La expedición del Papa por España no ha sido el bálsamo que Pedro Sánchez deseaba. En todo caso ha sido al revés, una suerte de constatación de que hay otra manera de actuar, de encarar los problemas, de tratar a los ciudadanos como personas adultas. Frente al espejo del Papa, la política española se ha reflejado como un adefesio contemporáneo, de nivel paupérrimo y presencia tosca. En el discurso del pontífice ante las Cortes quedó claro que ese atril le queda grande a los que han convertido el servicio público en vergüenza ajena, en gresca estéril, en un negocio del enfrentamiento. León habló y todos guardaron silencio, pero en ese mutismo no había reflexión ni propósito de enmienda, había una suerte de pausa antes de la vuelta al zafio intercambio de ruido, antes de regresar a la contienda que camufle las verdades y amplifique las mentiras, antes de tornar a la retroalimentación del odio bajuno, a la deformación de los hechos y a la construcción de trincheras.
Ese espejo del Papa, en el que todos se quisieron mirar, en el que todos quisieron reconocerse, fue solo un breve espejismo. Una sombrita en mitad del desierto. Ayer volvimos a la normalidad en un Congreso cada vez más desgastado por la gracia de un Gobierno sentenciado, que sigue batiéndose en el empeño de figurar como algo más que un compendio de escombros mal apilados. No es que la legislatura esté acabada, es que nunca ha terminado de empezar. No hay vuelo que retomar, no hay senda por la que seguir. Todo este trampantojo fue concebido única y exclusivamente para sobrevivir a todos los pecados que traía incubado en su vientre el partido y el líder que ocupan hoy la bancada azul.

El objetivo no era gobernar el país, la meta era gobernar el apocalipsis judicial mediante la detención del poder. Y para eso, además de un nulo sentido de Estado y una visión atrofiada de lo que es la dignidad, se tenía que dar la circunstancia de que hubiese alguien con tan pocos escrúpulos y tan poca conciencia que atara su destino al de una nación, secuestrándola y condenándola a la parálisis por lo frenético de las tropelías que se han cometido bajo su mando. Alguien tan frío e inconsciente que fuese capaz de silbar ante todos y cada uno de los escándalos que marcan su agenda y su día a día. Alguien con los niveles de decencia y de honradez tan por los suelos que no albergara reparos para pasar de puntillas sobre socavones que habrían hecho dimitir a cualquier sujeto con un mínimo de cordura. Alguien a quien no le importa un comino enfangar todo con tal de presentarse como víctima cuando la realidad le dibuja como culpable o cómplice necesario de todo el sindiós que nos rodea.
Nada de esto sería posible si no existiera alguien con los parámetros morales de Pedro Sánchez. Ahora la nueva bola, la nueva patada hacia adelante al balón, es que va a presentar los presupuestos. El hombre de las prórrogas ve que se acercan los penaltis y que ya no tiene ni portero ni lanzadores. Todo se basa en ganar tiempo con ocurrencias, aunque éstas ya hayan perdido el efecto después de tanta falsedad, de tanta decepción. Sánchez sigue con su guion, que es uno alternativo al que dicta el guionista del presente. Y de ahí no se mueve, aunque cada sílaba que pronuncie suene a majadería, aunque sus filigranas parezcan los pasos descartados de un pato mareado. Da igual, nada importa para quien nada tiene que perder. Da lo mismo parecer un lunático disociado y afirmar tajantemente cualquier disparate que no hace falta ni asomar la cabeza por la ventana para saber que es mentira. Ni el más optimista y fiel de sus fanáticos es capaz de asentir con convicción las ocurrencias que desparrama el presidente. Los apoyos que tiene se basan ya solo en la pura necesidad.
Dice que estamos en el mejor momento democrático de nuestra historia. Y la democracia, pisoteada y arrastrada por los suelos, suelta una risotada que llega a los oídos de todos los españoles. Tiene mucho mérito decir algo así con la que está cayendo sin que se te caigan todos los palos del sombrajo. Pero qué esperar de alguien que edificó (o dejó que edificaran, para los más quisquillosos e inocentes) una cloaca bajos sus pies para intentar zafarse, qué esperar de alguien que desde el Estado atacó a los mecanismos democráticos más elementales para tratar de cubrirse las espaldas. Porque la cloaca casa perfectamente con Sánchez, es una anexión inseparable de su legado, una consecuencia de su manera de entender el mundo. Y Leire, la reina de ese imperio del lodo, es la mejor embajadora de la mediocridad que lleva aparejada esta etapa negra del socialismo.
La cloaca va cosida a Sánchez porque es él mismo quien nos dio pistas al querer crearse una coartada novelesca frente a los espectadores. No podemos olvidar que es el presidente que salió en la televisión pública, en prime time, a señalar jueces. El tipo de la misiva amenazante, de la declaración de intenciones más hampona de toda nuestra democracia. Sánchez es la piedra sobre la que se ha edificado este circo donde cada día crecen más enanos. Sánchez es su propia piedra en su camino, y es imposible evitar tropezar con la misma piedra cuando tú eres el propio obstáculo. No hay redención posible para quien se resiste a aceptar que todo tiene un final.

