La nueva ley del tabaco, aprobada por el Consejo de Ministros y pendiente de su tramitación parlamentaria, prohibirá fumar en plazas, terrazas, festivales y espacios universitarios. Además, equiparará los vapers al tabaco y sancionará a los menores que fumen o vapeen.
Pero, más allá de los cambios legales, la norma ha abierto otro debate: el que se cuela en las casas, en los institutos y entre familias que se preguntan hasta dónde llega realmente su responsabilidad.
“Lo que más miedo me da no es la multa, lo que me preocupa es que parezca que los padres podemos controlar todo lo que hacen nuestros hijos cuando salen de casa”, explica Elena Sánchez, madre de un adolescente de 16 años.
Como muchas familias, explica que casi sin darse cuenta dejaron de hablar del tabaco para empezar a hablar del vapeo. “Cuando yo era joven el peligro era el primer cigarrillo. Ahora ni siquiera sé distinguir algunos vapeadores de una batería portátil”, reconoce entre risas.
La futura norma contempla sanciones para los menores que consuman tabaco o productos relacionados con la nicotina y prevé que, en determinados supuestos, la responsabilidad económica pueda recaer sobre sus progenitores o tutores legales. La medida busca reforzar la prevención, aunque también ha abierto un debate sobre el alcance real de la responsabilidad familiar cuando ese consumo suele producirse lejos de casa.
“Educar, sí”, continúa Elena. “Pero no puedo acompañarle al recreo, ni a un cumpleaños, ni controlar cada grupo de amigos. Hay una parte que pertenece a la adolescencia y a la presión del grupo”.

“Yo no soy fumadora”
Para Claudia Delgar, de 17 años, el tabaco suena casi a otra época. “No me identifico con eso”, dice. “Cuando hablan de fumadores pienso en alguien con un paquete de cigarrillos. Yo no fumo. Vapeo”.
La afirmación de Claudia resume una de las principales preocupaciones de los especialistas: muchos adolescentes no perciben los cigarrillos electrónicos como una forma de consumo de nicotina equiparable al tabaco tradicional.
“En mi grupo casi nadie diría que fuma”, explica. “Pero sí hay gente que lleva un vapeador. En nuestra cabeza son cosas distintas”.
Los dispositivos de colores, los sabores dulces y una estética alejada del imaginario clásico del tabaco han contribuido a esa percepción. Para muchos jóvenes, vapear forma parte del paisaje cotidiano sin la carga simbólica que durante décadas acompañó al cigarrillo.
“No creo que nadie piense que está haciendo algo especialmente grave”, añade Claudia. “Simplemente está ahí”.
El final de una costumbre
Para Ana Vaquero, de 48 años, la noticia despertó una sensación muy distinta.
Dejó de fumar hace más de una década, después de varios intentos fallidos. Hoy tiene dos hijos adolescentes y observa el debate desde el otro lado.
“Cuando empecé a fumar era casi un rito para hacerse mayor”, recuerda. “Ahora me alegra que mis hijos hayan crecido sin ver a la gente fumar en todas partes”.
No cree que prohibir sea suficiente, pero sí está convencida de que las leyes terminan modificando la percepción social.
“Primero desaparecieron los cigarrillos de las oficinas. Después, de los bares. Ahora probablemente dejen de formar parte de muchas terrazas. Al final, los niños crecen viendo otra realidad”.

“Cada vez tenemos menos sitio”
No todos reciben la reforma con el mismo entusiasmo.
Carmen Riu tiene 57 años y fuma desde los veinte. “No discuto que haya que proteger la salud de los demás”, explica. “Lo que noto es que cada pocos años el espacio para los fumadores se hace más pequeño”.
Habla con resignación. “He visto cambiar por completo la relación de la sociedad con el tabaco. Antes era algo normal. Ahora casi sientes que tienes que pedir perdón antes de encender un cigarrillo”.
Aun así, admite que comprende muchas de las nuevas limitaciones. “Supongo que, si hoy empezáramos de cero, nadie permitiría fumar en tantos sitios como antes”.
La conversación pendiente
Quizá la reflexión más repetida no tenga que ver con quienes ya fuman, sino con quienes aún no han cumplido los 18 años.
Laura García, madre de una adolescente de 15 años, asegura que la palabra vapeador llegó a su casa mucho antes que tabaco.
“Mi hija jamás compraría un paquete de cigarrillos”, explica. “Pero un vapeador con sabor a mango le parece algo completamente distinto”.
No le preocupa solo que los adolescentes consuman nicotina. Le inquieta que muchos ni siquiera identifiquen ese consumo como un hábito del que conviene mantenerse alejados. “Las familias necesitamos herramientas para hablar de ello. No basta con decirles que está prohibido”.
Mucho más que una prohibición
Durante años, el debate sobre el tabaco giró en torno a los lugares donde se podía fumar. La nueva reforma desplaza la conversación hacia cómo educar en una realidad en la que la nicotina ha cambiado de formato, de colores e incluso de nombre.
Las leyes pueden cambiar los espacios, pero lo más difícil es cambiar la percepción.

