“Tengo muchísimo miedo y no sé cómo quitármelo”. Carmela Mondéjar nos atiende desde Varsovia. La crisis del hantavirus le ha sorprendido en un viaje turístico con amigos y no pueden evitar que centre el contenido de alguna de sus conversaciones mientras toman un café. Dice que le humedecen los ojos cuando escucha la palabra hantavirus. Han pasado seis años desde que sobrevivió a una de las formas más devastadoras de coronavirus en Aragón y siente que algo se ha activado de nuevo dentro de ella. “Es exactamente igual que empezamos con el COVID-19. Que sí, que no. Que no pasa nada. Que está controlado. Y luego vino todo aquello”.
Cuarenta días sedada
Carmela, trabajadora social jubilada y vecina entre Zaragoza y Canfranc, sabe lo que significa escuchar a médicos hablando de un virus desconocido mientras el resto del mundo todavía cree que la amenaza es lejana. El 11 de marzo de 2020 ingresó en el Hospital Miguel Servet tras regresar de un viaje a Dubái. Aquella misma noche dio positivo por coronavirus. Lo que vino después fue un descenso prolongado al límite de la supervivencia. Tres meses hospitalizada, 53 días en la UCI, 40 días sedada, fallo multiorgánico, hemodiálisis, infecciones encadenadas y llamadas desesperadas de los médicos a su marido, Santiago del Val, para advertirle de que probablemente no sobreviviría.
Ahora, en mayo de 2026, el brote de hantavirus detectado en el crucero antártico MV Hondius ha reabierto un temor que millones de personas arrastran desde la pandemia. Aunque la Organización Mundial de la Salud insiste en que el riesgo global es bajo y en que la transmisión entre personas del hantavirus es extraordinariamente limitada, el miedo vuelve a propagarse con una velocidad mucho mayor que el propio virus.
“Lo hablamos aquí, en el grupo, y se me saltaban las lágrimas”, cuenta Carmela desde Polonia. “Tengo pavor al avión de vuelta a España porque es un habitáculo cerrado. Ya no me creo lo que dicen. Todos se reían al principio del coronavirus. La OMS decía que estaba controlado. Y yo terminé en coma”.
La escena se repite de forma casi idéntica en miles de conversaciones privadas, redes sociales y grupos de WhatsApp. El aislamiento del Hondius frente a Cabo Verde, las evacuaciones médicas, las imágenes de pasajeros confinados y el goteo de contagios han activado una memoria colectiva extremadamente sensible. No importa que epidemiólogos europeos y estadounidenses repitan que no existe un escenario comparable al SARS-CoV-2. El miedo no funciona con estadísticas, sino con recuerdos.
Una ola global de ansiedad
Los neurocientíficos explican que las experiencias traumáticas dejan una huella duradera en la amígdala cerebral, la estructura encargada de detectar amenazas. Después de una pandemia global, palabras como “cuarentena”, “crucero”, “virus desconocido” o “rastreo de contactos” actúan como detonantes emocionales automáticos. El cerebro prioriza la supervivencia antes que el análisis racional. Y eso explica por qué un brote limitado puede convertirse en una ola global de ansiedad.

Carmela lo describe de forma intuitiva, sin necesidad de terminología científica. “Mi cuerpo recuerda antes que mi cabeza”, dice. “Yo escucho ciertas cosas y vuelvo automáticamente a marzo de 2020”. Entonces tenía 66 años y acababa de jubilarse. Aun convaleciente, nos contó meses después que preparaba viajes con su marido y sentía que estaba viviendo una segunda juventud. El coronavirus arrasó de golpe esa vida. Cuando despertó del coma el 12 de mayo de 2020, apenas podía moverse. Había perdido masa muscular, sufría fibrosis pulmonar, problemas neurológicos y secuelas permanentes. Salió del Servet en silla de ruedas entre aplausos del personal sanitario.
Aquella imagen se convirtió en uno de los símbolos de supervivencia de la pandemia en Aragón. Pero sobrevivir no significa olvidar. La psicología denomina “memoria traumática colectiva” a la persistencia emocional que dejan acontecimientos extremos compartidos socialmente. El covid provocó millones de muertos y alteró la percepción mundial del riesgo. Desde entonces, cualquier amenaza infecciosa se interpreta a través del filtro de 2020.
Un crucero, contagios internacionales… “Esto ya lo vivimos”
Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el hantavirus. El caso del MV Hondius reúne además todos los elementos capaces de disparar la alarma social. Un crucero aislado, pasajeros atrapados, contagios internacionales, muertos, incertidumbre científica y gobiernos discutiendo protocolos de entrada. A Carmela las imágenes le recuerdan inevitablemente al Diamond Princess, el barco convertido en icono planetario del inicio de la pandemia. Ver otro barco aislado reactiva inmediatamente ese imaginario.

A ello se suma un fenómeno que la OMS bautizó durante la pandemia como “infodemia”: una sobreabundancia de información, rumores y mensajes contradictorios que dificulta distinguir evidencia científica de especulación emocional. En redes sociales ya circulan teorías conspirativas, falsas curas y mensajes apocalípticos sobre el hantavirus. El patrón es idéntico al observado durante el covid.
Carmela pertenece a esa generación marcada por el recuerdo del colapso hospitalario. Habló con gratitud inmensa del personal sanitario que la salvó en el Miguel Servet -“iban con bolsas de basura encima de las batas”-, pero también arrastra una desconfianza hacia los organismos internacionales. “Quiero pensar que no será nada -dice antes de despedirse-, pero en marzo de 2020 todos pensábamos exactamente lo mismo”.
