Beatriz González Lasheras, la militar fuera de servicio que detuvo una brutal paliza

Una cabo destinada en la Academia intervino fuera de servicio a la salida de un instituto en Zaragoza y evitó una agresión grupal

Beatriz González Lasheras - Defensa
Una fotografía profesional de la cabo.
Archivo

A plena luz del día, a la salida de un instituto y con menores alrededor. La escena pudo haber terminado mucho peor si una persona no hubiera decidido intervenir sin pensar en el riesgo. Su nombre es Beatriz González Lasheras. Es cabo, está destinada en la Academia General Militar y el pasado lunes, fuera de servicio, evitó una agresión grupal a las puertas del Instituto Miguel Servet de Zaragoza.

Beatriz González Lasheras estaba esperando la salida de sus hijos cuando detectó algo que no encajaba. Según informó el Ministerio de Defensa en su tablón de noticias, observó a un grupo de unas diez personas con palos y actitud amenazante en las inmediaciones del centro. No era una discusión aislada. Era una espera. Y en cuanto el grupo identificó a un alumno al salir, se abalanzó sobre él y empezó a golpearle “indiscriminadamente”.

Lo que sucedió después fue una intervención en primera línea, sin uniforme y sin la red de seguridad del servicio. Beatriz González Lasheras se interpuso entre los agresores y la víctima. Aguantó allí, frenando la paliza y conteniendo la escena, hasta que llegaron los agentes.

La agresión a las puertas del instituto: palos, grupo numeroso y un ataque directo

Los hechos ocurrieron en torno a las 14.30 horas en el paseo de Ruiseñores, en Zaragoza. La versión difundida por Defensa describe un grupo numeroso, armado con palos, que aguardaba cerca del centro educativo. El ataque, según esa información, se desencadenó en cuanto localizaron a un alumno a la salida.

Ese matiz es clave. No se habla de un encontronazo espontáneo, sino de una acción que ya estaba preparada. Por eso, cuando el grupo se lanzó contra el menor, el riesgo no era solo el daño inmediato. Era la imposibilidad de detenerlo sin alguien que cortara físicamente la agresión.

Ahí aparece Beatriz González Lasheras. Y aparece con una decisión que, en estos casos, no es automática: meterse en medio cuando hay palos, cuando hay muchos, cuando la violencia ya está en marcha.

Una intervención sin dudar

La reacción fue inmediata. Mientras varias personas avisaban a los servicios de emergencia, Beatriz González Lasheras se colocó entre los atacantes y el menor. Su objetivo fue claro: frenar la agresión y ganar tiempo. Contener. Evitar que la paliza siguiera escalando. Mantener la situación bajo control hasta que llegaran las patrullas.

Beatriz González Lasheras en el instituto - Defensa
Montaje con una fotografía del instituto donde sucedió la agresión y una fotografía de archivo de la cabo.
ARAGÓN DIGITAL

No se describe que realizara una detención, ni que persiguiera a nadie, ni que actuara más allá de lo esencial: ponerse como barrera y sostener la escena. Y, muchas veces, eso es lo que marca la diferencia entre una agresión grave y un desenlace irreversible.

La idea que deja el relato es sencilla: Beatriz González Lasheras actuó como lo hace alguien entrenado para no paralizarse ante el peligro, incluso cuando su papel ese día era otro. No estaba de servicio. No estaba allí por trabajo. Estaba allí por sus hijos.

La llamada al 091 y la llegada de la Policía: intervención e identificaciones

La cadena de avisos también está detallada. Según fuentes policiales citadas por ARAGÓN DIGITAL, la llamada al 091 se recibió a las 14.35 horas tras el aviso del director del centro. Poco después, se desplazaron hasta el instituto efectivos del Cuerpo Nacional de Policía y de la Policía Local de Zaragoza.

A partir de ese momento, los agentes se hicieron cargo de la intervención. Identificaron a los implicados y se practicaron las detenciones pertinentes. La instrucción de las diligencias corresponde a la Policía Local, según la información publicada.

El relato que se ha hecho público se centra en la intervención de Beatriz González Lasheras, el tipo de agresión descrita —grupal, con palos— y la respuesta policial. No entra en causas, ni en edades concretas de los implicados, ni en el estado posterior del menor más allá de la existencia de una agresión indiscriminada.

Valentía cotidiana y una escena que pudo desbordarse

En los últimos años, el entorno de centros educativos se ha convertido en un espacio especialmente sensible. No solo por lo que ocurre dentro, sino por lo que puede estallar fuera, justo a la salida, cuando confluyen adolescentes, familias y tránsito urbano. En ese contexto, una agresión grupal como la descrita en el paseo de Ruiseñores tiene un potencial de descontrol evidente.

Por eso la intervención de Beatriz González Lasheras se ha convertido en noticia. No por épica vacía, sino por el tipo de decisión: plantarse. Meterse entre un grupo armado con palos y un menor. Hacer de muro humano. Mantenerse ahí hasta que lleguen los cuerpos de seguridad.

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