El calor de mediados de agosto en Valdepeñas suele ser insoportable, pero aquel día de 2003, en la comisaría, la temperatura pareció bajar varios grados de golpe. Una mujer cruza la puerta temblando. Se llama Yolanda. Viene a denunciar a su marido por insultos, palizas, vejaciones. antes de firmar la declaración, se rompe. Mira fijamente al agente y suelta una frase que le dejó de piedra:
“Si buscáis al hombre que mató a la pareja del parque y a la chica de la bici, lo tenéis en mi casa”.
Para entender la dimensión del caso hay que viajar a la noche del 18 de junio de 1993. Verano. El Parque Municipal de Valdepeñas era el sitio habitual donde los jóvenes buscan intimidad. Ángel Ibáñez, de 24 años, y Sara Dotor, de 19, estaban sentados en un banco. No escucharon las pisadas sobre la hierba. De entre las sombras salió un tipo armado con un cuchillo. Sus cuerpos aparecieron después en una zona cercana a las vías del tren. Sara, además, había sido agredida sexualmente.

“Ibas por la calle y no veías a ningún joven a partir de las nueve. Las madres estaban con miedo y en los bares solo se hablaba de lo mismo. El pueblo se volvió desconfiado y gris de la noche a la mañana” contaba un vecino que vivió aquella época.
Pasaron los meses, luego los años, y el caso acabó archivado. Ninguna pista de la que poder tirar del hilo.
Cinco años después, el 25 de junio de 1998, el monstruo volvió a tener hambre. Rosana Maroto, estudiante de Historia del Arte de 21 años, regresaba a casa en bicicleta. Nunca llegó. Solo encontraron su bici tirada en un arcén. Otra vez la pesadilla y los rastreos desesperados por el campo.

Durante todo ese tiempo otro infierno se vivía entre cuatro paredes. Yolanda aguantaba en casa un régimen de terror. Su marido Gustavo no solo la maltrataba físicamente; jugaba con ella al gato y al ratón. La amenaza era directa y brutal: “¡Como digas algo de esto a alguien, te rajo a ti y a los niños!”.
Diez años guardando el secreto del demonio con el que te acuestas cada noche, sabiendo de lo que es capaz porque lo has visto con tus propios ojos.
Hasta que tras una última paliza Yolanda dijo basta. El instinto de proteger a su hija y la rabia acumulada pesaron más que el pánico que la paralizaba.
Cuando los agentes entraron a registrar la casa del matrimonio, no tardaron en encontrar lo que buscaban. Gustavo conservaba pertenencias de Rosana como recuerdo. Al verse acorralado confesó dónde había tirado el cuerpo de la joven: el fondo de un pozo seco.

La confesión
Gustavo Romero tenía entonces 21 años. Aquella noche se cruzó con Ángel y Sara en el parque. “Me acerqué con una navaja para robarles y les obligué a dirigirse a un lugar apartado”. Ángel le entregó su cartera. Pero entonces ocurrió algo que probablemente decidió la suerte de los dos jóvenes: Sara reconoció a Gustavo. Le dijo que sabía quién era. Ya no podía dejar testigos.
En el caso de la joven Rosana, el monstruo de Valdepeñas la agredió sexualmente, acabó con su vida y escondió el cuerpo en un pozo. Cinco años después de su desaparición fue él mismo quien condujo a los investigadores hasta el lugar. Los agentes descendieron hasta el fondo del pozo y allí encontraron su cuerpo. Su familia llevaba más de cinco años esperando aquel momento.

Gustavo Romero fue condenado a 103 años de cárcel. Sus once hermanos exigieron que cumpla íntegramente la condena. Una cuñada del asesino, Carmen, ratificó la violencia de este hombre. “Tenía arranques de locura. A mi hermano Alfonso le pegó una paliza y no lo mató de milagro”. Aseguró que su cuñado “no sólo pegaba a mi hermana sino también a los hijos. Al niño, una vez que lloraba porque estaba enfermo, de sólo año y medio, le reventó el ojo y el labio de una patada”.
Hoy, cuando se recuerda el caso se habla de la investigación y de los diez años que tardó en resolverse. Fue gracias a una mujer maltratada, al límite de sus fuerzas, que decidió que no le iba a tener más miedo.

