“Escuchaban los golpes y nadie hacía nada”: sobrevivir a la violencia de género en una casa cuartel

Carol relata cómo la violencia, el aislamiento y el silencio marcaron los años que vivió en una casa cuartel junto a su exmarido, guardia civil

“Escuchaban los golpes y nadie hacía nada”: sobrevivir a la violencia de género en una casa cuartel
“Escuchaban los golpes y nadie hacía nada”: sobrevivir a la violencia de género en una casa cuartel
KiloyCuarto

El asesinato de Marisol, de 51 años, y su hijo Alberto, de 24, en una casa cuartel de la Guardia Civil en Dolores (Alicante), investigado como violencia de género, ha devuelto a Carol (nombre ficticio) a una vida que lleva años intentando dejar atrás. La noticia la removió de tal manera este pasado sábado que terminó metiéndose en la cama. “No podía seguir viéndolo, me superó”, recuerda. “Porque yo sé perfectamente lo que es vivir ahí dentro”.

Carol entró a vivir en una casa cuartel de la Guardia Civil cuando tenía 30 años. Lo hizo pensando que era una buena decisión: una vivienda gratuita, estabilidad económica y una vida tranquila junto a su marido, agente del cuerpo. Pero, poco a poco, empezó a sentir que vivía en un lugar cerrado sobre sí mismo, donde todo el mundo se conocía, todo el mundo observaba y nadie cuestionaba nada.

Recuerda la garita de entrada, las barreras, los bloques de viviendas y la sensación de que dentro existían reglas distintas a las de fuera. “Era como una secta”, resume hoy. Cada mañana y cada tarde sonaba el himno de España durante el izado y la retirada de la bandera. A veces, cuenta, le sorprendía entrando con el coche y tenía que detenerse, bajar y permanecer quieta hasta que terminaba el acto. “Ahí empecé a sentir dónde me había metido”.

Carol describe su experiencia tras vivir quince años en una casa cuartel
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Describe que la vida social giraba alrededor de la cantina, el bar del cuartel, con precios muy económicos. Allí pasaban horas y horas los guardias civiles después del trabajo. También los fines de semana. Carol describe tardes enteras sentada junto a su marido mientras él bebía con otros compañeros. “Yo me maquillaba, me arreglaba y bajaba con él al bar. Era siempre lo mismo”. Apenas salían fuera del recinto. “Si proponía ir a otro sitio, siempre había una excusa”.

“Entre ellos se protegen”

Las mujeres de los agentes —a las que ella llama “las cuarteleras”— también formaban parte de esa rutina. Las describe desayunando juntas, pendientes de la vida de los demás vecinos y comentando cada movimiento dentro del cuartel. “Allí todo se sabía”.

Según su relato, dentro de aquellos bloques existía un fuerte sentimiento de compañerismo entre los guardias. “Entre ellos se protegían. Daba igual dónde trabajasen”. Los problemas, dice, se quedaban dentro.

Con el tiempo, su marido la convenció para dejar de trabajar. Le repetía que no hacía falta otro sueldo y que podían vivir con el suyo. Poco a poco, Carol empezó a depender completamente de él.

Y el dinero terminó convirtiéndose también en una forma de control. Asegura que su marido le dejaba monedas y billetes sueltos dentro de una caja metálica de galletas. “Por si quieres desayunar”, recuerda que le decía.

Fue su madre quien empezó a hacerle preguntas que entonces no sabía responder. “Carol, ¿tú ves normal que te deje el dinero en una caja de galletas? ¿No puedes comprarte un chaleco si te gusta?”. Pero ella seguía justificándolo porque ya no tenía ingresos propios y toda la economía dependía de él.

Mientras tanto, su vida se iba reduciendo cada vez más al interior de la casa cuartel: la vivienda, la cantina y las mismas personas todos los días. “Acabé creyendo que aquello era lo que me tocaba, que me tenía que acostumbrar”.

“Yo veía cómo se encendían las luces de las terrazas de enfrente, pero nadie salía”

Con los años, el ambiente dentro de casa empeoró. Carol recuerda que su marido volvía borracho prácticamente cada noche. Entonces comenzaban los insultos. “Me repetía constantemente que yo no valía nada, que sin él no era nadie”. Y se lo creyó.

Las discusiones acabaron formando parte de la rutina del bloque. Había noches de gritos que podían escucharse desde otras viviendas del cuartel. “Yo veía cómo se encendían las luces de las terrazas de enfrente, pero nadie salía”.

Aquella sensación de silencio colectivo es una de las cosas que más la persiguen todavía hoy. “Todo el mundo escuchaba, pero allí nadie se metía en nada”, repite una y otra vez.

La primera agresión física llegó cuando estaba embarazada de siete meses. Carol recuerda que aquella noche su marido la golpeó durante una discusión y que poco después rompió aguas y dio a luz. “Los vecinos tuvieron que escucharlo todo”. Pero nadie intervino.

 “¿A quién iba a acudir si estaba viviendo entre las personas que se suponía que tenían que protegerme?”

Durante años, explica, ni siquiera fue consciente de que estaba sufriendo violencia machista. Había asumido que aquella era su vida y sentía que denunciar era casi imposible viviendo rodeada de agentes de la autoridad. “¿A quién iba a acudir si estaba viviendo entre las personas que se suponía que tenían que protegerme?”. “Ellos eran compañeros entre sí. Yo estaba sola”.

Finalmente decidió huir. Aprovechó un momento en el que su exmarido estaba trabajando para empezar a sacar algunas pertenencias personales de la vivienda. Pero, según explica, sus vecinos avisaron a su exmarido de lo que estaba ocurriendo. Él apareció poco después y le impidió llevarse sus cosas. “Todo lo que hay en esta casa es mío”, asegura que dijo.

“Fuera de aquí, rata asquerosa”

Carol tiene grabado el momento en el que abandonó definitivamente la casa cuartel. En la cantina, delante de decenas de personas, varios hombres comenzaron a insultarla mientras se marchaba. “Fuera de aquí, rata asquerosa”, dice que le gritaron. También recuerda aplausos y personas brindando porque “por fin se iba”. “Mi exmarido levantó un botellín y empezaron a celebrar que yo me marchaba”.

Aquella escena ocurrió delante de otros guardias civiles, vecinos y mandos del cuartel. “Miré a mi madre y la vi diez años más vieja”.

Días más tarde, cuando regresó acompañada de familiares y amigos para recoger lo que quedaba, se encontró todas sus pertenencias tiradas en la calle. “Había ropa interior mezclada con coliflor congelada”. Mientras recogía sus cosas, varios vecinos la grababan desde los balcones.

Encerrada después en el piso en el que se había refugiado y con su exmarido golpeando la puerta desde fuera, Carol decidió llamar al 016. Según relata, él llegó a amenazarla mientras ella permanecía encerrada dentro de la vivienda. “Te voy a matar”, recuerda que le gritaba. También asegura que le dijo que aquel sería “el último día” que vería a su hijo.

Carol sabe que muchos escucharon los insultos y agresiones de su exmarido en la casa cuartel, pero nadie actuó
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Dice que al otro lado del teléfono apenas le hicieron unas preguntas antes de pedirle la dirección exacta. “A los pocos minutos tenía debajo de mi casa a varios policías, una ambulancia y agentes con chalecos antibalas”.

Fueron los propios agentes quienes, según cuenta, le insistieron en que denunciara. “Me decían que aquello no iba a parar y que podía acabar peor”. Ella seguía negándose. “Yo repetía todo el rato que no quería arruinarle la vida”.

“¿Usted sabe que le va a quitar el uniforme a su marido?”

Finalmente accedió a ir a comisaría. Allí, mientras un policía le tomaba declaración en la UFAM (Unidad de Atención a la Familia y a la Mujer), un superior interrumpió la conversación y le lanzó una pregunta que todavía hoy recuerda palabra por palabra: “¿Usted sabe que le va a quitar el uniforme a su marido?”.

Según relata, aquel mando continuó diciéndole que todo aquello podría afectar psicológicamente a su hijo y le sugirió salir fuera, echarse agua en la cara y pensarse mejor si quería denunciar. “Sentí que me estaban haciendo responsable de todo”.

Se fue llorando al baño. Cuando regresó, el agente que le estaba tomando declaración esperó a que su superior se marchara y, según cuenta, le cogió la mano por debajo de la mampara. “Aunque no denuncies, esto lo voy a tramitar igualmente”, le dijo.

Pero denunció. Le asignaron protección policial, una medida reservada para cuando una mujer corre un riesgo alto o extremo, cuando se teme por su vida, y a su exmarido le retiraron el arma reglamentaria durante un año y medio. “Si me pusieron escolta y le quitaron la pistola era porque sabían que había riesgo”. Aun así, explica que nunca llegó a sentirse segura. “Él tenía más armas heredadas de su padre”.

No paga la manutención

Con todo, el caso terminó archivándose porque, según le trasladaron, no existían pruebas suficientes más allá de las declaraciones de ambos. “Todo acaba siempre igual: su palabra contra la mía”.

Salir de la casa cuartel no puso fin a los problemas. Carol explica que, después de presentar la denuncia y la demanda de divorcio, tuvieron que pasar once meses hasta que se celebró el juicio de medidas cautelares relacionado con la situación de su hijo. Durante todo ese tiempo, asegura, su exmarido no aportó “ni un euro” para comida, ropa o gastos básicos del menor.

“No preguntó ni si su hijo necesitaba algo para comer”. Cuenta que se encontró sola, sin trabajo y con un niño pequeño a cargo después de años dependiendo económicamente de él. “Me dejó la cuenta con un euro y dieciocho céntimos”.

Llegó a no tener dinero ni para hacer las fotocopias que le pedía su abogada para el procedimiento judicial. Fue entonces cuando su madre decidió ayudarla económicamente. “Mi madre acabó vendiendo la casa de mi abuela para ayudarnos”.

Los problemas económicos, asegura, continúan todavía hoy. El año pasado, afirma, su exmarido dejó de pagar durante dos meses la manutención fijada judicialmente y tuvieron que embargarle parte de la nómina. Este año, dice, vuelve a acumular varios meses sin abonar la pensión de su hijo.

También denuncia situaciones relacionadas con el menor que define como humillaciones y formas de maltrato psicológico. Explica que el niño regresaba en ocasiones con ropa cortada con tijeras. “Mi hijo me decía que si la ropa no llevaba etiqueta nueva, la cortaba”. “Imagino que para que tenga que comprarle ropa nueva”, se lamenta Carol.

Cuando este fin de semana conoció el caso de Marisol y Alberto, todos sus recuerdos afloraron. “Nunca te recuperas de algo así. Ni con terapia, ni rehaciendo tu vida. Esto es para siempre”, sentencia.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.