Una de las contribuciones más sublimes del alma gallega al acervo común español es, sin duda alguna, el Esperpento. Don Ramón María del Valle-Inclán, el genio de Vilanova de Arousa, lo descubrió en los espejos cóncavos del callejón del Gato de su insuperable Luces de Bohemia. El Esperpento acaba de cumplir su primer siglo de vida, pero mantiene la lozanía, la frescura y el vigor incansable de la adolescencia. En la España actual, el Esperpento es uno de los actores principales, uno de los grandes protagonistas en todos los ámbitos de la vida pública.
De uno de esos esperpentos quiero hablar, del esperpento de que se linche a un ciudadano español por el aborrecible “crimen” de recibir un premio literario. Sí, a Juan del Val lo han crucificado por ganar el Premio Planeta (delito de lesa humanidad, según parece) y mientras en Francia solo se hablaba del robo del Louvre, en España solo hablábamos del “robo” del Planeta. Y nada más disímil, porque mientras en la patria de Luis XIV la sustracción de nueve piezas de las Joyas de la Corona fue un clamoroso gol por la escuadra de la grandeur, en la patria de Carlos III la concesión de la joya de la corona del grupo editorial catalán al escritor madrileño fue una grandiosa operación de marketing, otro clamoroso gol por la escuadra.
Estoy seguro de que muy pronto en todas las escuelas y facultades de publicidad y marketing del orbe se estudiará el premio Planeta 2025 como una de las campañas publicitarias más logradas, agudas y redondas de la historia. Lo estudiarán como estudian el caso de Amancio Ortega en Wharton, Columbia y el IESE, las tres mejores escuelas de negocio del mundo.

Permítanme mis lectores una digresión (tras ver el uso magistral que Víctor Hugo hace de este recurso literario en Los Miserables, me estoy animando a usarlo). A pesar del pesimismo, del derrotismo, de la congoja que hoy embarga a millones de españoles somos (como diría el presidente Rajoy) una gran nación, un país con muchísimos motivos de orgullo. Una de esas fortalezas admirables de España (que desconoce la inmensa mayoría de la población) son nuestras escuelas de negocio. En el ranking 2025 del Financial Times (la biblia económica universal) tres escuelas españolas (IESE, ESADE e IE) figuran entre las veinte mejores de los cinco continentes, y únicamente los Estados Unidos nos supera en esta clasificación tan exigente y prestigiosa. Quiero destacar al IESE, una de esas obras admirables del Opus Dei, que demuestran que a pesar de las circunstancias y contingencias la Obra es mucha Obra. Y España es mucha España.
Nadie va a enseñar al Grupo Planeta, a los Lara, a vender libros, como nadie va a enseñar al Santander, a los Botín, a hacer banca. Lo llevan en la sangre. Una de las inexplicables tragedias de España es que somos uno de los pocos países donde no se celebra a los grandes empresarios y sin grandes empresarios no hay grandes empresas. En los altares del empresariado español el nombre de José Manuel Lara Hernández (el inolvidable padre fundador de Planeta) está escrito con letras de oro.
Pues bien, como decimos, nuestro héroe ha sido masacrado sin piedad por la tremenda fechoría de recibir un premio de una empresa privada, que como es lógico, se lo da a quien le da la gana. En materia de premios literarios todas las polémicas son bienvenidas y entretenidísimas, pero absolutamente inútiles. No hay mayor escándalo que el de que la lista de los olvidados por el Nobel sea mucho más ilustre que la de los premiados: ¡Echegaray venció a Tolstói! Es cierto, ¡no es broma!; Borges, Joyce y Proust (triunvirato himalayesco de la literatura universal) fueron preteridos mientras se premió a Bob Dylan, Dario Fo y Elfriede Jelinek: un cantante, un cómico y una pésima escritora. Por eso no entiendo esta polémica. La entendería si le hubiesen concedido el Premio Nacional de Narrativa, pero no el Planeta.
Aun así, Juan del Val ha estado a punto de convertirse en el nuevo Jean Calas y de ser sometido al suplicio de la rueda. No aspiro a ser el Voltaire que le defienda, pero sí a denunciar que en España no se perdona el éxito. Ni el personal, ni el profesional. Si Juan tuviese las hechuras de Danny DeVito las críticas hubiesen sido mucho más suaves y si estuviese soltero, o mejor aún, separado o divorciado habrían casi desaparecido. La “roca” sobre la que el premio Planeta 2025 ha construido su vida exacerba los celos, las emociones y las bajas pasiones patrias.
Ya lo dijo Molière en su Tartufo (el genio francés debía conocer muy bien España y a los españoles): “Los envidiosos mueren, pero la envidia nunca”. A Juan del Val y Nuria Roca les persigue la fuerza de Julio César y Cleopatra, la luz de Frida Kahlo y Diego Rivera y la libertad libérrima de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre y si eso no se perdona en Alejandría, en el Zócalo, o en Saint Germain des Prés, mucho menos se va a perdonar en España.
Para complicar aún más las cosas el Premio Planeta es el galardón literario mejor dotado económicamente del mundo, y aquí el tamaño sí que importa. Si tuviese la dotación económica del Premio de la Crítica el escándalo hubiese amainado muchísimo, porque ya sabemos lo que decía Valle: “Las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!”.

Es la calidad de la novela lo que está fustigando sin descanso, curiosamente, en la mayoría de los casos, sin haberla leído. Los inquisidores olvidan que al lado de la gran literatura convive la literatura comercial. La república de las letras, el planeta de los libros es una inmensa Arca de Noé en la que habitan todas las especies literarias. Habitan las que según el divino William son “caviar para el vulgo” y las que según este humilde letraherido son pizza para la masa. Habitan los versos de Rosalía de Castro al lado de los de Gloria Fuertes y las novelas de Corín Tellado al lado de las de Jane Austen.
Nadie le puede pedir a Juan del Val (ni a ningún otro escritor) que su Vera, su protagonista femenina, sea otra Emma Bovary, otra Ana Karénina u otra Nora Helmer (para mí la heroína de Ibsen es el personaje femenino más fascinante y decisivo de la historia). Nadie le puede pedir que Vera tenga la fuerza arrolladora de Angustias Romero y Visitación Salazar, las dos mujeres que cautivan a los lectores de El Tercer País, la fabulosa novela de Karina Sainz Borgo, una prosista con intensos ecos de Borges, Macondo y Comala.
Otra de las paradojas de esta historia es que Juan del Val ha sido fusilado al amanecer por decenas de Galdoses, Azorines y Unamunos, por decenas de Martín Gaites, Matutes y Pardo Bazanes , por decenas de cráneos privilegiados cuya calidad literaria oscila entre la Nada de Carmen Laforet y la Misericordia de Don Benito el Garbancero. Ni unos ni otros le disculpan que sea, además de todo lo apuntado, una estrella televisiva. Esto me confirma que Giovanni Sartori tenía razón: hemos pasado, irremediablemente, del Homo Sapiens al Homo Videns. “Salgo en la tele, luego existo”, es la máxima rectora de nuestro tiempo. Hemos pasado, definitivamente, del cartesianismo al pablomotismo.
Me encantaría que Juan y Nuria pusiesen fin a la polémica, pusiesen fin a este entrañable esperpento, en el Callejón del Gato. Le pusiesen fin brindando por sus haters (como dicen los jóvenes) con el mismo champán con que brindó la gran Alicia Mariño hace unos meses (el champán de Alicia es ya otra magdalena proustiana). Y recitando los versos de Walt Whitman, aquellos versos de Hojas de Hierba: “Me celebro y me canto a mí mismo / y lo que asumo tú lo asumirás, / pues cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.



