El domingo pasado fue el Día de la Mujer. Y pensé que estaría bien escribir algo al respecto.
La verdad es que me habría encantado escribir algo positivo sobre los referentes feministas que tenemos en España, también en política. Pero no puede ser.
Porque entonces aparece Irene Montero y te lo pone muy difícil.
Y sí, lo reconozco: escribo bastante sobre Irene Montero. No es una fijación personal. Es simplemente que pocas personas producen con tanta facilidad ideas desafortunadas, comentarios hipócritas o contradicciones difíciles de ignorar.
Hace unos días vi un vídeo suyo en Instagram, comentando una publicación de una influencer —May Awake— que decía algo muy simple: que ella es feliz cocinando, cuidando a sus hijos y a su marido. Y que parece que, por decir eso, está cometiendo algún tipo de crimen ideológico.
La respuesta de Montero pretende ser conciliadora. Dice que el feminismo consiste precisamente en que las mujeres sean libres de hacer lo que quieran.
El problema es que el propio vídeo se encarga de desmontar su mentira.
Porque empieza diciendo algo bastante revelador: que esa mujer no parece tan feliz como dice. Es decir, antes incluso de entrar en el debate, ya está cuestionando su elección, sin tener ningún tipo de información. Si una mujer dice que disfruta de cuidar su casa o su familia, inmediatamente se pone en duda su autenticidad. ¿Seguro que eres feliz? ¿No estarás engañada? ¿No estarás oprimida sin darte cuenta?
Curiosa forma de defender la libertad: empezar cuestionando cómo la usa el prójimo.
Luego llega la segunda contradicción. Montero dice que lo que el feminismo no quiere es que una mujer haga tareas domésticas obligada en lugar de trabajar, descansar, ver a sus amigas o hacer lo que le apetezca.
Y aquí es donde el discurso empieza a parecer más fantasía que realidad.
Porque en cualquier hogar —con hombres, mujeres, o lo que sea— alguien tiene que hacer esas tareas. La comida no aparece sola. Los niños no se cuidan solos. La casa no se mantiene sola. La vida adulta, en pareja y en familia, consiste precisamente en organizarse para que cada uno contribuya de alguna manera.
Trabajando fuera. Cuidando dentro. O combinando ambas cosas.
Pero hay algo bastante evidente que parece desaparecer en este tipo de discursos: las responsabilidades casi nunca coinciden con lo que más nos apetece hacer.
Da igual si trabajas en una oficina, si cocinas en casa o si te toca llevar a los niños al colegio. Muchas veces preferiríamos descansar, salir con amigos o hacer otra cosa.
Y sin embargo lo hacemos. Se trata de responsabilidad.
Imaginemos por un momento la situación inversa: una pareja decide que ella trabaja fuera y él se ocupa más de la casa. Un reparto perfectamente posible y perfectamente legítimo.
Pero llega un día y él decide que no piensa hacer nada de eso porque preferiría descansar, quedar con sus amigos o “hacer lo que le apetece”.
¿Cómo lo llamaríamos?
¿Libertad?
¿O irresponsabilidad?
Cuando se plantea en esos términos ya no parece una cuestión ideológica. Parece simplemente alguien que no quiere asumir su parte.
Y eso es lo que resulta tan extraño de este argumento: presentar las obligaciones domésticas como si fueran un problema feminista, cuando en realidad son algo mucho más simple: Responsabilidades. Cuidar del hogar no es, en sí mismo, una cuestión de género (aunque puedan haberlo sido en el pasado). Es, simplemente, parte de la vida adulta. Como trabajar, pagar facturas o impuestos.
Tratar de posicionar este debate como una especie de opresión de género cuando lo que estás haciendo es contrastar una “obligación” frente al ocio o al descanso es, como poco, demagógico.
Pero las responsabilidades no desaparecen solo porque tengamos mejores planes.
En una familia alguien tendrá que hacer esas tareas. La cuestión no es si apetece o no apetece. La cuestión es cómo se reparten. Y cuando ese reparto se decide libremente entre dos adultos, convertirlo en un problema feminista dice más del discurso que de la pareja.
Porque la verdadera igualdad y la verdadera libertad no consisten en sustituir un modelo obligatorio por otro.
Se trata de aceptar que la gente puede organizar su vida de maneras distintas… sin tener que pedir permiso para hacerlo.
Y, desde luego, sin que nadie intente vendernos su pereza e irresponsabilidad disfrazadas de feminismo revolucionario en el hogar.
