Opinión

Muñoz Seca, Hinojosa, Antonio José…, tan muertos y tan olvidados

Pedro Muñoz Seca, autor de 'La venganza de Don Mendo', asesinado por republicanos en Paracuellos.
Pedro Muñoz Seca, autor de 'La venganza de Don Mendo', asesinado por republicanos en Paracuellos.
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Cuentan que a García Lorca lo mataron por rojo, aunque él no fuera comunista, por homosexual, que sí lo era, por unas riñas entre familias, que seguro hubo, pero nadie sabe decir cuáles fueron a ciencia cierta, por una obra de teatro —La casa de Bernarda Alba—, que se estrenó casi nueve años después de su ejecución y nadie podía haber leído o visto en agosto de 1936. Quizás lo asesinaron por todo eso y por nada de ello. A Federico nos lo mataron por ser Federico, y porque a partir del golpe de Estado, en España ya sólo mandaban el hierro, la sangre y el rencor. Sólo cuatro días después de acabar con la vida de Lorca, mataron a otro poeta, del que nadie se acuerda, no tiene película y sus versos (“Han puesto colgaduras encaladas / para borrar los huecos de mis huellas”) no resuenan en ningún evento literario; se llamaba José María Hinojosa, y si el bardo de Fuente Vaqueros se hubiera quedado en Madrid, y siguiera vivo ese 22 de agosto, lloraría amargamente por el fallecimiento de su amigo. A partir del comienzo de la Guerra Civil, todo era muerte y sólo muerte, a las cinco de la tarde, y el resto del día, del mes y durante los tres años que duró nuestra Guerra Civil, y su macabro epílogo. También estaba ese verano en Granada el general Campins; unos días antes de que fusilaran al autor del Romancero gítano, lo fusilaron a él. En este caso, el motivo de su crimen lo conocían todos: se había negado a sumarse al levantamiento de una parte de sus compañeros de armas. Queipo de Llano no se lo perdonó, mandó que lo llevaran a Sevilla y allí lo juzgó y sentenció a muerte. Franco intentó evitarlo —por una vez y sin que sirviera de precedente, el Caudillo, que todavía no lo era, imploró piedad por un ser humano—, pero Queipo quería sangre, y la tuvo. Campins tuvo más suerte que Hinojosa, al militar sí que lo han escrito; lo hizo de forma maravillosa Lorenzo Silva en Con nadie (Destino, 2025). También es una gota en la lluvia ácida de nuestra memoria histórica, Antonio José. Al compositor burgalés lo detuvieron los falangistas, que desde la sanjurjada del 18 de julio iban armados por la capital castellana, administrando su justicia a golpe de fusil. Fueron ellos los que, junto con un grupo de militares nacionales, lo sacaron de la prisión y lo llevaron a un pueblo a pocos kilómetros de la capital. Eligieron Estepar porque la tierra era blanda y permitía agilizar el proceso: recoger a los elegidos en la cárcel, llevarlos en sólo unos minutos hasta las afueras de la ciudad, asesinarlos por grupos y enterrarlos en poco tiempo. Como ocurrió también con el padre del escritor Fernando Sánchez Dragó, uno de los 400 ajusticiados en este lugar. Quizás el músico Antonio José reconoció el lugar donde le iban a dar sepultura, y le vino a la cabeza lo que ocurrió un año antes, el revuelo que se formó cuando acusó a las autoridades eclesiásticas de encubrir los abusos sexuales del cura de Estepar. El círculo se cerraba de forma diabólica, como si hubiera sido este sacerdote el que hubiera escrito su final. Esta fue una de las posibles causas de su encarcelamiento y muerte, pero, como en el caso de Federico, a Antonio José los fascistas puede que sólo le mataran por ser Antonio José. El odio no necesitaba entonces un argumentario moral para descerrajar ráfagas de tiros contra personas indefensas y lanzar sus cuerpos a las cunetas.

Afirman que cuando a María de Maeztu le propusieron ser una de las fundadoras del Lyceum club femenino de Madrid —junto a Clara Campoamor, Isabel  Oyarzábal,  María  Lejárraga y Zenobia Camprubí, entre otras—, no se lo pensó demasiado. Su proyecto de incluir a las mujeres españolas en la educación avanzaba unos metros más. Su ideología progresista se solidificó durante la Segunda República y se congeló cuando el pelotón de fusilamiento disparó contra su hermano Ramiro, periodista, escritor y militante del partido de derechas Renovación Española. María no se unió al franquismo, se exilió, pero con la ideología quebrada por el ajusticiamiento de su hermano, con la que le unían tantas cosas y la separaban otras tantas. Volvió a España en 1944, pero todavía no le perdonaban su pasado y con las mismas se volvió a Argentina, donde murió sin entender lo que había pasado en su país en el segundo semestre de 1936, cuando las bestias se adueñaron de las calles, de los ríos, de los páramos y de las almas de las personas. Tampoco entendía nada Pedro Muñoz Seca cuando lo detuvieron en Barcelona. Desde la ciudad catalana, en ese momento en manos de los milicianos —y de otras tantas facciones republicanas, que un año más tarde acabaron liándose a tiros entre ellas en las calles de Cataluña—, lo llevaron a Valencia y luego a Madrid, el peor destino, en pleno terror rojo, para un dramaturgo que había satirizado a la República como ningún otro. Los comisarios soviéticos no entendieron sus chistes y tampoco tuvieron ninguna compasión por el resto de los prisioneros a los que “pasearon” durante el otoño del 36. A los pocos días de entrar en prisión, el autor de La venganza de don Mendo fue ejecutado en Paracuellos del Jarama. Ante sus verdugos no perdió su famoso humor negro y supuestamente les dijo aquello de: “Podéis quitarme mi hacienda, mi patria, mi fortuna e incluso mi vida. Pero hay una cosa que no podéis quitarme: ¡el miedo que tengo ahora mismo!”.

Sostienen que Fernando Sánchez Dragó se enteró de que su padre había sido asesinado por los sublevados en una manifestación a la que acudió en 1951. Un comisario de la policía franquista lo reconoció y le dijo: “Eres un resentido porque matamos a tu padre”. A partir de ese momento se desató una tormenta en el interior del escritor que dio lugar a varios libros y le llevó a pasar una noche en el cementerio de Burgos, practicando psicofonías en busca de los lamentos de su padre y del resto de los represaliados de la Guerra Civil que habían sido sepultados en esa zona. Pero no todos los señalados fueron ejecutados; los hubo que salvaron la vida, como Wenceslao Fernández Flórez, el autor de El bosque animado, que jugó con éxito al escondite con los milicianos que lo perseguían. El creador del bandido Fendetestas consiguió cobijo en las embajadas de Argentina y Países Bajos y desde allí partió rumbo a Valencia. La intención era huir en un barco, pero sus perseguidores le obligaron a cambiar de planes y tuvo que dejar su país cruzando por los Pirineos. Suerte también tuvo uno de los mejores porteros de fútbol de nuestra historia, el gran Ricardo Zamora. Según el relato del escritor Ramón Gómez de la Serna, en la cárcel se encontró con un inesperado salvador, el poeta bohemio Pedro Luis de Gálvez, que pagó de esa forma la deuda en forma de desayunos y filetes que tenía con el cancerbero. Pedro Luis de Gálvez también intentó salvar a Muñoz Seca, pero esa era una empresa imposible; el dramaturgo tenía ya la esquela escrita. Se rumoreaba que, ante la imposibilidad de conseguir su liberación, Pedro Luis le aseguró al autor de La venganza de don Mendo que lo ejecutaría él mismo como compensación. El literato le contestó: “Honradísimo, Gálvez, honradísimo”. José María Hinojosa, Antonio José, Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu y tantos otros, tan muertos y tan olvidados, ensombrecidos por la gigantesca figura de Federico García Lorca. El aniversario del poeta granadino debería haber servido para recuperar la memoria de todos esos escritores, intelectuales y artistas ejecutados por los hunos y por los hotros, que decía Unamuno; sin embargo, nos quedamos en la superficie: “A García Lorca lo mataron los fascistas por rojo y por maricón”. Y con esta frase damos por finalizado el debate sobre la Guerra Civil. Otra vez más, el debate queda reducido a la eterna lucha entre fascistas y antifascistas. Profundizar exige esfuerzos y un tiempo que sólo queremos gastar en Instagram.

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