Todos recordamos, aunque sea de manera difusa, momentos felices de la infancia. La risa con un amigo, el olor de la casa de nuestros abuelos, la emoción de un primer viaje. Sin embargo, la mayoría de los adultos no conservamos nada de nuestra etapa de bebés.
Esa ausencia de recuerdos conscientes, conocida como amnesia infantil, ha fascinado a psicólogos y escritores durante más de un siglo. Sigmund Freud atribuía este olvido a la represión de recuerdos ingratos, especialmente los relacionados con la fase edípica, pero la investigación moderna demuestra que la realidad es mucho más compleja y menos dramática, según nos explica el psicólogo José María Ruiz Vargas.
Autor de La memoria y la vida, un ensayo en el que vierte la evidencia científica, sus dos décadas de estudio de la memoria y el legado de los grandes pensadores y escritores, nos sorprende con una primera advertencia: “Tras casi veinte años de estudio y escritura he aprendido muchas cosas. La fundamental, que todavía sabemos muy poco acerca de la memoria humana. Sigue siendo el mayor misterio de la biología y la psicología”. Sí deja claro es que no olvidamos lo vivido en nuestros primeros años por culpa de traumas, “sino porque la infancia misma está construyendo nuestra mente y nuestro corazón de maneras que aún no podemos comprender del todo”.
La memoria de las emociones
Durante décadas se creyó que los bebés no tenían memoria. Hoy sabemos, según nos dice el psicólogo, que aprenden, retienen información y recuerdan experiencias, aunque de manera frágil e inestable. Un niño de dos años puede recordar cómo jugar con su peluche favorito o reír durante un paseo, pero esos recuerdos conscientes desaparecen con el tiempo. “La amnesia infantil comienza temprano, porque la memoria autobiográfica depende de un yo cognitivo en desarrollo, del lenguaje y de la madurez del cerebro”.
El hipocampo, encargado de almacenar recuerdos, está en pleno crecimiento durante los primeros años. “Esto significa que las experiencias se registran, pero muchas veces no llegan a consolidarse como recuerdos conscientes. Sin embargo, dejan huellas invisibles en nuestra memoria emocional: una sensación de seguridad, de amor, de pertenencia”.

No todo se olvida. Los recuerdos tempranos a menudo permanecen como memorias implícitas, invisibles pero poderosas. Un paseo por la playa, un viaje de fin de semana o una noche de cuentos antes de dormir pueden formar la base de nuestra confianza y bienestar, aunque no recordemos los detalles. Lo que importa no es la memoria explícita, sino la experiencia emocional compartida. El abrazo de un padre o la sensación de estar protegido en un mundo desconocido.
“Nadie nos corta la memoria, la lengua…”
Los lugares donde crecemos también se convierten en espacios de identidad y seguridad. Ruiz Vargas menciona la teoría del apego de John Bowlby, según la cual los vínculos tempranos con los cuidadores proporcionan una “base segura” para explorar el mundo. Lo mismo ocurre con la casa, el barrio, la calle donde jugamos. Es la memoria emocional la que mantiene viva esa conexión. Aunque olvidemos cómo era exactamente el patio de nuestra infancia, el olor de la cocina o el sonido de la campana, la sensación permanece.
El psicólogo recuerda al poeta argentino Juan Gelman. “Obligado a exiliarse en 1975, expresa en Bajo la lluvia ajena un dolor que no es político, sino afectivo. Lo conmovedor no es la pérdida de un país abstracto, sino la conexión íntima con los detalles de su infancia: la calle donde murió su perro, las pequeñas rutinas y paisajes que constituían su mundo seguro”. Gelman recuerda: “Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores”.
La memoria funciona como un cordón umbilical imposible de romper. La identidad emocional permanece anclada allí, moldeada por los recuerdos implícitos de la infancia y los vínculos afectivos tempranos. “Todo lo que la infancia guarda quedará en nuestra memoria envuelto en el celofán del asombro, la admiración y la magia, y acabará convirtiéndose en la imagen de la felicidad”, subraya Ruiz Vargas.
En su autobiografía, Friedrich Nietzsche revive la noche en la que, con solo cinco años, tuvo que abandonar Röcken, su pueblo natal. Describe cómo jugó por última vez con otros niños al atardecer, mientras la campana marcaba el cierre del día. La luz caía, los carros se cargaban y su mundo se desmoronaba. La tristeza era física, casi tangible. Nietzsche no solo perdía una casa, sino todo un universo de afectos y seguridad que daba sentido a su existencia. Aunque muchos recuerdos conscientes se pierdan, la huella emocional de esa separación temprana permanece.
Importa la calidad afectiva
Aunque un adulto no recuerde un viaje, una celebración o un juego de infancia, esas experiencias compartidas con figuras de apego seguro dejan una huella profunda. Estudios recientes, como el publicado en Science en 2025, demuestran que los bebés forman recuerdos desde el primer año. La dificultad está en recuperarlos conscientemente, no en que hayan ocurrido.

Lo fundamental no son los recuerdos espectaculares o extraordinarios, sino la calidad afectiva de la experiencia: el cariño, la atención, la presencia de los padres o cuidadores. Estas experiencias crean una base de seguridad emocional que se refleja en la confianza, la capacidad de relacionarse y la resiliencia del niño.
La infancia que nos moldea
Aunque olvidemos la mayor parte de nuestra primera infancia, esta no desaparece. Su huella permanece y moldea nuestra personalidad y emociones. Los lugares y experiencias de los primeros años se sienten como si estuvieran siempre presentes, incluso explican la nostalgia por tiempos y lugares que apenas podemos narrar o recordar conscientemente.
Compartir experiencias con el bebé desde edades tempranas fortalece la seguridad, el cariño y la confianza. Crea un legado invisible que nos acompaña toda la vida. “Somos nuestra infancia -concluye Ruiz Vargas. Las experiencias de los primeros años marcan para siempre nuestras vidas. Lo que nos sucede en los años más tempranos de nuestra existencia deja una marca indeleble en nuestra memoria que modela definitivamente nuestras creencias y actitudes ante el mundo y la vida en general. Nacemos tan limpios de actitudes y prejuicios, tan libres de ataduras y convencionalismos, que la vida nos inunda y nos convierte en tierra fértil cual ribera del Nilo”.
