Lo primero que da asco de esta historia, les advertimos, es el nombre del dominio web sobre el que van a leer: Motherless.com. Una ‘Academia para violadores’ destapada en febrero por la CNN.
Han leído bien: una academia para violadores.
Motherless significa, literalmente, ‘sin madre’. Un nombre aparentemente inocente. Podría parecer incluso triste sino supiésemos lo que realmente esconde detrás.
Una academia online para aprender a violar
Ahí está la primera violencia de los acontecimientos. En cómo un apelativo, que suena casi melancólico, sirve de puerta de entrada a una red de hombres que comparten consejos para drogar, violar y grabar a mujeres mientras lo hacen.
Antes incluso de conocer todos los detalles, antes de leer sobre sedantes, sobre violaciones grabadas, sobre tutoriales para agredir a mujeres inconscientes o grupos de Telegram donde hombres intercambian consejos para no ser descubiertos, el nombre ya produce repugnancia.
Porque no parece escogido al azar.

Suena a permiso. A un lugar sin límites morales, sin cuidado, sin empatía, sin la mirada de las mujeres. Como si “sin madre” significara exactamente eso: un espacio liberado de cualquier humanidad básica, donde algunos hombres – muchos- se dicen entre ellos que todo está permitido siempre y cuando la violación sea difundida.
62 millones de visitas en un mes: la mentira del monstruo aislado
Y justo aquí empieza la parte que más cuesta mirar de frente: a los hombres detrás de esta ‘Academia para violadores’. Hombres que no son un horror excepcional. No son monstruos aislados, marginales, escondidos tras el ciberespacio.
La investigación de la CNN, que ha concluido con el cierre temporal de la página web este pasado 9 de mayo – dos meses más tarde de haberse conocido semejante atrocidad- lleva a una primera reacción inicial casi inevitable: “¡Qué monstruos!”.
La misma reacción primaria que asistimos en el caso Pelicot.
Pero, como entonces, no lo son.
Solo en el mes de febrero esta página pornográfica acumulaba más de 62 millones de visitas y 20.000 videos de mujeres drogadas, dormidas y violadas subidos por diferentes usuarios, con cientos de miles de visualizaciones.
Hombres corrientes organizando violencia sexual
Detrás de esta red de usuarios machistas, misóginos y agresores se escondían las parejas de las víctimas. Sus amigos. Sus compañeros. Sus vecinos. Su entorno. En definitiva, hombres corrientes.
Hombres corrientes compartiendo violencia como quien comparte conocimiento. Hombres enseñando a otros hombres. Hombres legitimándose entre sí.
Hombres trabajando en una normalidad organizativa que ha demostrado que no eran ‘casos aislados’, sino parte de algo mucho más extendido.
Beatriz Bonete: “Debemos dejar de tratarlo como algo excepcional”
“Debemos dejar de tratar esto como algo extraordinario, porque no lo es”, explica a Artículo14 la socióloga experta en género Beatriz Bonete. “Que existan estas redes nos dice que la violación no es un acto individual, impulsivo o patológico. Es un mecanismo social”.
Con esa afirmación Bonete desarma una de las narrativas más consolidadas alrededor de la violencia sexual: la idea de que el agresor pertenece siempre a un margen reconocible de la sociedad. Un individuo enfermo, aislado, detectable.
Sin embargo, tanto el caso destapado por CNN como el de Gisèle Pelicot apuntan exactamente en la dirección contraria. Los agresores no aparecían como sujetos monstruosos fuera del sistema, sino profundamente integrados en él.
“El caso Pelicot nos mostró a 51 hombres (condenados) normales”, señala Bonete. “Y el caso de la ‘Academia para violadores’ nos lo vuelve a mostrar”.
La pedagogía de la violencia: “Hay normas, jerarquías, sistemas de aprendizajes”
Lo que revelan estas comunidades digitales no es solo qué hacen, sino cómo lo hacen. No es la acción aislada de individuos, sino la existencia de redes donde los hombres enseñan a otros hombres. Donde se intercambian métodos, se validan prácticas, se refuerzan conductas.
“Eso implica una dimensión pedagógica”, explica Bonete como experta en género. “Hay normas, jerarquías, sistemas de aprendizaje. Eso no es el comportamiento de un perturbado aislado que monta una web. Es una comunidad”.
La palabra “academia” deja de sonar provocadora y empieza a sonar descriptiva. Porque lo que define a estos espacios no es el caos, sino la transmisión: la idea de que la violencia se aprende, se perfecciona y se comparte.
Internet como amplificador: “Es una realidad escalable y rentable”
Durante décadas, recuerda Bonete, el feminismo ha señalado que la violencia sexual no es un accidente, sino una estructura de poder. Internet, insiste, no ha inventado esa lógica, pero sí ha cambiado su escala. La ha convertido en red, en mercado y en espectáculo.

Más accesible, más persistente y difícil de contener.
“Internet no ha creado el problema, pero sí lo ha industrializado”, sostiene Bonete. “Ha convertido una práctica que antes requería red presencial en algo escalable, rentable y, por eso mismo, más extendido”.
Y en esa expansión aparece otra clave: el anonimato masivo. La desaparición de la responsabilidad individual. Y, a la vez, algo aún más incómodo: la evidencia de que estos espacios no son marginales, sino mucho más extendidos de lo que queremos asumir.
El cuerpo femenino como territorio de control
Hay otro elemento especialmente revelador en esta nueva forma de violencia sexual: la ausencia de resistencia.
“No estamos hablando de hombres que usan la fuerza física”, apunta Bonete. “No hay coerción violenta cuando se agrede a una mujer inconsciente. Y eso es exactamente lo que más nos dice de qué tipo de masculinidad estamos hablando”.
¿De qué masculinidad hablamos? De una que ni si quiera habla de poder: “Habla de una inseguridad social profunda”.
La imagen tradicional del agresor masculino, explica la socióloga, suele asociarse a la violencia física explícita, al exceso, al descontrol. Pero aquí aparece otra cosa: una masculinidad que necesita la inmovilidad absoluta del cuerpo femenino para ejercer dominio.
“Es la forma más cobarde de ejercer el dominio sobre las mujeres”, afirma.
Pornografía, deseo y violencia
La reflexión conecta con uno de los debates más incómodos de los últimos años: el papel de la pornografía en la construcción del deseo. No como espejo pasivo de fantasías sociales, sino como espacio que produce imaginarios sexuales y normaliza determinadas prácticas.
Bonete cita a la investigadora Mónica Alario, que ha estudiado cómo muchas de las categorías más consumidas en plataformas pornográficas contienen violencia sexual explícita. “La pornografía no solo refleja ese imaginario”, sostiene Bonete. “Lo produce, lo enseña y lo hace deseable”.
Necesitamos seguir creyendo que no son hombres normales
Aún con estudios sobre la mesa. Con datos. Con casos tan escalofriantes como evidentes (Pelicot, Academia para violadores, Caso Arandina, los canteranos del Real Madrid) necesitamos seguir creyendo que los violadores son excepcionales.
¿Por qué? Porque aceptar lo contrario obligaría a revisar demasiadas cosas a la vez: la educación masculina, la sexualidad, la cultura digital, el consumo pornográfico y las dinámicas cotidianas de poder entre hombres y mujeres.
“Los hombres no son el 80% de la población. Son la mitad”, dice Bonete. “Para mantener el control sobre la otra mitad hace falta mucha ingeniería social”.
Lo verdaderamente incómodo
Dentro de esa ingeniería también entra el relato. La necesidad constante de imaginar al agresor como alguien ajeno al entorno propio. Como “otros hombres”. Nunca los cercanos.
“Es controlar la narrativa y el imaginario social para que sigamos creyendo que la academia de violadores está llena de hombres muy específicos y tóxicos”, concluye. “Pero están llenas de padres, tíos, abuelos, parejas y exparejas”.
¿Por qué entonces seguimos llamándolos monstruos? ¿Es, quizá, la forma más cómoda de no preguntarnos qué tipo de sociedad hemos construido? ¿De no avergonzarnos de una educación, una cultura y una normalidad capaces de convertir la violencia contra las mujeres en algo compartido, aprendido y celebrado entre hombres?
¿Y si el verdadero vértigo no fuera descubrir que existen “hombres monstruosos”? Y si empezara, precisamente, cuando nos preguntamos… ¿cuántos hombres corrientes hacen falta para que redes así existan y sigan funcionando con absoluta normalidad?
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
