A más de 15.000 kilómetros de España, donde el invierno australiano sustituye al verano europeo y el desierto del Territorio del Norte se convierte durante unas semanas en el centro del poder aéreo mundial, la sargento primero Guadalupe Narciso observa cómo despegan aviones llegados de medio mundo. En las bases de Darwin y Amberley no solo entrenan algunas de las fuerzas aéreas más avanzadas del planeta, también se pone a prueba algo mucho más difícil de conseguir que un vuelo perfecto: que miles de militares de culturas, idiomas y procedimientos distintos actúen como un único equipo.

Si alguien imagina Pitch Black 26 como una versión real de Top Gun, la sargento primero desmonta el mito. “Las películas muestran la parte más espectacular, pero detrás de cada misión hay muchas horas de preparación, planificación y trabajo en equipo”.
Hace años, cuando decidió ingresar en el Ejército del Aire y del Espacio, lo único que buscaba era una vida diferente. Su hermana ya era militar y fue quien le enseñó ese mundo. Muchos a su alrededor pensaban que estaba “un poco loca” por marcharse sola siendo tan joven. Hoy, después de varios despliegues internacionales y con Australia en su hoja de servicios, tiene claro que aquello “fue una de las mejores decisiones de mi vida”.
Pitch Black 26
Ese camino la ha llevado hasta Pitch Black 26, el mayor ejercicio aéreo multinacional del Indo-Pacífico. España participa con una Agrupación Aérea Expedicionaria integrada por seis Eurofighter, dos A400M y un A330 MRTT, además del personal encargado del sostenimiento logístico, la protección de la fuerza y el apoyo técnico y un total de 23 mujeres militares de 229. Durante varias semanas, la fuerza española opera integrada junto a países como Australia, Estados Unidos, Japón, Francia, Reino Unido, Alemania o Corea del Sur en un escenario que recrea operaciones aéreas de alta intensidad. “Solo cuando ves el despliegue y tantos países involucrados entiendes realmente la dimensión de Pitch Black”.

En Darwin conviven pilotos de caza, mecánicos, especialistas en armamento, controladores, personal logístico y equipos de protección. Los cazas acaparan las fotografías, pero son solo la punta visible de un engranaje mucho más grande. Cada despegue depende de decenas de profesionales cuyo trabajo comienza mucho antes de que un avión abandone la pista. “Desde fuera se ve el resultado, pero no todo el trabajo que hay detrás”, apunta.
Aunque no es la primera vez que participa en un despliegue internacional, Australia ha supuesto un desafío diferente. “Lo más difícil ha sido estar en un país tan lejano, con una diferencia horaria tan grande y trabajando con países con los que nunca antes habíamos trabajado”, reconoce.

Sin embargo, precisamente ahí reside el valor del ejercicio. Durante varias semanas, las fuerzas participantes no solo entrenan maniobras aéreas de alta intensidad, también ponen a prueba su capacidad para desplegar personal, equipos y aeronaves a miles de kilómetros de sus bases y coordinar procedimientos completamente diferentes. “Se aprende a desplegar personal, equipos y aeronaves en un entorno tan remoto como Australia y a coordinarse con diferentes países, medios y capacidades. Es un ejercicio muy complejo que nos permite aprender mucho unos de otros y mejorar nuestra capacidad de trabajar juntos”.

Para Guadalupe, una de las mayores sorpresas ha sido comprobar cómo militares de países con culturas, idiomas y formas de trabajar tan distintas consiguen integrarse con una naturalidad casi inmediata. “Me ha sorprendido cómo profesionales de tantos países diferentes pueden coordinarse y trabajar juntos de una manera tan eficaz”.
Ese aprendizaje no se limita al plano operativo. Compartir semanas de trabajo con militares de diferentes países también le ha permitido conocer otras formas de afrontar una misma misión. “Te permite conocer otras formas de trabajar diferentes y compartir experiencias con profesionales de distintos países. Además, se crea un gran ambiente de compañerismo”.

Capacidades y experiencia
Ese intercambio de conocimientos también es una de las grandes aportaciones de Pitch Black para el Ejército del Aire y del Espacio. España aporta capacidades y experiencia, pero regresa con nuevas lecciones aprendidas. “Este tipo de ejercicios nos permite aprender de nuestros aliados y seguir mejorando”, destaca.
Cada misión se vive con responsabilidad. Detrás de cada vuelo hay semanas de planificación y el trabajo silencioso de decenas de especialistas. “Siempre quieres que todo salga bien. Detrás de cada misión hay muchas horas de trabajo y somos conscientes de que cada uno aporta su granito de arena para que todo funcione”.
Y aunque la comparación con Top Gun resulte inevitable, insiste en que la realidad poco tiene que ver con la ficción. El vuelo es solo la parte visible de un trabajo que empieza mucho antes del despegue y termina mucho después del aterrizaje.

A quien hoy sueña con vestir el uniforme le lanza un mensaje claro: “Le animaría a perseguir su sueño. No va a arrepentirse. Es una profesión que requiere esfuerzo y compromiso, pero ofrece experiencias y oportunidades que difícilmente se encuentran en otros trabajos”.
Porque, al final, por encima de los Eurofighter, de las maniobras y de los miles de kilómetros recorridos hasta Australia, lo que permanece intacto es la razón por la que un día decidió ingresar en el Ejército del Aire y del Espacio. “Servir a España significa compromiso, responsabilidad y orgullo. Es saber que mi trabajo forma parte de algo más grande y que contribuye, junto al de muchos compañeros, a la defensa y seguridad de nuestro país”.
Si hoy tuviera que resumir todo lo aprendido en estos años de uniforme, volvería al consejo que un día recibió y que sigue guiando su carrera: “Siempre hay que dar lo mejor de uno mismo para llegar a conseguir tus metas y no dejar nunca de aprender”. Una idea que, dice, sirve tanto para la vida militar como para cualquier otro camino.

