La instrucción del caso Andic avanza a velocidad de crucero, a novedad por semana, desde que el 19 de mayo Jonathan entró engrilletado en el juzgado de Martorell, y salió en libertad con medidas cautelares y un millón de euros menos en el bolsillo. Golpeado, pero ni mucho menos derribado, el primogénito cargó una semana después contra el cúmulo de indicios presentados por los Mossos, revelando para ello la enfermedad degenerativa de su padre, para demostrar cierta tendencia al tropiezo, como el detalle de algunas testificales del entorno, que desmontarían la supuesta mala relación padre-hijo que alegan los Mossos unida a la obsesión de Jonathan por el dinero como móvil del crimen.
La investigación ha adquirido una dimensión caleidoscópica. Según se dé uno u otro giro, los cristales combinarán de una otra forma como está sucediendo con el hilo argumental, partiendo de que hasta ahora los Mossos no han hallado una prueba que resulte del todo concluyente. Tienen un hilo argumental de indicios criminales, pero les falta dar la puntada final. Ahí pretende llegar la jueza con su último auto.
Los misterios del móvil “robado”
Su objetivo: estrujar al máximo las posibilidades que a día de hoy ofrece cualquier teléfono móvil en toda causa criminal. Es el chivato por antonomasia. Incluso cuando, como ocurre en este caso, en principio no hay móvil. Según Jonathan, porque se lo robaron a un viaje por trabajo a Ecuador, seis meses después de los hechos. Según los investigadores, porque se deshizo de él. Aseguran que han intentado seguir su rastro, sin éxito. De ahí que ahora la jueza reclame toda tipo de pesquisas. Desde que el acusado presente alguna prueba de esa sustracción; si la denunció, por ejemplo. Hasta que la compañía telefónica aporte el registro de llamadas y mensajes entrantes y salientes de los días previos y posteriores al viaje, entre el 21 y el 26 de marzo de 2005.
A la jueza Raquel Nieto le importa cuándo y con quién habló Jonathan durante esos días, al igual que los instantes posteriores a la muerte. ¿Por qué llamó primero a Estefania Knuth, la pareja de su padre, cinco minutos antes de llamar a Emergencias? ¿Escribió a alguien? Y, sobre todo, ¿contó con la colaboración o asesoramiento de terceros? Por primera vez, Nieto abre esa vía a la especulación del tercer implicado. ¿Y si alguien más estaba al tanto de los supuestos planes de Jonathan para matar a su padre? ¿Alguien pudo encubrirlo o ayudarle a trazar un plan B? De ser así, ¿quién cumpliría ese perfil en su entorno: su pareja, sus hermanas, algún trabajador de la empresa…?
El foco acusador que solo apuntaba al primogénito ha empezado a rotar, como el que busca entre los muros al preso que intenta fugarse en plena noche del penal. El gran condicionante de este caso siempre ha sido ese, que todo ocurrió en un punto ciego, sin cámaras ni testigos, aparte de los dos implicados. Y uno está muerto. Allí solo estaban padre e hijo; patriarca y heredero; víctima de una caída mortal y el presunto homicida a ojos de los investigadores. Pero, ¿alguien más les servía de nexo? ¿Quién les había ayudó a ensamblar una relación supuestamente marcada por los roces propios del emporio y el clan familiar? Es ahí donde, como si de una novela de Agatha Christie se tratara con su comodín del personaje exótico que embrolla o desembrolla la trama, aparece la figura de la psicoterapeuta familiar.
El diván de los Andic
No se anuncia en redes ni su consulta aparece en internet. Ofrece servicios VIP de psicoanálisis, a los que se acceden por recomendación o boca a boca en determinados circuitos con caché. Aunque ahora, Julia L. ha entrado en otra lista, la del juzgado de instrucción 5 de Martorell. La magistrada quiere que la citen en calidad de testigo, no investigada, pero su nombre aparece vinculado de forma directa a la mención del tercer implicado. A saber si en un mero acto indagatorio o si porque prevé que las pesquisas vayan más allá.
De ella, los Mossos reseñaron en sus diligencias que no solo trataba a Jonathan, sino al resto de la familia. Y que, ante todo, había mediado en el acercamiento padre-hijo tras la crisis de 2015 -que Jonathan niega- tras ser apartado de la dirección de Mango. Pero no solo. También habría sido la artífice de una última reconciliación una vez que el patriarca revela querer crear una fundación para personas necesitadas y, entienden los investigadores, el primogénito teme por su herencia. Y así, termina por reclamar una parte en vida y su padre se la concede, creen que movido también por el consejo de la psicoterapeuta.
Con lo que ella adquiere de repente una dimensión concreta en la causa. Al margen de lo que pueda contar o no por secreto profesional, aún en el trasfondo de un acto homicida. Lo que es indiscutible es que de su papel habla incluso la defensa cuando con cierta ironía destaca “la idea freudiana de la muerte” que tienen los investigadores del caso.
¿Próximo movimiento?
Está por fijarse la fecha de esa testifical, a la espera de que la jueza se pronuncie sobre el recurso de apelación en el que Jonathan reclama la devolución de la fianza. Aunque, a tenor de las nuevas pruebas reclamadas, no haya visos de que la magistrada lo considere procedente. Más aún cuando en su último auto destaca otra declaración del acusado que entiende falta a la verdad.
Mientras el hijo declaró que solía pasear con su padre y que planificaron el recorrido por Montserrat dos semanas antes de los hechos. Los Mossos lo desmontan. Quedaron cinco días antes y llevaban diez años sin hacerlo. Más menos desde la crisis de 2015. Lo que una vez más confirma que todo depende del cristal con que se mire.

