Negligencia o acto deliberado, las dos cosas o ninguna de las dos, lo cierto es que el asalto masivo de migrantes a la frontera entre Ceuta y Marruecos de los pasados 30 y 31 de julio está teniendo importantes consecuencias para las relaciones de confianza entre los dos países que no ha dejado de ponderar nunca el Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez, las relaciones entre España y sus socios comunitarios y también la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad autónoma española. Pero además para Marruecos, cuya imagen de país moderno y dinámico en pleno desarrollo, organizador junto a España y Portugal del próximo Mundial del fútbol ha quedado más que en entredicho después de que más de 70.000 jóvenes, la mayoría nacionales, aprovecharan la inhibición de las fuerzas de seguridad para huir del territorio de su país e irrumpir en suelo español.
Y es que, descartada la posibilidad de que a la muchedumbre de jóvenes magrebíes que irrumpieron en Ceuta les moviera un supuesto sentimiento patriótico exacerbado en aras de una eventual conquista de lo que la narrativa oficial considera una ciudad ocupada, la cruda realidad es que el éxodo de los días 30 y 31 de julio, y el goteo paulatino de semanas precedentes responde al deseo irreprimible de cientos de miles de jóvenes -y no tan jóvenes- de abandonar Marruecos y alcanzar territorio europeo ante lo insatisfactorio de su realidad y horizonte de futuro. La magnitud del asalto y el riesgo -letal para más de un centenar de fallecidos, la mayoría ahogados: la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) elevaba en la mañana de este viernes la cifra hasta los 141 muertos- no dejan lugar a la duda.
¿Qué le ocurre a la juventud marroquí?
Lo cierto es que no se trata de un problema ni mucho menos nuevo. Hace tres lustros, espoleada por las conocidas como Primaveras Árabes, la juventud marroquí se echó a la calle para protestar contra la falta de libertades y la falta de perspectivas profesionales y, en general, contra el trato indigno de los gobernantes -era un mismo grito de El Cairo a Casablanca- hacia su pueblo. Diez meses después, con una agenda menos política que entonces pero más globalizada, una nueva generación de jóvenes marroquíes volvía a salir a las calles de las principales ciudades de país para quejarse ante las deficiencias de los sistemas educativo y sanitario públicos: era la Generación Z.

A pesar de las diferencias, componente mesocrático y urbano de los promotores de las movilizaciones de ano pasado y el carácter rural y perfil de escasa formación profesional en el caso de los protagonistas de la crisis de Ceuta, se trata de la misma generación, con problemas muy semejantes. Aunque se registraron llegadas de jóvenes procedentes de todo el país, el grueso de quienes trataron y lograron entrar en la ciudad lo constituyen jóvenes residentes en el tradicionalmente postergado norte de Marruecos, de Tánger a Uchda, del Rif a las costas de Alhucemas y Nador pasando por Tetuán y su área de influencia.
El vínculo lo establecía esta semana la propia Asociación Marroquí de Derechos Humanos, la ONG independiente con mayor prestigio en el país norteafricano, quien no dudó e pasado sábado en señalar a las autoridades marroquíes por su responsabilidad ante lo ocurrido. Marruecos crece en números macro, sería injusto decir que hay una case media, aún modesta, que trata de consolidarse a duras penas en las últimas décadas. Pero lo cierto es que siguen existiendo millones de ciudadanos, sobre todo los residentes en zonas rurales fuera de eje Tánger-Rabat-Casablanca-Marrakech, excluidos de los avances en el reciente desarrollo de Marruecos.
Ello quedó en evidencia tras el mortífero terremoto del Alto Atlas de hace ahora tres años -en el que perdieron la vida- casi 3.000 personas- y vuelve a quedar en la huida masiva y mortífera de miles de jóvenes de la pasada semana. Marruecos cerró 2025 con un paro juvenil del 37,2% y con una parte importante de su población trabajando sin contrato o sin cotizar.

“Este es el mejor reinado que ha tenido Marruecos, porque el PIB se ha triplicado en 27 años, pero está claro que la riqueza no está llegando a todo el mundo. Hay un Marruecos que se está quedando atrás, sobre todo en las áreas no urbanas”, recuerda a Artículo14 el analista y consultor en políticas migratorias José Carlos Cabrera Medina.
Para el experto en los movimientos migratorios procedentes de Marruecos para explicar la virulencia del fenómeno de las últimas semanas, hay que tener en cuenta una migración interior de carácter estacionario del este del país hacia la zona norte, el cierre desde la pandemia de las fronteras de Ceuta y Melilla y la marginación secular de las provincias septentrionales del país magrebí. “Marruecos sabe a ciencia cierta que su mercado laboral no puede absorber la cantidad de personas jóvenes que tiene, y en situaciones como este el Estado recurre al nacionalismo, al enemigo exterior como fuerza aglutinante. Y a los que organizaron lo de Ceuta se les fue de las manos”, explica.
Tras lo ocurrido y con el daño sufrido por la imagen del país y por miles de jóvenes, una parte de ellos menores de edad, Cabrera Medina estima que para que Marruecos sea tomado por España y la UE “como un Estado fiable y serio debería trabajar para que se conozca cuál es la situación real de las familias de los menores que han emigrado, para que algunos de ellos, si están en situaciones de desprotección, se han acogidos y aquellos que no lo estén los trasladen a sus casas”. “Claramente Marruecos debería potenciar su sistema de protección a la infancia y ayudar también a participar en la protección de estos menores que están en tránsito, ya sea dentro de su país o fuera de ella”, añade el consultor a este medio.

Una cuestión tabú
La cuestión es tabú, como lo es siquiera para los medios dar cuenta en profundidad del componente humano y de las causas de lo ocurrido. Por vergonzante, y por la inevitable carga negativa que acarrea para la imagen de país, la mayoría de cabeceras locales esquivan la cuestión en sus páginas y emisiones y en días como los más recientes se centran en ensalzar la rapidez de la respuesta ante la crisis o en las reivindicaciones territoriales de fondo. Sólo ciertos digitales críticos con el poder como TeQuel o Le Desk hicieron el ejercicio de análisis en los últimos días. El el primero de los dos medios, el profesor de Sociología de la Universidad Internacional (UIR) de Rabat Mehdi Alioua aseguraba que “la crisis de Ceuta nace de una crisis social marroquí de la que no hablamos lo suficiente”.
Por ahora la respuesta del Estado ha sido sobre todo el silencio, pues solo consta una comunicación oficial del Gobierno marroquí, en este caso del Ministerio de Interior, el domingo pasado, en la cual apenas se dejaba constancia de las cifras de jóvenes que habían abandonado el país y un primer balance de fallecidos. Pero el debate está en la calle, e inevitablemente formará parte de la campaña de los próximos comicios generales previstos para septiembre -como se encargaba de adelantar el anterior jefe del ejecutivo el islamista Benkirane, y en los que los votantes -lejos el país aún de un censo al uso- tendrán que someter a escrutinio al gobierno de Aziz Akhannouch, el hombre más rico de país tras el soberano y al que solo una llamada providencial de última hora lo disuadió de poner rumbo a sus vacaciones en Mallorca en pleno escándalo migratorio.

