Cuántas horas nos quedan por delante. Fuera de la rutina no solo desaparecen los malabares para conciliar, que ya son un reto en sí mismos. El auténtico desafío es otro: estar más tiempo juntos. Todo se vuelve más intenso. La convivencia aumenta y, con ella, también los roces, los desencuentros y la necesidad de aprender a habitar el tiempo compartido.
En las últimas semanas hemos recibido muchos mensajes de madres que, a pesar del alivio que supone el final del curso escolar, nos han transmitido una cierta angustia ante todas esas horas que quedan por delante. Les asusta la convivencia continua, los conflictos entre hermanos y, sobre todo, la sensación de vacío que aparece cuando se detiene la maquinaria de las rutinas escolares y laborales. Después de tantos meses organizando el día a día, el verano parece desmontar toda la estructura que sostenía nuestras jornadas. Y aunque esperamos esta etapa con ilusión, también aparece la preocupación por lo que está por venir.
Durante el curso, la vida se organiza y la prisa actúa como una especie de anestesia cotidiana. Las obligaciones y el ritmo que nos imponemos apenas dejan espacio para percibir los vacíos. Cada vez toleramos menos el aburrimiento, especialmente en la infancia, llenando los días de actividades, estímulos y entretenimientos. Sin embargo, ahora todo se detiene y descubrimos que, más allá de organizar horarios, el verdadero reto consiste en sostener la presencia.
Algo tan deseado como pasar más tiempo juntos puede producir vértigo. Nos preguntamos si tendremos paciencia suficiente para soportar las discusiones entre hermanos, para llegar a las diez de la noche cuando todavía hay luz y los niños no quieren acostarse, para aceptar que no todas las cenas serán equilibradas o que algunas tardes resultarán monótonas. Y, sin embargo, precisamente ahí reside una parte importante del aprendizaje del verano.
Es fundamental comprender qué significa el tiempo en la infancia. Para los niños, el tiempo es eterno; el presente es prácticamente lo único que existe. Por eso un bebé llora desconsoladamente cuando tiene hambre: siente que esa sensación durará para siempre. Poco a poco, gracias al acompañamiento de los adultos, aprende a tolerar pequeñas esperas y a construir una noción más compleja del tiempo, pero se trata de un proceso que requiere años.
Solo hay que observar cómo los niños se sumergen en sus juegos y no quieren terminarlos nunca. Su relación con el tiempo es muy diferente a la nuestra. Mientras ellos viven en un presente continuo, el mundo adulto se organiza en torno a un tiempo cuantitativo, fragmentado y utilitario, donde cada minuto parece tener que ser aprovechado. Esta diferencia exige un esfuerzo por parte de los adultos: permitir que el tiempo de la infancia sea rutinario, repetitivo e incluso monótono, porque precisamente esa repetición aporta seguridad y estabilidad.
Los niños necesitan poder detenerse a observar una hilera de hormigas sin prisas, construir un castillo de arena durante horas o intentar una y otra vez que una torre no se derrumbe. Sin embargo, muchas veces tratamos de arrastrarlos a nuestro propio ritmo, llenándolos de planes espectaculares y experiencias hiperestimulantes para evitar que se aburran. Quizá este verano podamos hacer lo contrario: permitir espacios vacíos para que busquen qué hacer, para que exploren sus juguetes olvidados, sus libros o su imaginación. El aburrimiento no es un enemigo; puede convertirse en una oportunidad de crecimiento.
Por eso la monotonía tiene tan mala fama entre los adultos y tan buena función en la infancia. La monotonía y el tedio, cuando están sostenidos por un entorno seguro, son estructura. No es lo mismo la rutina repetitiva que puede resultar agotadora para un adulto que la repetición que protege y organiza la vida emocional de un niño. Gracias a ella pueden anticipar lo que viene y sentirse seguros.
El psicoanalista infantil Donald Winnicott acuñó el concepto de holding o sostén para explicar que el niño necesita un entorno suficientemente predecible para desarrollar un yo sano. Que durante el verano los días tengan una cierta cadencia —leer después de comer, echarse la siesta, dar un paseo al atardecer o tomar el mismo helado de siempre— ayuda a construir una infancia más segura. Estos ritmos se interiorizan y permiten crear referencias temporales y emocionales estables.
No debemos olvidar que la repetición de las rutinas familiares no es algo anticuado. Al contrario, supone ofrecer a los niños un suelo firme sobre el que crecer. Es en esa seguridad donde construyen sus raíces, sus recuerdos y muchas de sus referencias vitales. Y para ello se necesita tiempo.
Incluso las discusiones y los conflictos entre hermanos tienen un papel importante. El choque con el otro nos obliga a aprender a convivir. Necesitamos el conflicto para construir relaciones sanas. Como señala Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad que nos educa en el “infierno de lo igual”, haciéndonos cada vez más intolerantes a la diferencia y a todo aquello que nos incomoda.
La convivencia entre hermanos, primos o vecinos nos enfrenta a ritmos distintos, manías, frustraciones y deseos diferentes a los nuestros. Es decir, nos enfrenta a la alteridad. Este aprendizaje resulta fundamental para desarrollar recursos de convivencia y negociación. No desaprovechemos la oportunidad que ofrece el verano para acompañar estos desencuentros y confiar en la capacidad de los niños para encontrar soluciones. Las discusiones cotidianas también son una forma de diferenciarse y de construirse como individuos. Y, afortunadamente, siempre terminan dejando espacio para el reencuentro y la reconciliación.
Quizá ayude recordar que todas las familias están atravesando algo parecido. Tal vez no sea un gran consuelo, pero sí una forma de comprender que estamos viviendo lo que nos corresponde vivir en esta etapa. Además, en menos tiempo del que imaginamos, todo esto habrá pasado. Por eso merece la pena disfrutar incluso de aquello que hoy nos agota: las discusiones, la monotonía, las tardes interminables y el ritmo lento de la infancia. Porque algún día descubriremos que aquello que parecía eterno fue, en realidad, extraordinariamente breve.

