Desempolvemos los apuntes de etimología: el sustantivo “misericordia” proviene del latín –esta es fácil– misericordia, vocablo compuesto por miser –“miserable”, “desgraciado”, “pobre”–, por cor, cordis –“corazón”– y el sufijo -ia, que indica cualidad o actitud hacia los demás. La cosa, pues, significa “tener el corazón puesto en la miseria del otro”, y el DLE la define como “virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos”. Jesús de Nazaret, según el Evangelio de san Mateo, se ciscaba en los escribas y fariseos que descuidaban “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad”. Bob Dylan canta en “Political World”, pieza que abre su fabuloso álbum Oh, Mercy (1989): “Vivimos en un mundo político / donde la misericordia es arrojada por la borda” –en inglés, walk the plank, “camina por el tablón”, como los desgraciados forzados a caminar sobre un tablón extendido desde el costado del barco hacia el mar.
Este martes, setenta y cinco días después de que 100.000 inmigrantes ilegales irrumpieran en Ceuta mientras, tal y como reveló El País en el 12-O, el buque Mohamed VI y dos patrulleros marroquíes navegaban por aguas territoriales españolas –¿los barcos también migraban, o invadían?–, los Reyes de España, Felipe VI y Letizia, recorrieron la calle de la Misericordia de Ceuta y, durante más de veinte minutos, saludaron a los caballas que se congregaron en masa para reivindicar su españolidad personal y la de su ciudad, y para recibir un espaldarazo de humanidad y un DeMemory de soberanía no sólo pertinente, sino urgente, del Jefe del Estado, “símbolo de su unidad y permanencia” (Artículo 56 de la Constitución Española), y de una mujer que es algo más –de nuevo, San Mateo: “Por sus frutos los conoceréis”– que una reina consorte.
Mientras miles de compatriotas, emocionados, se desgañitaban a 523 kilómetros al sur de la Puerta del Sol coreando “Ceuta no se vende, Ceuta se defiende”, “Los Reyes, en Ceuta, son bienvenidos”, o “Somos caballas y somos españoles”; mientras jaleaban a los monarcas y a Juan Jesús Vivas y le dedicaban una sinfonía de abucheos a Víctor Ángel Torres, que diría el comisionista Aldama; mientras el presidente de la urbe autónoma les transmitía a los Reyes que “vivimos el momento más difícil de nuestra historia reciente” y denunciaba una “invasión” que “se concibió, organizó y llevó a cabo con la intención de poner en riesgo la línea de flotación de nuestra ciudad”, degenerando en “la mayor crisis de seguridad nacional de nuestra democracia”, yo di un garbeo por Sol, a ver si permanecía la pancarta desplegada por los de Revuelta, que son más de derechas que el grifo de agua fría, encima de Casa de Diego –la vieja tienda de abanicos y complementos fundada en el siglo XIX–, que rezaba: “La vivienda es un derecho. Y defender Ceuta, un deber”.
Es sabido que algunos miembros del Kampamento Marikarmen reaccionan a la palabra “Ceuta” como Regan MacNeil al agua bendita. Desde los primeros días de la acampada, vimos carteles en los que se podía leer “Viva el joven árabe” o “Crueles en Ceuta, crueles con Maricarmen”. Destacaba uno que demandaba “Aportaciones para migrantes en Ceuta” y que incluía un Bizum tras el que, según se ha publicado, se halla una web de escorts. En este ecosistema, van los de Revuelta, despliegan su pancarta y una “comunicadora” que responde al nombre de María Barrier se encarga de borrar el “Y defender Ceuta, un deber”. La escritora Lucía Etxebarria ha divulgado gentilmente –entiéndase la ironía– el correo de la muchacha en su cuenta de X. Este martes, la pancarta ya no estaba.

Lo que sí había en la zona era un hedor profundo, persistente, asesino, que se instala en el cerebro triúnico y no es desalojado ni por los de Desokupa. Qué peste, rediós, asalta al peatón desde Preciados esquina Tetuán hasta el comienzo de Alcalá. Cuando llega el calor, también en otoño, las bacterias corineformes se enamoran y florece la bromhidrosis nuclear. Más aún, cuando hay que improvisar a la hora de hacer aguas menores, y a las pruebas remito –las mayores, que las investigue otro–. Me importa un carajo que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid vuelva a rechazar el desalojo de la ciudadela patrocinada por Quechua, pero ruego a los dioses que les manden provisiones de geles, desodorantes y derivados a esos acampados –no todos los que están, pero habelos, hainos– que, cuando ven una pastilla de jabón, se preguntan si es mazapán. Con manual de instrucciones, a ser posible. A falta de misericordia con Ceuta, buena es la higiénica.

