Leemos en los medios patrios que, debido a la extinción de un contrato de renta antigua, han desahuciado a una señora del piso que usurpaba en ventajosas condiciones o a una venerable anciana de su sagrado hogar, según filias y fobias del personal editor. Esto, por cierto, sucede no pocas veces si uno dedica unos minutos a indagar sobre ello, pero sólo toma cuerpo en los grandes medios cuando la situación es digna de llamar al debate y exhibir pluma moral.
Asombra la capacidad del personal de pervertir las noticias marinando lo esencial con lo accesorio. Así, al navegar por los mentideros virtuales, encontramos el rifirrafe tuitero entre Eva Baroja y Chapu Apaolaza: una, denunciando el desalojo a los medios de comunicación que cubrían la noticia por parte de la policía; otro, replicando que menos lobos, caperucita, que así son las calles, la ley y la vida, porque aparentemente él y su familia sufrieron un episodio similar con esto de la renta antigua. Se suman otros tantos defendiendo la propiedad privada y el derecho del propietario a fijar el precio que considere conveniente. Así reza la ley, pero chirría que unos inversores y gestores que no tienen el menor interés en habitar dicha vivienda ejerzan sus “derechos” –si nos regimos por las tablas de la ley, las comillas sobran, pero entenderán que las mantenga– para ganar ¿20.000 euros más y aumentar la rentabilidad anual en dos décimas? Este es el padrenuestro hiperproductivo de nuestros días: si no ganas más, estás perdiendo.
Ana Iris Simón, reconocida creyente y practicante, clamaba a los cielos que los miembros de la dextra patria, supuestos defensores de la cristiandad, se posicionaran junto a una ley inmisericorde ejercida con mano de hierro gracias a unos policías agarrados por sus gónadas por este sistema que nos hemos dado. Tuiteaba esto mientras lo acompañaba de fotos de Ayuso, Almeida y Pepa Millán, que poco o nada han tenido que ver con este sarao o en el problema de la vivienda en comparación con gobiernos de ayer y hoy, pero somos azín: la adhesión al grupo y la presunción de culpa vienen en pack 2×1. Estos asuntos siempre siguen el mismo patrio patrón: la sinistra busca la justicia del momento para el individuo olvidando privilegios anteriores; la dextra busca la justicia en la equidad y ve un agravio para el resto en que se concedan beneficios particulares. Ambas visiones son necesarias para gobernar sin perderse en los detalles y recordar que no toda generalidad y equidad son positivas, porque somos algo más que el número del DNI.
Cabe preguntarse si poner todo esto sobre la mesa, aunque forme parte de la noticia, ayuda a resolver el problema que la causa. Este no es otro que crear unas condiciones económicas tales que podamos sobrevivir a las trampas e injusticias de un sistema imperfecto –los “propietarios” siempre existirán–. Medirse los miembros para ver quién la tiene más grande –la moral– es una cosa harto española, y siempre se dijo que cuando el sabio señalaba la luna, el necio miraba el dedo. Ahora ya no ocurre ni lo primero. Cuando es tan evidente que los gobernantes pueden resolver estos asuntos y no se les señala, toda esta dialéctica que rodea a Maricarmen atufa a desfile de pavos reales. En palabras de José María Olaizola, brillante sociólogo y sacerdote, “una sociedad en la que no puede haber debates reales sobre temas de fondo (…) está condenada a la manipulación, el infantilismo y la simpleza”. Desde estos lares alpinos, donde la flema helvética siempre ataca la raíz del problema, uno asiste estupefacto a la dejación de funciones por parte de la clase política y al estéril debate de los comentaristas de la barra del bar. Maricarmen: España está en el afterhours, y la fiesta no va a terminar pronto.

