Tras el accidente de tren de Adamuz —una tragedia real, con muertos reales y familias destrozadas— apareció en Instagram un vídeo de Elena Reines.
Para quien no la tenga ubicada: Reines es una creadora de contenido con una línea política de izquierdas, conocida por señalar a periodistas, figuras públicas o discursos que considera “tóxicos”, siempre desde una posición de superioridad moral muy marcada. Su estilo es reconocible: deliberadamente provocador, exagerado, hipersexualizado. Ella misma lo presenta como una parodia consciente, una forma de burlarse de la derecha y de su idealización de la mujer tradicional. Todo muy irónico. Todo muy performativo.
El problema es que esta vez el contexto no admitía performance.
En el vídeo en cuestión, Reines denunciaba a figuras como Vito Quiles, a los que llamó “buitres del bulo”, por —según ella— utilizar una tragedia para sacar rédito político. El mensaje, en abstracto, podría incluso compartirse. El problema no es lo que dice. Es cómo lo dice.
Porque mientras acusa a otros de instrumentalizar el dolor ajeno, ella misma convierte la tragedia en contenido. Y no en un formato sobrio, ni informativo, ni mínimamente respetuoso. Lo hace desde un registro abiertamente sexualizado: postura, mirada, voz, gestos, encuadre. Todo diseñado para captar atención. Aplicar ese lenguaje corporal —pensado para provocar— a una tragedia reciente no es pedagogía satírica. Es una frivolización en toda regla.
Puedes envolverlo en ironía, en sarcasmo o en “crítica al facha medio”, pero cuando hablas de muertos, el estilo importa. Y no todo vale. La sátira exige inteligencia contextual. Saber cuándo usarla y, sobre todo, cuándo no. Y si no distingues eso, no estás haciendo crítica social: estás explotando el momento con muy mal gusto.
La contradicción es evidente. Denunciar el oportunismo ajeno mientras usas una desgracia como escenario para tu personaje es, como mínimo, profundamente hipócrita.
Y luego está la otra incoherencia, igual de incómoda. Desde un discurso que presume de feminismo, se ridiculiza a las mujeres que no encajan en ese molde “progre”, a las tradicionales, a las que eligen otra estética o otra vida. Muy feminista todo, salvo cuando no piensas como ella.
No es empoderamiento si lo usas como estrategia de marketing. Y no es conciencia social si lo aplicas a una tragedia. Es la misma lógica que se critica, solo que envuelta en retórica progresista.
Lo más inquietante es esa sensación de impunidad moral. Ella no opina: señala. No analiza: sentencia. No informa: exhibe. Y todo bajo la coartada de estar “en el lado correcto”. Como si eso legitimara cualquier forma, cualquier tono, cualquier uso del dolor ajeno.
La izquierda digital lleva tiempo atrapada en esta incoherencia: predicar ética mientras utiliza formatos profundamente poco éticos. Hablar de respeto mientras convierte cualquier tragedia en plató. Denunciar el espectáculo… haciendo espectáculo. Y cuando alguien señala la contradicción, la respuesta suele ser la misma: indignación selectiva y silencio defensivo
Aquí no va de Vito Quiles. Ni siquiera va de derechas o izquierdas. Va de algo mucho más básico: de decencia. De saber que hay momentos que exigen silencio, respeto y contención. Y que convertir una tragedia en escaparate —aunque lo hagas con discurso supuestamente moralista— no te hace mejor que aquello que criticas.
Llamar buitres a otros mientras haces contenido con el cadáver aún caliente, solo que con estética cuidada y narrativa progresista, no es denunciar nada.
Es exactamente lo mismo. Pero con branding.
