“El nacimiento de una niña fue celebrado con grandes festejos en todo el reino”. Así arranca La bella durmiente, con banquetes solemnes, las campanas de la catedral al vuelo y la convocatoria de todas las hadas, blancas y negras, buenas y perversas, invitadas para que conocieran y bendijeran a la recién nacida en su bautizo. Una niña. No un heredero varón, no el ansiado continuador del linaje, sino una hija cuya llegada merecía el júbilo público y la alegría colectiva.
Durante siglos ese comienzo fue pura fantasía. Un artificio literario. En demasiados países —más de los que creeríamos, más de los que están dispuestos a admitirlo— el nacimiento de una niña ha sido recibido con decepción, con silencio o con miedo. Niñas invisibles en censos, abortos selectivos, abandono, matrimonios tempranos, herencias negadas. La realidad, tozuda y cruel, sin hadas madrinas y sin hechizo roto.
Por eso resulta tan llamativa —y tan incómoda— la noticia publicada esta semana en la prensa australiana: por primera vez en la historia moderna, en distintos países y contextos culturales, un número creciente de futuros padres declara que prefieren tener hijas antes que hijos varones. Va más allá de anécdota o de una moda pasajera; los datos apuntan a un cambio sostenido en expectativas, deseos y proyecciones familiares.
Detengámonos aquí. Ante la tentación de celebrar aquello que parece un cambio asoma la sombra ominosa del hada número trece. ¿Qué está ocurriendo? Durante generaciones, el hijo varón fue sinónimo de continuidad, de fuerza económica, de prestigio social. El apellido, el linaje. La hija, en el mejor de los casos, era querida igualmente; en el peor, una carga. Hoy, en cambio, muchas parejas —sobre todo en sociedades urbanas, envejecidas y con sistemas de bienestar frágiles o en proceso de serlo— asocian a las hijas con los cuidados, la responsabilidad emocional y la cercanía. Las estadísticas lo confirman: son mayoritariamente mujeres quienes sostienen a padres ancianos, quienes mantienen el contacto familiar, quienes asumen el trabajo invisible cuando el Estado falla.
¿Es esto un triunfo? ¿Supone un cambio real?
Este giro encierra una paradoja inquietante: se valora a las niñas no solo por quienes son, sino por lo que se espera que hagan. Las queremos porque cuidan mejor, están más presentes y se las educa a no desentenderse. Cambiamos la decepción por la instrumentalización. Se pasa del desprecio a la resurrección del mandato familiar.
Pero, pero, aferrémonos a la carga simbólica de esa noticia. Por primera vez, el nacimiento de una niña deja de percibirse como una pérdida potencial. Se aleja de la historia de hadas contrariadas y de maldiciones lanzadas a destiempo y empieza, tímidamente, a parecerse a la parte más luminosa del cuento.
En La bella durmiente el problema no es que nazca una niña; sino que una de las hadas no es invitada. La exclusión, el olvido, el resentimiento. La maldición no surge del género, sino del desequilibrio, de la jerarquía ultrajada, de la violencia soterrada. Quizá ahí se oculte una lección para nuestro presente: no basta con celebrar a las futuras hijas si seguimos dejando fuera a tantas mujeres ya nacidas del poder, del reconocimiento, de la seguridad.
Mientras hablamos de preferencias prenatales, las cifras de violencia contra las mujeres siguen siendo obscenas. Porque en muchos países una niña vale menos que un niño cuando llega la hora de comer, de estudiar o cuando hereda. Porque la alegría por las hijas convive con la penalización laboral de las madres, con la brecha salarial, con la pobreza femenina en la vejez.
Y aun así —insisto— algo se mueve. Tal vez estemos asistiendo al final de un imaginario agotado: el del varón como garantía automática de éxito. Tal vez el mundo, cansado de épicas huecas, empieza a intuir que la supervivencia pasa por otros valores: cooperación, cuidado, resiliencia, inteligencia emocional. Valores históricamente feminizados pero no exclusivos de las mujeres. El peligro sería que continuaran sobre sus hombros.
Me interesa, sobre todo, que decir “ojalá sea una niña” en sociedades donde durante siglos se dijo lo contrario no es poca cosa. Abre una grieta en la historia. Una grieta pequeña, ambigua, lenta.
Los cuentos no predicen el futuro, pero a veces lo insinúan. Tal vez la escena inicial de La bella durmiente —esa niña celebrada por todo un reino— no era una fantasía ingenua, sino una posibilidad aplazada. La cuestión ahora es qué hacemos con esa alegría, si la convertimos en igualdad real o en una nueva trampa. Si invitamos a todas las hadas —también a las incómodas— o si dejamos otra vez a alguna fuera y confiamos en que esta vez no pase nada.



