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“Con quién van a sentar a mi hijo”: el miedo al vacío que abre septiembre

Que un hijo cambie de grupo no es un fallo del colegio ni una tragedia para el niño: es, casi siempre, la primera oportunidad real de construir un vínculo

Nos ha escrito una madre, enfadada porque a su hijo no lo han puesto con sus amigos de siempre en la nueva clase. María nos cuenta que el niño llegó a casa cabizbajo, repitiendo que ya no conoce a nadie en su grupo, y ella no sabe bien qué hacer: si ir a hablar con el colegio, si debe confiar en el criterio que ha seguido el centro, o sobre todo cómo ayudar a su hijo, que estos días lo está pasando mal. Quiero agradecerle esta pregunta, porque estoy segura de que muchísimas familias se han sentido igual estos días, delante de un cambio de aula que parece pequeño y que, sin embargo, remueve mucho.

Lo primero que conviene decir es que ese miedo casi nunca es solo del niño. Es, sobre todo, del adulto que lo escucha. Cuando un hijo cuenta que ha perdido a sus amigos de clase, muchos padres sentimos ese mismo vacío que sentiríamos nosotros si nos tocara empezar de cero en un lugar nuevo, y sin darnos cuenta nos mimetizamos con su malestar. Si yo también me asusto, no puedo ofrecerle a mi hijo un relato distinto del que él trae a casa, y entonces mi propio miedo termina confirmándole que ese vacío es, en efecto, insostenible.

Y sin embargo, de eso se trata exactamente: de un vacío, no de una pérdida. No es tanto con quién le sientan, sino el espacio que se abre cuando toca reconstruir un vínculo sin saber todavía quién lo va a ocupar. Ese vacío incomoda, y mucho, pero conviene no confundirlo con una amenaza: es la condición necesaria para que algo propio pueda construirse ahí dentro. Un niño al que nunca dejamos sentir ningún vacío no tiene, tampoco, ningún lugar desde el que buscar ni desde el que desear.

La edad, además, importa mucho en todo esto. No es lo mismo un niño de cinco o siete años, con una disposición mucho más abierta y una facilidad casi natural para hacer grupo con cualquiera, que un chico de doce, trece o catorce años, para quien reconstruir un círculo de pertenencia cuesta muchísimo más, porque en la adolescencia el grupo de iguales ocupa un lugar central en la propia identidad. Cuanto mayores, más tiempo y más delicadeza necesita ese proceso, y conviene que la familia lo sepa para no exigir la misma rapidez a todas las edades.

En un colegio, esto no puede dejarse al azar. Por eso procuramos que las clases no sean compartimentos cerrados y opacos: a lo largo de la etapa, los alumnos se van cruzando con compañeros distintos, en proyectos, en agrupamientos y en actividades compartidas, precisamente para que la posibilidad de conectar no dependa de un único reparto hecho en septiembre. Un colegio tiene la responsabilidad de favorecer activamente el encuentro, la relación y la confianza, no solo de explicar un criterio cuando una familia se queja.

Esa confianza, además, no se construye solo el primer día de curso explicando por qué se ha hecho un reparto de una manera y no de otra. Se construye semana a semana, con hechos: profesores atentos a que ningún alumno quede realmente solo, actividades pensadas para que los grupos se mezclen de verdad, y un seguimiento cercano precisamente en esas primeras semanas, que suelen ser las más delicadas para cualquier niño que empieza en un grupo nuevo.

Ahora bien, y esto es quizá lo más importante de todo: la tarea de los adultos no es evitarle a nuestros hijos ese momento de vacío, sino acompañarlos mientras lo atraviesan. Porque es justo ahí, en la dificultad de no saber con quién vas a estar, donde un niño empieza a generar sus propios recursos para buscar su lugar con el otro. Si cada vez que protesta le resolvemos la situación, solicitando el cambio de clase, insistiendo hasta lograrlo, le estamos quitando la oportunidad de construir una herramienta que es completamente suya, y que ningún adulto puede entregarle hecha desde fuera.

Volviendo a las tres preguntas de esta madre: sí, se puede ir a hablar con el colegio, para entender el criterio con el que se ha hecho el reparto, que no es lo mismo que ir a pedir que se revierta la decisión. Conviene confiar en que el colegio agrupa pensando en el encuentro de todos los alumnos, no de forma arbitraria. Y ayudar a un hijo no significa resolverle el malestar, sino sostenerlo con calma mientras él encuentra su propia manera de tejer algo nuevo.

Los vínculos que de verdad sostienen a una persona a lo largo de la vida no suelen ser los que ya venían garantizados, sino los que tuvo que construir cuando no había nadie conocido cerca. Esa es la competencia real que queremos para nuestros hijos: no la de no perder nunca a nadie, sino la certeza de que, aunque el grupo cambie, ellos son capaces de encontrar su sitio.

Así que la próxima vez que un hijo llegue a casa con esa frase, la tarea no es prometerle que nunca más se va a sentir así, ni correr a arreglarlo desde fuera. Es sostenerlo con confianza, y recordar, para nosotros mismos primero, que ese vacío que tanto nos asusta es, casi siempre, el principio de algo que todavía no tiene nombre.

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