Opinión

La erótica de la decapitación: ‘Cantos de Salomé’, de Lara Mantoanelli

La erótica de la decapitación: 'Cantos de Salomé', de Lara Mantoanelli
La erótica de la decapitación: 'Cantos de Salomé', de Lara Mantoanelli
Montaje: Ana Capdeón
Actualizado: h

Supe de la existencia de Salomé siendo niño chico. No por haber leído la Biblia: el evangelista san Marcos recoge el episodio por el que “la hija de Herodías” pasó a la Historia, pero jamás menciona su nombre. Quien nos lo da es el historiador judío Flavio Josefo en su obra Antigüedades judías, donde reconstruye la genealogía de los Herodes, una familia real –tanto por haber tenido existencia objetiva como por pertenecer a la realeza– como imaginada por Tobe Hooper y un directivo de Telecinco.

Supe de la existencia de Salomé, decía, siendo un zagal. Para mí, la princesa idumea era una bellísima actriz española, Isabel Mestres, quien la interpretaba en aquella miniserie de Franco Zeffirelli guionizada por Anthony Burgess –en efecto: el autor de La naranja mecánica– sobre Jesús de Nazaret, que adivinen cómo se llamaba. La reconstrucción es canónica: Salomé/Mestres, linda y asesina como una pantera, visita a Juan el Bautista y le oye predicar; Herodes Antipas, encarnado por el gran Christopher Plummer, como un Ábalos del siglo primero, preside una fiesta sarandonguera que sólo amarga, pero de qué manera, la potente voz del profeta; el rey se acongoja y su mujer, Herodías, se da cuén y reactiva un sarao que ya lo quisiera el Tito Berni; aparece Salomé, Herodes la mira hechizado, Herodías le pide que baile, Salomé danza el SloMo de Chanel y, al acabar la actuación, le pide la testa del primo de Cristo, el trofeo más codiciado por el mal bicho de su madre.

Portada de ‘Cantos de Salomé’, de Lara Mantoanelli.

Con la excepción del clásico de Bunbury, perdí la pista del personaje durante largos años, hasta que me topé con un librito que aquí vengo a recomendar: Cantos de Salomé, de la escritora brasileña Lara Mantoanelli, publicado en 2015 por la editorial Carena. Un proyectil de pura prosa poética, con ecos de Baudelaire, Oscar Wilde, el Cantar de los Cantares o el monólogo de Molly Bloom del Ulises de Joyce en el que la autora actualiza un mito, lo despeja de trascendencia y lo cuece en un puchero erótico, obsesivo, onírico y personalísimo.

“Mi canto, amado mío, libera las crispadas danzas nocturnas de mi sueño, escondiendo el dragón de mi deseo en tu barba de profeta solitario”: así arranca el monólogo de Salomé/Mantoanelli, una mujer libérrima que emparenta con la protagonista de la tragedia de Wilde y que, precisamente, desde su libertad, exige la decapitación del hombre al que ama de un modo enfermizo y criminal: “¡Sí! Lo quiero degollado para luego besarle los labios hermosos, sabor de cadáver de luna, noche, ¡sí!, hoy la rosa y el fuego, somos uno, mi querido amado mío”.

Isabel Mestres en el papel de Salomé en 'Jesús de Nazaret'.
Isabel Mestres en el papel de Salomé en ‘Jesús de Nazaret’.

Mantoanelli, que consideraba injusto que una mujer tan importante en la historia del cristianismo “tuviera tan poco protagonismo”, vierte, difuminados, trazos de su vida en el torrente lírico que exhala su protagonista, “felina dolida” que canta a un dios que “se hizo silencio”, y rubrica una victoria íntima frente a la religiosidad férrea que le impuso su entorno primario. Empleando no su lengua materna, la de Elis Regina y Caetano Veloso, que le enseña a sus hijos, sino un castellano estupendo. El libro está dedicado “a los profetas que amo y a los que amé; aquí os entrego mi sangre”. Alguien lo ha visto en un autobús de donantes.

TAGS DE ESTA NOTICIA