Cuando Rosa Crujeiras cruzó las puertas del Pazo de Fonseca para tomar posesión como rectora de la Universidad de Santiago de Compostela, el pasado 10 de abril, se convertía en la primera mujer en asumir la dirección de una institución con 531 años de historia. Detrás del hito y de la solemnidad del acto, hay una historia humana que vale la pena conocer. La de una niña criada entre las parroquias coruñesas Artes y Corrubedo, hija de una familia marinera humilde, que aprendió muy pronto el valor del esfuerzo. Una niña a la que un profesor rural quiso proteger porque entendió que su talento matemático no podía quedarse encerrado en una aldea. Y una niña que creció escuchando las enseñanzas poderosas de dos mujeres fundamentales: sus abuelas, María y Ramona.

María nunca aprendió a leer ni a escribir. Ramona trabajó en la conserva y en el campo para sacar adelante sola a sus hijas. De manera humilde, ambas marcaron la forma de entender la vida de Crujeiras. Especialmente Ramona, fallecida el pasado verano, con quien mantenía un vínculo muy estrecho. “Tes que ser unha valente”, le dijo cuando nació su hija pequeña. “Tienes que ser valiente”. Rosa asegura que esa frase la acompaña todavía hoy.
Una universidad conectada con la sociedad
Por eso, pese a las dudas, los obstáculos y las preguntas que muchas veces siguen persiguiendo a las mujeres que aspiran a puestos de liderazgo, decidió dar el paso, según nos cuenta en una larga conversación. Matemática vocacional, investigadora, docente, gestora universitaria y madre de dos hijos, Crujeiras llega al rectorado con un discurso claro: “Defender la universidad pública, combatir la desigualdad de oportunidades y construir una institución más feminista, inclusiva y conectada con la sociedad”.
Cada domingo regresa a Artes. Allí sigue siendo “Rosiña a de Pena”. La niña que fue la primera universitaria de su familia y que hoy dirige una de las universidades más antiguas de Europa.

Convertirse en la primera mujer rectora de la Universidad de Santiago de Compostela en más de cinco siglos es, según admite, “emocionante por los desafíos que asumo”. Habla con serenidad y con plena conciencia de lo que representa su llegada al rectorado. “Soy consciente de que este nombramiento trasciende mi propia biografía. Pensé muchísimo en mi familia, en mis maestros y en todas las personas que me ayudaron a llegar hasta aquí. También en tantas mujeres que estuvieron antes y que probablemente tenían el talento y la capacidad, pero no las oportunidades”.
“Con saber las cuatro reglas era suficiente”, le dijeron
La rectora insiste en que su infancia en Artes sigue definiéndola. “Yo sigo siendo esa niña de una escuela rural que entendió muy pronto que estudiar era una oportunidad inmensa. Los orígenes te dan una manera de mirar el mundo muy concreta. Sabes lo que cuesta cada paso”. Entre los recuerdos que marcaron su trayectoria hay uno especialmente revelador. Un antiguo profesor, Francisco Sóñora, le contó que un inspector educativo había considerado que para una niña de aldea “con saber las cuatro reglas era suficiente”.
Afortunadamente, ni él ni sus padres aceptaron aquella sentencia. “Esa historia explica muy bien cómo funcionaban, y a veces todavía funcionan, ciertos prejuicios sobre el origen social o incluso el género”, reflexiona. Crujeiras reconoce que, como muchas mujeres, ha sentido en determinados momentos que debía demostrar más. “Cuando una mujer aspira a puestos de responsabilidad, siguen apareciendo preguntas que rara vez se hacen a un hombre”. Habla de las dudas sobre la conciliación, la maternidad o la organización familiar como formas sutiles de cuestionar el liderazgo femenino. “Por eso creo que mi llegada al rectorado tiene también una dimensión colectiva”.

La maternidad ocupa un lugar importante en su vida. Madre de dos hijos, admite que compatibilizar la crianza con una carrera académica y de gestión exigente nunca es sencillo. “La conciliación todavía recae de forma muy desigual sobre las mujeres”, afirma. Aunque reconoce haber contado con apoyo familiar, también habla de renuncias, cansancio y una gestión compleja del tiempo. A cambio, asegura, la maternidad le ha dado una mirada más sensible hacia los cuidados y la vulnerabilidad. “Te hace entender mejor la importancia de construir instituciones más humanas”.
La defensa de la educación pública está presente durante toda la conversación como algo ligado también a su propia experiencia vital. “La educación pública cambió mi vida”, afirma con contundencia. “La enseñanza pública permitió que una niña de una familia marinera de Ribeira pudiera convertirse en matemática, investigadora y ahora rectora. Eso no se puede olvidar nunca”.
La enseñanza pública como justicia social
Por eso le preocupa especialmente el aumento de las desigualdades entre estudiantes. Considera imposible hablar de excelencia académica sin atender antes las condiciones de vida del alumnado. “Hay jóvenes con enormes dificultades económicas, problemas de vivienda o situaciones familiares complejas. El talento existe en todas partes, pero las oportunidades no”. Desde su punto de vista, la universidad pública debe actuar también como una herramienta de justicia social.
Durante los próximos seis años quiere construir una USC “abierta, innovadora y conectada con la sociedad”. Una universidad feminista e inclusiva, comprometida con el pensamiento crítico, la igualdad y los valores democráticos. “Quiero una universidad donde las personas sientan que forman parte de una comunidad”.
Defiende además que la universidad no puede permanecer en silencio. “Tenemos la obligación de defender el conocimiento riguroso, la ciencia, la igualdad y los derechos humanos”. Cree que vivimos un tiempo en el que el ruido y la desinformación amenazan el pensamiento crítico, precisamente una de las funciones esenciales de la universidad.
Sobre la inteligencia artificial mantiene una posición prudente pero abierta. “Me preocupa y me interesa al mismo tiempo. Puede ser una herramienta extraordinaria si se utiliza correctamente, aunque el verdadero desafío no es tecnológico, sino ético. La universidad tiene la responsabilidad de integrarla de forma crítica y responsable”.
A pesar de los años dedicados a la docencia y la investigación, sigue hablando de las matemáticas con entusiasmo casi adolescente. “Tienen algo fascinante: te enseñan a pensar, a encontrar patrones, a comprender mejor la realidad”. Sonríe al decir que todavía le emociona descubrir conexiones nuevas.
Y cuando le preguntamos qué le diría hoy a aquella niña de Artes que soñaba con estudiar, la respuesta vuelve inevitablemente a su abuela Ramona. “Le diría que siga adelante y que no permita que nadie decida hasta dónde puede llegar”. Y añade: “Y seguramente también le repetiría lo que me dijo mi abuela: ‘Tes que ser unha valente’. Porque, al final, muchas veces la vida consiste exactamente en eso”.
