Opinión

Macarrismo político

MADRID, 23/09/2026.- La presidenta del Congreso, Francina Armengol llama al orden y obliga a abandonar la cámara a la diputada del PP Ana Belén Vázquez tras mostrar un bote de gas pimienta en su interpelación al ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska durante la sesión de control al Gobierno celebrada este miércoles en el hemiciclo. EFE/Javier Lizón
Francina Armengol llama al orden y obliga a abandonar la cámara a la diputada del PP Ana Belén Vázquez tras mostrar un bote de gas pimienta.
EFE/Javier Lizón
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El panorama político patrio se mueve entre la realpolitiktok, el macarrismo y el macartismo. Al páramo de capacidades gubernamentales —¡Pedro Páramo!—, se suma el erial de sutileza y cortesía de los diputados que creen que la prudencia es una señora de pueblo. Tan chulesco es el tono que no sabe una si se debate en el Congreso o se improvisa una zarzuela. Para Camba, ser un político funesto y un gran orador eran condiciones que solían ir juntas; hoy ni siquiera queda el consuelo de la oratoria, convertida en moratoria de talento donde campa la descalificación como norma. Si la edad media de la Cámara ronda los cincuenta, resulta precoz tanta incontinencia.

Se ha instalado la idea de que la grosería acredita autenticidad. Se confunde hablar mal con hablar claro, cuando hablar claro, en palabras de Juan de Mairena, es hacerse comprender por todo el mundo, sin decir demasiadas tonterías. Cómo se habrá degradado la clase política que ahora Rufián, antes peleado con España y con la plancha, emerge como guardián de los intereses de los españoles, alisador de arrugas democráticas y Demóstenes del Congreso.

El político que injuria busca abrirse paso a codazos en medios y redes, donde, más que opinar, se propina. Pero no sólo se ofende para captar la atención, que es el oro de nuestro tiempo: en las Cortes se fomenta el descontrol para librarse del control, lo anecdótico para burlar lo importante. No caen sus señorías en que abusar del exabrupto lo priva de impacto, como una blasfemia muchas veces repetida. Hay, además, un empobrecimiento del lenguaje ofensivo. Si al menos se faltara al respeto como Quevedo —¡chanflón!, ¡zurumbático!—, se obligaría a los chavales que farmean calabazas en el informe PISA a abrir el diccionario.

Mientras aguardamos que el insulto y la mala educación se destierren cuando Feijóo gobierne, según ha vaticinado Borja Sémper —sin mentar, ay, qué exilio le espera a Ayuso—, y nuestros representantes se abracen como Teletubbies, podríamos empezar por expulsar de titulares y retuits el macarrismo político. Ya aconsejaba Galdós, ante la farsa parlamentaria, revestirse de escepticismo y “hacer el vacío en torno a tantas iniquidades”. Esto es, dejar de ser altavoz de noticias que no lo son. Si una noticia es aquello que se sale de lo normal, no que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro, las descalificaciones parlamentarias no serían noticia. Por mucho que Sánchez se autodenomine can y se comporte como el mejor amigo de Marruecos, ningún opositor le ha hincado el diente a lo Luis Suárez.

Sin titulares, tal vez las salidas de tono dejarían paso a la retórica política de antaño, primero el piropo y luego el ataque. En cualquier caso, no estamos tan mal como cuando, en la Segunda República, Indalecio Prieto sacó una pistola o Carreres le dio un puñetazo a Leizaola. De momento, los únicos miembros golpeados del Congreso son los micrófonos. Ayer se exhibió un espray de gas pimienta para hablar de Ceuta, con tal éxito que se consiguió precintar varias zonas de la Cámara Baja y no hablar de Ceuta. Si quienes deben guardar las formas no lo hacen, ¿con qué autoridad exigirán contención a los ciudadanos? Tan afanados están nuestros políticos en crear contenidos que acabarán creando, sobre todo, inmoderados. El sustantivo decoro va camino de reducirse a forma verbal.