?
La respuesta está en las decisiones que uno va tomando a lo largo de su vida. Y el ancla que Rafa nunca perdió de vista estuvo siempre en el mar de Manacor, del que jamás se fue y donde siguen sus amigos y su familia, su mujer, sus padres, sus hijos y su hermana Maribel. La mirada de cariño plasmado en el abrazo de los dos hermanos ante una inigualable carrera deportiva que perdurará siempre a través del museo, donde la última reflexión del último vídeo, lo explica todo. Las cosas que de verdad importan. La persona, antes que el deportista. Qué inmenso legado.
