Demi Moore ha sido una de las grandes presencias del Festival de Cannes desde su llegada el 12 de mayo a la Croisette. La actriz, de 63 años, no acudió esta vez solo como estrella invitada, sino como miembro del jurado oficial de la 79ª edición del certamen, encargado de decidir la Palma de Oro. Sin embargo, su papel institucional ha quedado en parte desplazado por su imagen física y el regreso de una estética marcada por cuerpos cada vez más delgados.
Moore ha desfilado estos días con varios diseños de alta costura. En el photocall del jurado lució un vestido blanco de lunares multicolor de Jacquemus, combinado con gafas cat-eye, bolso a juego y zapatos blancos. Para la inauguración apostó de nuevo por Jacquemus, esta vez con un vestido plateado de lentejuelas y palabra de honor, acompañado de joyas de Chopard. También se la ha visto con varios diseños de Gucci, entre ellos un vestido malva de chifón drapeado y otro rojo de aire escultórico.

La cuestión, sin embargo, no se ha limitado a la moda. Su figura ha despertado comentarios sobre la delgadez extrema en Hollywood. Algo similar ocurrió en los últimos Oscar, cuando la imagen de Moore, Nicole Kidman y Emma Stone fue relacionada por algunos medios con el regreso del llamado heroin chic, una estética asociada a los años noventa. En los últimos días, Olivia Wilde también se vio envuelta en una polémica parecida tras una aparición pública que se volvió viral. La actriz respondió con humor a los comentarios sobre su aspecto y aseguró que no estaba muerta, atribuyendo parte del efecto a un mal ángulo y a una lente deformante.
El caso de Moore resulta especialmente llamativo por su relación reciente con La sustancia, película en la que interpreta a Elisabeth Sparkle, una celebridad enfrentada al envejecimiento y a la presión por conservar una imagen idealizada. La actriz presentó esa cinta en Cannes y recibió por ella una nominación al Oscar.

No se trata de diagnosticar a una actriz ni de convertir su cuerpo en espectáculo. El debate apunta a una industria que, después de años de discursos sobre diversidad corporal y aceptación, parece volver a premiar siluetas cada vez más estrechas. La diferencia con décadas anteriores es que hoy esa delgadez no se presenta como dieta estricta, sino bajo palabras como bienestar, longevidad, disciplina, desinflamación u optimización.
En este contexto también aparece la llamada “era Ozempic”, vinculada al uso de fármacos para perder peso y a una nueva forma de entender el cuerpo como proyecto permanente de control. La alfombra roja, de los Oscar a Cannes, vuelve a funcionar como escaparate de una belleza difícilmente alcanzable. Y aunque nadie pueda afirmar qué hay detrás del aspecto de cada celebridad, sí resulta legítimo preguntarse por qué la industria vuelve a convertir la extrema delgadez en una imagen aspiracional.
