Algo deben tener las banderas, y los uniformes, como para que nos hagan pensar que algo tienen los desfiles. Visto desde fuera, un desfile es una cosa absurda y como artificial, una representación extraña ante la que nadie sabe muy bien cómo sentirse, ni por qué sentir. Un chiste del Gran Wyoming, pero con sonrisas no incómodas. Sin embargo, qué bonitas están las avenidas el 12 de Octubre y qué guapos van los hombres cuando marchan, dice mi novia, que en lugar de a la Castellana parece traída a la pasarela de Victoria’s Secret masculina. Con las banderas ocurre igual. Un humorista hace una broma sonándose los mocos con una y es como si se los sonase con la entretela misma de una nación, con los hilillos de afecto que mantienen unidos a quienes la conforman. O, lo que sienta todavía peor, como si se permitiese despreciar esos afectos en unos pero no en otros, a los que nunca se hubiera atrevido a colocar frente a la vacuidad de sus símbolos, quizá porque en el fondo sospecha que algo entrañan.
El caso es que lo hace, se suena los mocos y desata inevitablemente otro tipo de desfile, con gentes que vienen de lejos exclusivamente para insultarlo o para defenderlo, para insultarse o defenderse entre sí. Y aunque lo tentador, ante estos espectáculos humanos, suele ser decir que son del todo incomprensibles, lo cierto es que no lo son. Todo el mundo comprende las ondas que genera una roca cuando choca contra un lago, pese a desconocer las leyes físicas que las explican, del mismo modo que todo el mundo comprende que, en los dilemas racionales, lo que pesa es el corazón.
Ahora que estamos de elecciones y se habla tanto de la teoría del péndulo -ya saben, aquello de que todo lo que se ha desplazado el peso ideológico hacia la izquierda está regresando, con la misma fuerza, hacia la derecha-, yo prefiero hablar de la teoría de las mareas. Es una teoría que encaja muy bien en la resaca de estos tiempos en los que todo ha sido líquido, incluida España, y en los que por tanto se acudía a las urnas sin tener del todo claro a qué realidad se referían exactamente los programas de los partidos. La palabra nación era una cosa esencial o peligrosa, en función del trozo de mapa al que se estuviese refiriendo. Y el funcionamiento de lo que sea que fuese España se iba desgajando a merced del movimiento caprichoso que marcase la marejada política de turno, superficial por definición.
Las consecuencias las vivieron los españoles, que no necesitan que un profesor de filosofía política les explique el aparato teórico que los conforma como comunidad, pero que comprenden sus vínculos en el momento en que se precipita una riada y el Estado líquido tarda tres días en aparecer; o cuando ocurre un descarrilamiento en unas vías que el Estado líquido debería tener bien conservadas; o cuando miles de compatriotas son abandonados a su suerte por un Estado líquido que prefiere mirar hacia otro lado en mitad de una invasión.
En fin. Los líquidos también responden a sus propias leyes, así que ahora parece evidente que si un pescador de votos agita demasiado un océano puede generar mareas que terminen engulléndolo. Para explicar el vuelco demoscópico que vaticinan todas las encuestas podemos hablar de péndulos y del retorno inevitable de la reacción, o podemos asumir que toda acción genera consecuencias. Las consecuencias de vivir demasiado tiempo en la indefinición es que es un lugar en que las cosas jamás se asientan. Para asentarse las personas necesitan casas. Y ninguna casa se construye en alta mar.

